martes, 8 de septiembre de 2026

La Lavadora Automática

Recién casados con mi esposa, nos fuimos a vivir a un lugar donde la Sra. Luisa  que nos arrendó tenía una especie de departamento de dos piezas grandes, las cuales cumplían satisfactoriamente nuestras necesidades.


Dentro de la infraestructura había unos lavaderos organizados con todo lo necesario para que las señoras lavaran la ropa o la loza, según sus requerimientos. Era un buen lugar; nuestra primera hija nació allí.


Luego de un tiempo nos mudamos a otro sitio y, para lavar la ropa, hice las gestiones y me conseguí una artesa (batea), la que instalé en una estructura de madera bajo la sombra. Hasta allí llevé un arranque de agua potable para cumplir cabalmente el propósito.


No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta que mi esposa me hizo ver que le dolían las muñecas por el trabajo de enjuagar la ropa que lavaba, y sutilmente me sugirió:

—¿No podrías comprar una lavadora de esas redondas?


Obviamente la compré, porque lo único que yo quería era que ella se sintiera bien, que el trabajo físico disminuyera y que pudiera dedicar más tiempo al cuidado de la niña.


Como a la semana me preguntó:

—¿No podrías comprar una centrífuga?


Sinceramente, yo no tenía idea de qué era una centrífuga. Mi esposa me explicó que era una «cosita» así, redonda, que presecaba la ropa.


También la compré. ¡Una maravilla de máquina!


Al tiempo, ya con dos hijos y por necesidades de ampliación, nos mudamos a una casa más grande y con mayor infraestructura habitacional.


Estábamos bien, hasta que me hizo otra pregunta:

—¿No podríamos comprar una lavadora automática?


Ahí la cuestión me quedó como poncho: ni idea que era una lavadora automática.

—y ¿cuáles son los beneficios? —le pregunté.


Bueno, cuando me los explicó, y atendiendo a la situación, a los méritos de la máquina y al deseo de vivir mejor, me di a la tarea de comprar una lavadora automática.


Una vez instalada por mí mismo —luego de haber leído el manual de instrucciones en su totalidad—, me percaté de que el tiempo total del proceso de lavado era de 45 minutos. 

Como nunca había visto una máquina de ese tipo, me  instalé a  observar todo el proceso. Es decir, estuve los 45 minutos mirando cómo lavaba, botaba el agua, se llenaba de nuevo y enjuagaba, para luego centrifugar; y ahí estaba yo, mirando esa maravilla de la tecnología. Durante varios días observé todo el proceso que duraba 45 minutos.


Mientras la lavadora hacía su trabajo, recordaba a mi madre escobillar grandes cantidades de ropa ajena a la sombra de los mimbres, hiciera frío o calor; y, de verdad, debo confesar que me dio pudor. 


Pero me consolé al pensar que la vida y las condiciones deben ir mejorando para el bien de las personas.

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