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miércoles, 1 de julio de 2026

Réquiem a David Carrillo

 



Conocí a David Carrillo en una oportunidad en que había un baile en el casino del Club de Huasos y él actuaba con una agrupación llamada “Los Tripailaos”. Como estaba cantando unos boleros, me gustó el color y la tesitura de su voz, que la hicieron interesante para mis oídos, acostumbrados desde niño a escuchar este género musical.


Con el tiempo comencé a verlo en cada show que se realizaba en el Teatro Municipal y, especialmente, en “Impacto 158”, que se transmitía a través de la emisora. Me llamaba profundamente la atención el respetuoso silencio que se producía cuando cantaba; un silencio casi devocional, que estallaba en un estruendoso aplauso al término de cada canción.


Nos hicimos amigos y era una persona completamente de bajo perfil, muy caballero y respetuoso; una bella persona.


David Carrillo sufrió ese síndrome que afectó a muchos cañetinos en el pasado: el apego al terruño. No miraron horizontes más lejanos, donde con toda seguridad habrían sido exitosos, porque talento les sobraba. Puedo nombrar a Leonor Jara, que era un remolino en el escenario; a Rosa Acuña, con sus canciones de Tormenta; a la infantil Yaquita; a Violeta Medrano y a tantos otros que se pierden en la oscuridad del tiempo.


Mención especial merece Conrado Cartes, que no quiso venir al “Festival de la Una”, animado por Enrique Maluenda, cuando Germán Salas Torres quiso traerlo, porque no estaba interesado. Con seguridad, la historia habría sido diferente, porque tenía una voz superior a la de Cristóbal.


Pero la diosa Fortuna estaba a punto de tocar la puerta de David Carrillo.


Por los años 1974-1975 se creó en Chile un nuevo sello discográfico llamado “Le Cascade”, donde Jorge Oñate, quien fue productor musical chileno y ejecutivo de la filial chilena de la disquera transnacional Industrias Eléctricas y Musicales Odeon S.A. (actualmente EMI Music), se haría cargo de lo que precisamente sabía hacer con autoridad: descubrir nuevos talentos. Para ello se creó un plan nacional de festivales a través de cada emisora local existente en el país.


Jorge Oñate estaría presente en cada uno de estos festivales en calidad de presidente del jurado para tomar nota del ganador, y la recaudación del evento serviría de apoyo económico para la producción del disco del artista en cuestión.


Bueno, en Cañete no se esperó la llegada de Jorge Oñate para realizar el festival, que fue de una calidad apoteósica, con la participación de aspirantes provenientes de muchos lugares de la provincia y de sus alrededores.


Al final quedaron tres participantes optando al codiciado primer lugar: David Carrillo, un señor de Lebu que cantaba “El mundo”, de Jimmy Fontana, y un tercero cuyo nombre no recuerdo.


En el momento de mencionar al ganador, había que entregarle inmediatamente el “borderó” —lo digo así porque se usaba mucho el término—; pero el animador del certamen, contradiciendo la decisión del jurado, que daba por ganador a David Carrillo, otorgó el primer lugar al señor de Lebu.


Conociendo la rivalidad existente entre las dos ciudades, solo deben imaginarse lo que ocurrió dentro del Cine Plaza, afuera en la calle y en la Plaza de Cañete, donde se produjo una verdadera guerra campal entre cañetinos y lebulenses.


Lo peor fue que, mientras el ganador cantaba su canción, el animador escapó con la recaudación (el borderó), de modo que ninguno recibió nada.


Hoy, a pocos días de su partida, vuelven a mi memoria su voz, su caballerosidad y aquella humildad que siempre lo caracterizó. David Carrillo se ha ido físicamente, pero permanecerá en el recuerdo de quienes tuvimos el privilegio de escucharlo y de conocer al hombre sencillo que habitaba detrás del artista.


Su voz se ha silenciado en la tierra, pero, como ocurre con los verdaderos cantores, seguirá resonando en la memoria y en el corazón de su gente.


Lamento mucho la partida de David Carrillo  porque  cuando fallece alguien que formó parte de la vida cultural de una comunidad y de nuestros propios recuerdos, también se va una parte de nuestra historia y de nuestra juventud.


Y Jorge Oñate nunca vino a Cañete.

domingo, 28 de junio de 2026

Andanzas Diurnas De Dos Bohemios// Recordando a David Carrillo

Recordando a David Carrillo, que ha partido a los escenarios celestiales, donde con seguridad su versión de “Granada” causará sensación.
Sería por abril del año 1975 cuando, estando tranquilamente recostado en mi cama, alrededor de las dos de la tarde, mi mamá me avisó que alguien, a quien ella no conocía, me buscaba.
Era David Carrillo, el mejor cantante popular que había en Cañete por ese tiempo, quien llegaba hasta mi casa para pedirme un favor.
Sucede que le habían prestado unos discos para que aprendiera algunas canciones para futuras actuaciones y, como él no tenía tocadiscos, había acudido a Juanito Sanhueza Yévenes para que le prestara uno.
Juanito Sanhueza (Q.E.P.D.), con la gentileza que lo caracterizaba, le dijo que el único que podía prestarle me lo había pasado a mí y que viniera a hablar conmigo.
Le dije a mi amigo David Carrillo que no tenía ningún reparo en pasarle el tocadiscos, pero había un pequeño problema: este estaba donde mi abuelita Hortensia Arriagada, en la Población Santa Clara, es decir, en el extremo norte de Cañete.
David Carrillo me pidió que fuéramos a buscarlo, así que nos encaminamos hasta la casa de mi abuelita Hortensia y, una vez allí, David comenzó a examinar los discos que yo tenía, encontrando varios que se ajustaban al estilo de canciones que él interpretaba.
Ahora a mi amigo David Carrillo se le presentó otro problema: el tocadiscos no tenía amplificador, por lo que había que conectarlo a algún equipo para hacerlo sonar. De todas maneras, quiso llevarlo.
Nos encaminamos hasta la casa de David, que vivía a una cuadra de la Plaza Caupolicán; es decir, nuevamente debíamos cruzar Cañete caminando.
Mientras uno llevaba el tocadiscos, el otro lo hacía con los discos que David había escogido para aprender algunas canciones.
En la esquina de Uribe con Mariñán, David Carrillo se encontró con un amigo, quien preguntó en qué andábamos. David le contó y, de paso, le comentó que faltaba un receptor de radio u otro equipo que tuviera conexión para un tocadiscos. Entonces el amigo dijo que tenía uno y que lo podía prestar. Fuimos hasta la casa de ese amigo a buscar un equipo de radio para que, al fin, David pudiera escuchar los discos.
Nos fuimos por la calle Mariñán hacia el sur y, al cruzar la calle Esmeralda, David se detuvo en la puerta de la cantina de la familia Olate, que atendía don Edelberto Maximiliano Olate Salazar, conocido por todos como “Peta”. Allí, David Carrillo nos dijo de manera muy ceremoniosa:
—Cabros, para compensar la buena voluntad que han tenido, los voy a invitar a servirnos una botella de vino aquí.
Entramos al lugar, recorriendo un pasillo que daba a unas piezas interiores que se usaban como reservados y que tenían unas mesas con algunas sillas.
Fue cosa de llegar hasta el interior y comenzaron los saludos de los feligreses asiduos al lugar, que se encontraban en ese momento esperando, tal como lo mandó el Señor, compartir “el vino que era sangre de su sangre”.
Entre todos ellos, recuerdo que estaba Reynaldo Varela, conocido como “Varelita” por su baja estatura y que era mi tío abuelo por estar casado con una de mis tías Rivera-Torres, hermana de mi abuelita Hortensia Arriagada Torres.
Fue precisamente “Varelita” quien, en un momento dado, dijo:
—Ya pues, muchachos; pongan música.
Instalamos todo y pusimos un disco de Javier Solís. Mi pariente “Varelita” subió a una mesa para hacer doblaje, lo que motivó la euforia de los feligreses, mientras cumplíamos el mandato divino de compartir el vino. Locura total todo aquello.
No recuerdo cuánto rato estuvimos allí; pero, al retirarnos, el amigo de David le comentó que en la “Peluquería Vera” estaban de fiesta y no tenían música, así que podríamos ir hasta allí.
Le hicimos ver que no conocíamos a nadie y que no nos habían invitado, pero este amigo insistió, diciendo que lo único que deseaban era que llegara alguien con música.
Bueno, nos encaminamos hasta el lugar, en calle Segundo de Línea, que distaba una cuadra y media y, sin decir “agua va”, nos introdujimos en el domicilio y, al grito de:
—¡Llegó la música, llegó la música!
Instalamos nuevamente nuestros equipos y comenzamos a amenizar aquella fiesta. Dicho sea de paso, coincidimos plenamente con la concurrencia, que eran puros adultos, y con el tipo de música que llevábamos.
Todos, contentos, se pusieron a bailar hasta que, cuando había pasado como una hora, alguien preguntó de qué planeta habíamos llegado nosotros (no falta la señora metiche); es decir, quién nos había contratado.
¡Nadie nos conocía!
Resultado: desarmamos nuestros equipos; tranquilamente nos retiramos y David Carrillo quedó en su casa, su amigo se fue para la suya y yo me fui a la mía…
…y nunca supe si David Carrillo se aprendió o no alguna de aquellas canciones.