Luego del chascarro de los porotos con tallarines y su infinidad de nombres que tenía en Santiago, comencé a tener más cuidado al momento de pedir algo para servirme en cualquier lugar donde estuviera.
Como llegué a Santiago en el mes de febrero y, seguramente por el cambio de ambiente, encontraba que hacía demasiada calor, mucha calor, tanto que me asfixiaba y transpiraba mucho.
Entonces, un día que iba caminando por el Paseo Ahumada, me percaté de que había instalados en algunos lugares unos dispensadores de helados, los que eran atendidos por unos jóvenes.
Conté las pocas monedas que me quedaban en mis bolsillos y me puse en una fila para pedir un barquillo y refrescarme un poco.
A medida que avanzaba la fila, escuchaba lo siguiente entre el muchacho que atendía y el cliente:
—¿Qué va a querer?
—Lúcuma —decía uno.
Otro decía:
—Aliado con crema.
Otro:
—Plátano con chocolate.
—Aliado con crema —decía otro.
Otro decía:
—Vainilla con chocolate.
Otro:
—Vainilla con crema.
Y así me di cuenta de que lo que más pedían era crema.
Entonces, cuando tocó mi turno, imposté la mejor voz y, cuando el muchacho me preguntó qué sabor quería, contesté:
—¡De crema!
El tipo me quedó mirando fijo y repitió:
—¿De crema?
—¡Siii! —contesté—. Póngale no más, que me gusta de pura crema.
El muchacho llenó un barquillo con una tremenda cantidad de crema y me lo entregó mirándome a los ojos. Fue en ese momento cuando algo despertó en mí y me di cuenta de que la había fregado.
Me alejé de allí sintiendo la mirada del muchacho en mis espaldas. Me escondí en un kiosco de diarios y probé mi “helado”, y ahí mismo lo tiré en un basurero. Luego me alejé medio escondido y avergonzado.
Pero bueno, son cosas que pasan cuando uno no sabe.
Pasaron algunas semanas hasta que encontré trabajo en Avenida Las Condes 11.931, de copero en el Drive Inn “Semáforo”, y allí tuve que aprender varias cosas, supervisado por mi compañero Juan Gustavo Parra Aguilera, originario de Chillán Viejo, que llevaba un año trabajando en el lugar.
Un día me dijo que lo acompañara para que supiera dónde había que ir a comprar el pan todos los días, a eso de las 4 de la tarde.
Caminamos por Avenida Las Condes hasta cruzar San Francisco, en donde había una especie de bodega que pretenciosamente se llamaba “Supermercado San Francisco”.
Nos instalamos en el mesón y mi compañero, de pronto, me pregunta:
—¿Quieres un yogurt?
Yo, que jamás en mi vida había consumido yogurt, le dije que sí.
Entonces me hizo otra pregunta:
—¿Qué sabor quieres?
—¿De qué hay? —le pregunté.
Él miró hacia un lugar, sin que yo supiera qué estaba mirando, y me dice:
—Hay de durazno, de frutilla, de vainilla.
Entonces, dándome de gran conocedor, le dije:
—De durazno.
Pidió dos y le pasaron unos frasquitos con una tapa de aluminio que yo nunca había visto. Quedé con mi frasquito en la mano, mirando qué hacía mi amigo para hacerlo yo también.
El resultado fue que me gustó mucho el yogurt, tanto que todos los días compraba dos y entraba a la cocina a dejar el pan tomando yogurt.
Hasta que un día la maestra de cocina, señora Violeta Armijo, me hizo el siguiente comentario:
—Me he fijado que le gusta mucho el yogurt, Francisco.
—Sí —le contesté—. Es muy rico.
—¿Por qué no se hace el yogurt usted mismo?
Ahí me quedó como poncho la cuestión. ¿Cómo iba a hacer el yogurt si recién lo había conocido?
Le pregunté:
—¿Cómo lo hago?
—Con pajaritos —contestó ella.
Cada vez la cosa se estaba poniendo más complicada.
—¿Con pajaritos? ¿Y de dónde saco pajaritos para hacer yogurt, señora Violeta?
—Mire, Francisco; mañana, cuando vaya a buscar el pan, compre una leche de litro y yo le voy a traer pajaritos.
En la noche casi no dormí pensando cómo iba a hacer para tener los pajaritos. Seguramente iba a tener que hacer una jaulita para tenerlos ahí, cosa de que no se fueran volando.
También pensaba cómo los pajaritos hacían el yogurt. Seguramente con las patitas, pensaba. Pisarán la leche como se pisan las uvas para hacer el vino; eso debe ser. Seguramente después voy a tener que lavarles las patitas y ponerlos en su jaula.
Eso pensaba yo.
Al otro día fui a buscar el pan y compré un litro de leche, que entregué a la señora Violeta en la cocina. Ella sacó un envoltorio de nylon y me lo pasó.
—¿Y esto? —le pregunté.
—Los pajaritos...
No sé la cara que puse, pero yo no entendía nada de nada.
Me quedó mirando la señora Violeta y me dijo:
—Tráigame un bol. Yo lo haré.
Le pasé el bol, donde vació la leche. Luego abrió el envoltorio que trajo y había unas “pelotitas” blancas, como cabritas de maíz, que yo miraba sin saber qué hacer; es decir, no entendía nada.
Ella vació “los pajaritos” en la leche y me dijo:
—Listo, mañana tendrá yogurt casero.
Me gustó mucho más este tipo de yogurt porque, además, le echaba saborizante a gusto.
Eso sí que no tuve que hacer una jaula para los pajaritos, porque no fue necesario.