martes, 21 de julio de 2026

La carabina de don Ambrosio

En cierta oportunidad don Milo Burgos, un señor que vivía en el sector de Quelén-Quelén en Cañete le dijo a mi papá que un león estaba atacando sus ovejas.

Mi papá con esa facilidad que tenía de tratar de ayudar a las personas fuere quién fuere y sabiendo que don Segundo Concha tenía una escopeta se la pidió prestada para llevársela a este señor y tratara de solucionar el problema que tenía.
No tengo noción del tiempo que este señor mantuvo en su poder la escopeta hasta que una tarde mi papá llegó con ella de regreso a casa.
Al otro día como a las 9 de la mañana me mandó que fuera a dejarla donde don Segundo Concha, su dueño que vivía como a 300 metros de distancia; yo tenía como 12 años.
Que me dijeron, fanático de las novelas y películas de pistoleros que solo tenía para jugar una pistola hecha de madera y se me presentó la oportunidad de tener un rifle de verdad así que me lo eché al hombro y ocultándome de mi papá me fui a jugar con la escopeta a los campos.
Recorrí todos los alrededores del río Caillín capturando fugitivos imaginarios y disparando con "mi escopeta" que, afortunadamente no tenía cartuchos.
Como a las 6 de la tarde llegué donde don Segundo Concha a entregar la escopeta y cuando llegué a casa mi papá pensó que me había quedado a jugar con los demás muchachos que había allí; nada más lejos de la realidad.
Años después siendo adulto me puse a pensar en el acontecimiento y al darme cuenta de la tontera que había hecho me dije: menos mal que no me encontré con nadie mañoso o con los Carabineros porque me la habrían quitado y mi papá se habría visto metido

en un tremendo lío.
"¡Qué tontera hice... menos mal que no pasó nada!"
Cosas que pasan.

sábado, 18 de julio de 2026

La guitarra bajo la lluvia


Estos días, en que tanto ha llovido y hay que estar encerrado en casa sin poder salir, no queda más que leer un buen libro, ver una película de las tantas que uno ha coleccionado o, simplemente, recordar épocas pasadas.

Y como mi especialidad es recordar hitos importantes, y algunos no tanto, de mi vida, mientras miraba la lluvia a través de los cristales de la ventana vino a mi memoria la figura de mi padre y una más de las tantas aventuras que vivimos juntos.

Era el día de San Luis y mi papá andaba en Cañete con la señora Hortensia Gallardo, para quien estaba trabajando en Tucapel Alto. En un momento ella le dijo:

—Mientras nosotros adelantamos camino, anda a tu casa a buscar la guitarra para que celebremos. Va a venir mucha gente y, aunque llueva, las visitas van a llegar y la fiesta se va a hacer.

Mi papá se enredó con algunos amigos en alguna cantina por ahí y se le hizo tarde, así que llegó cuando ya era de noche a buscar la guitarra.

Me invitó a ir con él, cosa que mi mamá no quería debido a la lluvia que caía en esos momentos.

Tampoco quería que fuera mi papá.

Contra los deseos de mi mamá, salimos con la guitarra bien tapada con una manta para que no se mojara.

En ese tiempo estaba trabajando la empresa Ingas (Ingenieros Asociados) en la aplicación de la primera capa asfáltica de la ruta Cerro Alto-Cañete, y tenían mucho material acopiado a lo largo del camino que, producto de la lluvia reinante, dificultaba bastante el tránsito.

Cuando entramos a la ruta hacia Tucapel Alto, a la altura de la cancha de carreras, llovía copiosamente, pero ninguno de los dos tuvo la intención de regresar a casa.

La ruta estaba fangosa y había que limpiar la suela de los zapatos cada cierto trecho, porque el barro se adhería en gran cantidad.

Cuando habíamos caminado un buen trecho, mi papá me dijo:

—Vamos a pasar donde mi tocayo para que uno de sus hijos nos vaya a cruzar al otro lado del río.

En ese tiempo no había puente sobre el río Tucapel y, un poco más abajo, los lugareños habían botado un álamo muy grueso que servía de paso, porque el río venía crecido.

Como a unos quinientos metros del río vivía don Luis Durán —por eso era tocayo de mi papá—, llamamos desde las trancas cuando, precisamente, había amainado un poco la lluvia. Luego de gritar un par de veces apareció un joven de unos veinte años con una linterna y, cuando reconoció a mi papá, lo invitó a entrar a la casa. Le costó convencerlo, porque nosotros queríamos seguir camino.

Entramos y la fiesta estaba que ardía. Había dos señoritas tocando guitarra, saludos y abrazos para mi papá de parte de los dueños de casa, presentaciones con las visitas... en fin, todo era un verdadero jolgorio y muy buena onda.

Luego nos hicieron pasar a una mesa y nos sirvieron un gran plato de papas cocidas con carne, ensaladas y bebidas de las que uno quisiera.

Después de eso, don Luis le dijo a mi papá:

—Ya, puh, tocayo... póngale color a la guitarra como en aquellos tiempos.

Mi papá le respondió:

—No, tocayo. Ahora traigo a mi representante; él va a tocar.

Me pasó la guitarra y se armó nuevamente la fiesta.

Como a las tres de la mañana nos fuimos a acostar. Yo no quería dormirme. Mi papá roncaba como un león cuando, de pronto, algo saltó sobre la cama y comenzó a caminar. 

Me dio un susto tremendo. Moví a papá hasta que despertó; encendimos una vela y era... ¡un gato!, que nos miraba fijamente, como diciendo:

—¿Y ustedes de dónde salieron?

Despertamos cerca de las dos de la tarde. Almorzamos, tomamos la guitarra y nos fuimos. 

Esta vez cruzamos el río por el álamo sin necesidad de guía y seguimos hasta la casa de la señora Hortensia.

Había dejado de llover y el sol estaba bastante fuerte. Mi papá, que iba con la "caña", se negaba a caminar y, a cada rato, se dejaba caer a la orilla del camino. A la altura de las casas del fundo de los Fredes se quedó dormido como cien veces, pero, por fin, llegamos a nuestro destino.

Y la sorpresa fue que... no había nadie.

Habían salido a dejar a las visitas que ya se habían ido.

Nosotros, para no perder el viaje, nos fuimos donde el compadre Herminio, donde permanecimos dos días. 


Después regresamos a casa en un día precioso, con un sol radiante.

miércoles, 1 de julio de 2026

Réquiem a David Carrillo

 



Conocí a David Carrillo en una oportunidad en que había un baile en el casino del Club de Huasos y él actuaba con una agrupación llamada “Los Tripailaos”. Como estaba cantando unos boleros, me gustó el color y la tesitura de su voz, que la hicieron interesante para mis oídos, acostumbrados desde niño a escuchar este género musical.


Con el tiempo comencé a verlo en cada show que se realizaba en el Teatro Municipal y, especialmente, en “Impacto 158”, que se transmitía a través de la emisora. Me llamaba profundamente la atención el respetuoso silencio que se producía cuando cantaba; un silencio casi devocional, que estallaba en un estruendoso aplauso al término de cada canción.


Nos hicimos amigos y era una persona completamente de bajo perfil, muy caballero y respetuoso; una bella persona.


David Carrillo sufrió ese síndrome que afectó a muchos cañetinos en el pasado: el apego al terruño. No miraron horizontes más lejanos, donde con toda seguridad habrían sido exitosos, porque talento les sobraba. Puedo nombrar a Leonor Jara, que era un remolino en el escenario; a Rosa Acuña, con sus canciones de Tormenta; a la infantil Yaquita; a Violeta Medrano y a tantos otros que se pierden en la oscuridad del tiempo.


Mención especial merece Conrado Cartes, que no quiso venir al “Festival de la Una”, animado por Enrique Maluenda, cuando Germán Salas Torres quiso traerlo, porque no estaba interesado. Con seguridad, la historia habría sido diferente, porque tenía una voz superior a la de Cristóbal.


Pero la diosa Fortuna estaba a punto de tocar la puerta de David Carrillo.


Por los años 1974-1975 se creó en Chile un nuevo sello discográfico llamado “Le Cascade”, donde Jorge Oñate, quien fue productor musical chileno y ejecutivo de la filial chilena de la disquera transnacional Industrias Eléctricas y Musicales Odeon S.A. (actualmente EMI Music), se haría cargo de lo que precisamente sabía hacer con autoridad: descubrir nuevos talentos. Para ello se creó un plan nacional de festivales a través de cada emisora local existente en el país.


Jorge Oñate estaría presente en cada uno de estos festivales en calidad de presidente del jurado para tomar nota del ganador, y la recaudación del evento serviría de apoyo económico para la producción del disco del artista en cuestión.


Bueno, en Cañete no se esperó la llegada de Jorge Oñate para realizar el festival, que fue de una calidad apoteósica, con la participación de aspirantes provenientes de muchos lugares de la provincia y de sus alrededores.


Al final quedaron tres participantes optando al codiciado primer lugar: David Carrillo, un señor de Lebu que cantaba “El mundo”, de Jimmy Fontana, y un tercero cuyo nombre no recuerdo.


En el momento de mencionar al ganador, había que entregarle inmediatamente el “borderó” —lo digo así porque se usaba mucho el término—; pero el animador del certamen, contradiciendo la decisión del jurado, que daba por ganador a David Carrillo, otorgó el primer lugar al señor de Lebu.


Conociendo la rivalidad existente entre las dos ciudades, solo deben imaginarse lo que ocurrió dentro del Cine Plaza, afuera en la calle y en la Plaza de Cañete, donde se produjo una verdadera guerra campal entre cañetinos y lebulenses.


Lo peor fue que, mientras el ganador cantaba su canción, el animador escapó con la recaudación (el borderó), de modo que ninguno recibió nada.


Hoy, a pocos días de su partida, vuelven a mi memoria su voz, su caballerosidad y aquella humildad que siempre lo caracterizó. David Carrillo se ha ido físicamente, pero permanecerá en el recuerdo de quienes tuvimos el privilegio de escucharlo y de conocer al hombre sencillo que habitaba detrás del artista.


Su voz se ha silenciado en la tierra, pero, como ocurre con los verdaderos cantores, seguirá resonando en la memoria y en el corazón de su gente.


Lamento mucho la partida de David Carrillo  porque  cuando fallece alguien que formó parte de la vida cultural de una comunidad y de nuestros propios recuerdos, también se va una parte de nuestra historia y de nuestra juventud.


Y Jorge Oñate nunca vino a Cañete.