sábado, 18 de julio de 2026

La guitarra bajo la lluvia


Estos días, en que tanto ha llovido y hay que estar encerrado en casa sin poder salir, no queda más que leer un buen libro, ver una película de las tantas que uno ha coleccionado o, simplemente, recordar épocas pasadas.

Y como mi especialidad es recordar hitos importantes, y algunos no tanto, de mi vida, mientras miraba la lluvia a través de los cristales de la ventana vino a mi memoria la figura de mi padre y una más de las tantas aventuras que vivimos juntos.

Era el día de San Luis y mi papá andaba en Cañete con la señora Hortensia Gallardo, para quien estaba trabajando en Tucapel Alto. En un momento ella le dijo:

—Mientras nosotros adelantamos camino, anda a tu casa a buscar la guitarra para que celebremos. Va a venir mucha gente y, aunque llueva, las visitas van a llegar y la fiesta se va a hacer.

Mi papá se enredó con algunos amigos en alguna cantina por ahí y se le hizo tarde, así que llegó cuando ya era de noche a buscar la guitarra.

Me invitó a ir con él, cosa que mi mamá no quería debido a la lluvia que caía en esos momentos.

Tampoco quería que fuera mi papá.

Contra los deseos de mi mamá, salimos con la guitarra bien tapada con una manta para que no se mojara.

En ese tiempo estaba trabajando la empresa Ingas (Ingenieros Asociados) en la aplicación de la primera capa asfáltica de la ruta Cerro Alto-Cañete, y tenían mucho material acopiado a lo largo del camino que, producto de la lluvia reinante, dificultaba bastante el tránsito.

Cuando entramos a la ruta hacia Tucapel Alto, a la altura de la cancha de carreras, llovía copiosamente, pero ninguno de los dos tuvo la intención de regresar a casa.

La ruta estaba fangosa y había que limpiar la suela de los zapatos cada cierto trecho, porque el barro se adhería en gran cantidad.

Cuando habíamos caminado un buen trecho, mi papá me dijo:

—Vamos a pasar donde mi tocayo para que uno de sus hijos nos vaya a cruzar al otro lado del río.

En ese tiempo no había puente sobre el río Tucapel y, un poco más abajo, los lugareños habían botado un álamo muy grueso que servía de paso, porque el río venía crecido.

Como a unos quinientos metros del río vivía don Luis Durán —por eso era tocayo de mi papá—, llamamos desde las trancas cuando, precisamente, había amainado un poco la lluvia. Luego de gritar un par de veces apareció un joven de unos veinte años con una linterna y, cuando reconoció a mi papá, lo invitó a entrar a la casa. Le costó convencerlo, porque nosotros queríamos seguir camino.

Entramos y la fiesta estaba que ardía. Había dos señoritas tocando guitarra, saludos y abrazos para mi papá de parte de los dueños de casa, presentaciones con las visitas... en fin, todo era un verdadero jolgorio y muy buena onda.

Luego nos hicieron pasar a una mesa y nos sirvieron un gran plato de papas cocidas con carne, ensaladas y bebidas de las que uno quisiera.

Después de eso, don Luis le dijo a mi papá:

—Ya, puh, tocayo... póngale color a la guitarra como en aquellos tiempos.

Mi papá le respondió:

—No, tocayo. Ahora traigo a mi representante; él va a tocar.

Me pasó la guitarra y se armó nuevamente la fiesta.

Como a las tres de la mañana nos fuimos a acostar. Yo no quería dormirme. Mi papá roncaba como un león cuando, de pronto, algo saltó sobre la cama y comenzó a caminar. 

Me dio un susto tremendo. Moví a papá hasta que despertó; encendimos una vela y era... ¡un gato!, que nos miraba fijamente, como diciendo:

—¿Y ustedes de dónde salieron?

Despertamos cerca de las dos de la tarde. Almorzamos, tomamos la guitarra y nos fuimos. 

Esta vez cruzamos el río por el álamo sin necesidad de guía y seguimos hasta la casa de la señora Hortensia.

Había dejado de llover y el sol estaba bastante fuerte. Mi papá, que iba con la "caña", se negaba a caminar y, a cada rato, se dejaba caer a la orilla del camino. A la altura de las casas del fundo de los Fredes se quedó dormido como cien veces, pero, por fin, llegamos a nuestro destino.

Y la sorpresa fue que... no había nadie.

Habían salido a dejar a las visitas que ya se habían ido.

Nosotros, para no perder el viaje, nos fuimos donde el compadre Herminio, donde permanecimos dos días. 


Después regresamos a casa en un día precioso, con un sol radiante.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario