lunes, 17 de agosto de 2026

Los pajaritos del yogurt

Esto de las comidas es un tema muy complicado cuando no se conocen las costumbres ni los nombres en un lugar donde se llega por primera vez.

Luego del chascarro de los porotos con tallarines y su infinidad de nombres que tenía en Santiago, comencé a tener más cuidado al momento de pedir algo para servirme en cualquier lugar donde estuviera.

Como llegué a Santiago en el mes de febrero y, seguramente por el cambio de ambiente, encontraba que hacía demasiada calor, mucha calor, tanto que me asfixiaba y transpiraba mucho.

Entonces, un día que iba caminando por el Paseo Ahumada, me percaté de que había instalados en algunos lugares unos dispensadores de helados, los que eran atendidos por unos jóvenes.

Conté las pocas monedas que me quedaban en mis bolsillos y me puse en una fila para pedir un barquillo y refrescarme un poco.

A medida que avanzaba la fila, escuchaba lo siguiente entre el muchacho que atendía y el cliente:

—¿Qué va a querer?

—Lúcuma —decía uno.

Otro decía:

—Aliado con crema.

Otro:

—Plátano con chocolate.

—Aliado con crema —decía otro.

Otro decía:

—Vainilla con chocolate.

Otro:

—Vainilla con crema.

Y así me di cuenta de que lo que más pedían era crema.

Entonces, cuando tocó mi turno, imposté la mejor voz y, cuando el muchacho me preguntó qué sabor quería, contesté:

—¡De crema!

El tipo me quedó mirando fijo y repitió:

—¿De crema?

—¡Siii! —contesté—. Póngale no más, que me gusta de pura crema.

El muchacho llenó un barquillo con una tremenda cantidad de crema y me lo entregó mirándome a los ojos. Fue en ese momento cuando algo despertó en mí y me di cuenta de que la había fregado.

Me alejé de allí sintiendo la mirada del muchacho en mis espaldas. Me escondí en un kiosco de diarios y probé mi “helado”, y ahí mismo lo tiré en un basurero. Luego me alejé medio escondido y avergonzado.

Pero bueno, son cosas que pasan cuando uno no sabe.

Pasaron algunas semanas hasta que encontré trabajo en Avenida Las Condes 11.931, de copero en el Drive Inn “Semáforo”, y allí tuve que aprender varias cosas, supervisado por mi compañero Juan Gustavo Parra Aguilera, originario de Chillán Viejo, que llevaba un año trabajando en el lugar.

Un día me dijo que lo acompañara para que supiera dónde había que ir a comprar el pan todos los días, a eso de las 4 de la tarde.

Caminamos por Avenida Las Condes hasta cruzar San Francisco, en donde había una especie de bodega que pretenciosamente se llamaba “Supermercado San Francisco”.

Nos instalamos en el mesón y mi compañero, de pronto, me pregunta:

—¿Quieres un yogurt?

Yo, que jamás en mi vida había consumido yogurt, le dije que sí.

Entonces me hizo otra pregunta:

—¿Qué sabor quieres?

—¿De qué hay? —le pregunté.

Él miró hacia un lugar, sin que yo supiera qué estaba mirando, y me dice:

—Hay de durazno, de frutilla, de vainilla.

Entonces, dándome de gran conocedor, le dije:

—De durazno.

Pidió dos y le pasaron unos frasquitos con una tapa de aluminio que yo nunca había visto. Quedé con mi frasquito en la mano, mirando qué hacía mi amigo para hacerlo yo también.

El resultado fue que me gustó mucho el yogurt, tanto que todos los días compraba dos y entraba a la cocina a dejar el pan tomando yogurt.

Hasta que un día la maestra de cocina, señora Violeta Armijo, me hizo el siguiente comentario:

—Me he fijado que le gusta mucho el yogurt, Francisco.

—Sí —le contesté—. Es muy rico.

—¿Por qué no se hace el yogurt usted mismo?

Ahí me quedó como poncho la cuestión. ¿Cómo iba a hacer el yogurt si recién lo había conocido?

Le pregunté:

—¿Cómo lo hago?

—Con pajaritos —contestó ella.

Cada vez la cosa se estaba poniendo más complicada.

—¿Con pajaritos? ¿Y de dónde saco pajaritos para hacer yogurt, señora Violeta?

—Mire, Francisco; mañana, cuando vaya a buscar el pan, compre una leche de litro y yo le voy a traer pajaritos.

En la noche casi no dormí pensando cómo iba a hacer para tener los pajaritos. Seguramente iba a tener que hacer una jaulita para tenerlos ahí, cosa de que no se fueran volando.

También pensaba cómo los pajaritos hacían el yogurt. Seguramente con las patitas, pensaba. Pisarán la leche como se pisan las uvas para hacer el vino; eso debe ser. Seguramente después voy a tener que lavarles las patitas y ponerlos en su jaula.

Eso pensaba yo.

Al otro día fui a buscar el pan y compré un litro de leche, que entregué a la señora Violeta en la cocina. Ella sacó un envoltorio de nylon y me lo pasó.

—¿Y esto? —le pregunté.

—Los pajaritos...

No sé la cara que puse, pero yo no entendía nada de nada.

Me quedó mirando la señora Violeta y me dijo:

—Tráigame un bol. Yo lo haré.

Le pasé el bol, donde vació la leche. Luego abrió el envoltorio que trajo y había unas “pelotitas” blancas, como cabritas de maíz, que yo miraba sin saber qué hacer; es decir, no entendía nada.

Ella vació “los pajaritos” en la leche y me dijo:

—Listo, mañana tendrá yogurt casero.

Me gustó mucho más este tipo de yogurt porque, además, le echaba saborizante a gusto.

Eso sí que no tuve que hacer una jaula para los pajaritos, porque no fue necesario.

viernes, 7 de agosto de 2026

Cosas que le pasan a un provinciano cuando llega a Santiago.


Entonces me dediqué a pasear por las calles de Santiago pensando como sería la comida acá.

Como soy despierto díjeme a mi mismo: tengo que comer algo que nunca haya comido, algo que sea diferente, algo rico.

Entonces comencé a mirar las ofertas que tenían los restaurantes y me fijé en una oferta en especial, el letrero decía: Colación $ 5 (cinco pesos); esto debe ser rico, pensé y además era algo que no conocía.

Entré al restaurante y tímidamente me ubiqué en una mesa hasta que vino el garzón y preguntó: "¿que se va a servir?" y como que era un gran conocedor le dije: COLACIÓN.

El garzón regresó como en 5 minutos con un tremendo plato de porotos con tallarines que mientras me iba sirviendo pensé: aquí se le llama colación a los porotos con tallarines.

Pero como yo no quería pasar por "huaso" (así le dicen acá a la gente del sur) miré a mi izquierda donde estaba un señor y entonces pensé:"voy a pedir lo que pida ese caballero"

Cuando vino el garzón y le pregunta que deseaba el caballero dijo: REPETICIÓN-- Aaah pensé yo, ese plato debe ser bueno, así que cuando me preguntó que quería también dije: REPETICIÓN y el garzón me trajo ¡otro plato de porotos con tallarines!

Parece que la embarré pensé; pero no me la van a ganar porque yo soy el mas vivo de la familia.

Entonces miré a la derecha donde había una señora que cuando el garzón le preguntó si deseaba algo mas ella dijo: LO MISMO, y lo mismo que pedí y el garzón me trajo ¡otro plato de porotos con tallarines!

Comencé a enojarme porque le cambiaban el nombre a los porotos con tallarines pero no me desanimé y miré hacia otra mesa donde había dos amigos que cuando el garzón les hizo la pregunta respondieron: IGUAL , así que yo pedí " igual" y el brevas me trajo otro plato de porotos con tallarines. Ahí ya no quería mas guerra pero ni iba a retirarme sin triunfar.

Como último recurso miré hacia otra mesa donde dos caballeros estaban terminando de comer, vino el garzón y preguntó si deseaban algo más; si, dijo uno; tráiganos un ajedrez: Ajá, dije yo, por fin y entonces el garzón vino y me preguntó si deseaba algo mas: por supuesto le dije, traígame un ajedrez; y entonces el garzón me quedó mirando y me preguntó: pero... y ¿solo? ...no, hombre, traígalo con papitas y ensalá´ chilena.

Después de ese día aprendí que en Santiago los porotos con tallarines tenían más nombres que un delincuente. 

martes, 21 de julio de 2026

La carabina de don Ambrosio

En cierta oportunidad don Milo Burgos, un señor que vivía en el sector de Quelén-Quelén en Cañete le dijo a mi papá que un león estaba atacando sus ovejas.

Mi papá con esa facilidad que tenía de tratar de ayudar a las personas fuere quién fuere y sabiendo que don Segundo Concha tenía una escopeta se la pidió prestada para llevársela a este señor y tratara de solucionar el problema que tenía.
No tengo noción del tiempo que este señor mantuvo en su poder la escopeta hasta que una tarde mi papá llegó con ella de regreso a casa.
Al otro día como a las 9 de la mañana me mandó que fuera a dejarla donde don Segundo Concha, su dueño que vivía como a 300 metros de distancia; yo tenía como 12 años.
Que me dijeron, fanático de las novelas y películas de pistoleros que solo tenía para jugar una pistola hecha de madera y se me presentó la oportunidad de tener un rifle de verdad así que me lo eché al hombro y ocultándome de mi papá me fui a jugar con la escopeta a los campos.
Recorrí todos los alrededores del río Caillín capturando fugitivos imaginarios y disparando con "mi escopeta" que, afortunadamente no tenía cartuchos.
Como a las 6 de la tarde llegué donde don Segundo Concha a entregar la escopeta y cuando llegué a casa mi papá pensó que me había quedado a jugar con los demás muchachos que había allí; nada más lejos de la realidad.
Años después siendo adulto me puse a pensar en el acontecimiento y al darme cuenta de la tontera que había hecho me dije: menos mal que no me encontré con nadie mañoso o con los Carabineros porque me la habrían quitado y mi papá se habría visto metido

en un tremendo lío.
"¡Qué tontera hice... menos mal que no pasó nada!"
Cosas que pasan.

sábado, 18 de julio de 2026

La guitarra bajo la lluvia


Estos días, en que tanto ha llovido y hay que estar encerrado en casa sin poder salir, no queda más que leer un buen libro, ver una película de las tantas que uno ha coleccionado o, simplemente, recordar épocas pasadas.

Y como mi especialidad es recordar hitos importantes, y algunos no tanto, de mi vida, mientras miraba la lluvia a través de los cristales de la ventana vino a mi memoria la figura de mi padre y una más de las tantas aventuras que vivimos juntos.

Era el día de San Luis y mi papá andaba en Cañete con la señora Hortensia Gallardo, para quien estaba trabajando en Tucapel Alto. En un momento ella le dijo:

—Mientras nosotros adelantamos camino, anda a tu casa a buscar la guitarra para que celebremos. Va a venir mucha gente y, aunque llueva, las visitas van a llegar y la fiesta se va a hacer.

Mi papá se enredó con algunos amigos en alguna cantina por ahí y se le hizo tarde, así que llegó cuando ya era de noche a buscar la guitarra.

Me invitó a ir con él, cosa que mi mamá no quería debido a la lluvia que caía en esos momentos.

Tampoco quería que fuera mi papá.

Contra los deseos de mi mamá, salimos con la guitarra bien tapada con una manta para que no se mojara.

En ese tiempo estaba trabajando la empresa Ingas (Ingenieros Asociados) en la aplicación de la primera capa asfáltica de la ruta Cerro Alto-Cañete, y tenían mucho material acopiado a lo largo del camino que, producto de la lluvia reinante, dificultaba bastante el tránsito.

Cuando entramos a la ruta hacia Tucapel Alto, a la altura de la cancha de carreras, llovía copiosamente, pero ninguno de los dos tuvo la intención de regresar a casa.

La ruta estaba fangosa y había que limpiar la suela de los zapatos cada cierto trecho, porque el barro se adhería en gran cantidad.

Cuando habíamos caminado un buen trecho, mi papá me dijo:

—Vamos a pasar donde mi tocayo para que uno de sus hijos nos vaya a cruzar al otro lado del río.

En ese tiempo no había puente sobre el río Tucapel y, un poco más abajo, los lugareños habían botado un álamo muy grueso que servía de paso, porque el río venía crecido.

Como a unos quinientos metros del río vivía don Luis Durán —por eso era tocayo de mi papá—, llamamos desde las trancas cuando, precisamente, había amainado un poco la lluvia. Luego de gritar un par de veces apareció un joven de unos veinte años con una linterna y, cuando reconoció a mi papá, lo invitó a entrar a la casa. Le costó convencerlo, porque nosotros queríamos seguir camino.

Entramos y la fiesta estaba que ardía. Había dos señoritas tocando guitarra, saludos y abrazos para mi papá de parte de los dueños de casa, presentaciones con las visitas... en fin, todo era un verdadero jolgorio y muy buena onda.

Luego nos hicieron pasar a una mesa y nos sirvieron un gran plato de papas cocidas con carne, ensaladas y bebidas de las que uno quisiera.

Después de eso, don Luis le dijo a mi papá:

—Ya, puh, tocayo... póngale color a la guitarra como en aquellos tiempos.

Mi papá le respondió:

—No, tocayo. Ahora traigo a mi representante; él va a tocar.

Me pasó la guitarra y se armó nuevamente la fiesta.

Como a las tres de la mañana nos fuimos a acostar. Yo no quería dormirme. Mi papá roncaba como un león cuando, de pronto, algo saltó sobre la cama y comenzó a caminar. 

Me dio un susto tremendo. Moví a papá hasta que despertó; encendimos una vela y era... ¡un gato!, que nos miraba fijamente, como diciendo:

—¿Y ustedes de dónde salieron?

Despertamos cerca de las dos de la tarde. Almorzamos, tomamos la guitarra y nos fuimos. 

Esta vez cruzamos el río por el álamo sin necesidad de guía y seguimos hasta la casa de la señora Hortensia.

Había dejado de llover y el sol estaba bastante fuerte. Mi papá, que iba con la "caña", se negaba a caminar y, a cada rato, se dejaba caer a la orilla del camino. A la altura de las casas del fundo de los Fredes se quedó dormido como cien veces, pero, por fin, llegamos a nuestro destino.

Y la sorpresa fue que... no había nadie.

Habían salido a dejar a las visitas que ya se habían ido.

Nosotros, para no perder el viaje, nos fuimos donde el compadre Herminio, donde permanecimos dos días. 


Después regresamos a casa en un día precioso, con un sol radiante.

miércoles, 1 de julio de 2026

Réquiem a David Carrillo

 



Conocí a David Carrillo en una oportunidad en que había un baile en el casino del Club de Huasos y él actuaba con una agrupación llamada “Los Tripailaos”. Como estaba cantando unos boleros, me gustó el color y la tesitura de su voz, que la hicieron interesante para mis oídos, acostumbrados desde niño a escuchar este género musical.


Con el tiempo comencé a verlo en cada show que se realizaba en el Teatro Municipal y, especialmente, en “Impacto 158”, que se transmitía a través de la emisora. Me llamaba profundamente la atención el respetuoso silencio que se producía cuando cantaba; un silencio casi devocional, que estallaba en un estruendoso aplauso al término de cada canción.


Nos hicimos amigos y era una persona completamente de bajo perfil, muy caballero y respetuoso; una bella persona.


David Carrillo sufrió ese síndrome que afectó a muchos cañetinos en el pasado: el apego al terruño. No miraron horizontes más lejanos, donde con toda seguridad habrían sido exitosos, porque talento les sobraba. Puedo nombrar a Leonor Jara, que era un remolino en el escenario; a Rosa Acuña, con sus canciones de Tormenta; a la infantil Yaquita; a Violeta Medrano y a tantos otros que se pierden en la oscuridad del tiempo.


Mención especial merece Conrado Cartes, que no quiso venir al “Festival de la Una”, animado por Enrique Maluenda, cuando Germán Salas Torres quiso traerlo, porque no estaba interesado. Con seguridad, la historia habría sido diferente, porque tenía una voz superior a la de Cristóbal.


Pero la diosa Fortuna estaba a punto de tocar la puerta de David Carrillo.


Por los años 1974-1975 se creó en Chile un nuevo sello discográfico llamado “Le Cascade”, donde Jorge Oñate, quien fue productor musical chileno y ejecutivo de la filial chilena de la disquera transnacional Industrias Eléctricas y Musicales Odeon S.A. (actualmente EMI Music), se haría cargo de lo que precisamente sabía hacer con autoridad: descubrir nuevos talentos. Para ello se creó un plan nacional de festivales a través de cada emisora local existente en el país.


Jorge Oñate estaría presente en cada uno de estos festivales en calidad de presidente del jurado para tomar nota del ganador, y la recaudación del evento serviría de apoyo económico para la producción del disco del artista en cuestión.


Bueno, en Cañete no se esperó la llegada de Jorge Oñate para realizar el festival, que fue de una calidad apoteósica, con la participación de aspirantes provenientes de muchos lugares de la provincia y de sus alrededores.


Al final quedaron tres participantes optando al codiciado primer lugar: David Carrillo, un señor de Lebu que cantaba “El mundo”, de Jimmy Fontana, y un tercero cuyo nombre no recuerdo.


En el momento de mencionar al ganador, había que entregarle inmediatamente el “borderó” —lo digo así porque se usaba mucho el término—; pero el animador del certamen, contradiciendo la decisión del jurado, que daba por ganador a David Carrillo, otorgó el primer lugar al señor de Lebu.


Conociendo la rivalidad existente entre las dos ciudades, solo deben imaginarse lo que ocurrió dentro del Cine Plaza, afuera en la calle y en la Plaza de Cañete, donde se produjo una verdadera guerra campal entre cañetinos y lebulenses.


Lo peor fue que, mientras el ganador cantaba su canción, el animador escapó con la recaudación (el borderó), de modo que ninguno recibió nada.


Hoy, a pocos días de su partida, vuelven a mi memoria su voz, su caballerosidad y aquella humildad que siempre lo caracterizó. David Carrillo se ha ido físicamente, pero permanecerá en el recuerdo de quienes tuvimos el privilegio de escucharlo y de conocer al hombre sencillo que habitaba detrás del artista.


Su voz se ha silenciado en la tierra, pero, como ocurre con los verdaderos cantores, seguirá resonando en la memoria y en el corazón de su gente.


Lamento mucho la partida de David Carrillo  porque  cuando fallece alguien que formó parte de la vida cultural de una comunidad y de nuestros propios recuerdos, también se va una parte de nuestra historia y de nuestra juventud.


Y Jorge Oñate nunca vino a Cañete.

domingo, 28 de junio de 2026

Andanzas Diurnas De Dos Bohemios// Recordando a David Carrillo

Recordando a David Carrillo, que ha partido a los escenarios celestiales, donde con seguridad su versión de “Granada” causará sensación.
Sería por abril del año 1975 cuando, estando tranquilamente recostado en mi cama, alrededor de las dos de la tarde, mi mamá me avisó que alguien, a quien ella no conocía, me buscaba.
Era David Carrillo, el mejor cantante popular que había en Cañete por ese tiempo, quien llegaba hasta mi casa para pedirme un favor.
Sucede que le habían prestado unos discos para que aprendiera algunas canciones para futuras actuaciones y, como él no tenía tocadiscos, había acudido a Juanito Sanhueza Yévenes para que le prestara uno.
Juanito Sanhueza (Q.E.P.D.), con la gentileza que lo caracterizaba, le dijo que el único que podía prestarle me lo había pasado a mí y que viniera a hablar conmigo.
Le dije a mi amigo David Carrillo que no tenía ningún reparo en pasarle el tocadiscos, pero había un pequeño problema: este estaba donde mi abuelita Hortensia Arriagada, en la Población Santa Clara, es decir, en el extremo norte de Cañete.
David Carrillo me pidió que fuéramos a buscarlo, así que nos encaminamos hasta la casa de mi abuelita Hortensia y, una vez allí, David comenzó a examinar los discos que yo tenía, encontrando varios que se ajustaban al estilo de canciones que él interpretaba.
Ahora a mi amigo David Carrillo se le presentó otro problema: el tocadiscos no tenía amplificador, por lo que había que conectarlo a algún equipo para hacerlo sonar. De todas maneras, quiso llevarlo.
Nos encaminamos hasta la casa de David, que vivía a una cuadra de la Plaza Caupolicán; es decir, nuevamente debíamos cruzar Cañete caminando.
Mientras uno llevaba el tocadiscos, el otro lo hacía con los discos que David había escogido para aprender algunas canciones.
En la esquina de Uribe con Mariñán, David Carrillo se encontró con un amigo, quien preguntó en qué andábamos. David le contó y, de paso, le comentó que faltaba un receptor de radio u otro equipo que tuviera conexión para un tocadiscos. Entonces el amigo dijo que tenía uno y que lo podía prestar. Fuimos hasta la casa de ese amigo a buscar un equipo de radio para que, al fin, David pudiera escuchar los discos.
Nos fuimos por la calle Mariñán hacia el sur y, al cruzar la calle Esmeralda, David se detuvo en la puerta de la cantina de la familia Olate, que atendía don Edelberto Maximiliano Olate Salazar, conocido por todos como “Peta”. Allí, David Carrillo nos dijo de manera muy ceremoniosa:
—Cabros, para compensar la buena voluntad que han tenido, los voy a invitar a servirnos una botella de vino aquí.
Entramos al lugar, recorriendo un pasillo que daba a unas piezas interiores que se usaban como reservados y que tenían unas mesas con algunas sillas.
Fue cosa de llegar hasta el interior y comenzaron los saludos de los feligreses asiduos al lugar, que se encontraban en ese momento esperando, tal como lo mandó el Señor, compartir “el vino que era sangre de su sangre”.
Entre todos ellos, recuerdo que estaba Reynaldo Varela, conocido como “Varelita” por su baja estatura y que era mi tío abuelo por estar casado con una de mis tías Rivera-Torres, hermana de mi abuelita Hortensia Arriagada Torres.
Fue precisamente “Varelita” quien, en un momento dado, dijo:
—Ya pues, muchachos; pongan música.
Instalamos todo y pusimos un disco de Javier Solís. Mi pariente “Varelita” subió a una mesa para hacer doblaje, lo que motivó la euforia de los feligreses, mientras cumplíamos el mandato divino de compartir el vino. Locura total todo aquello.
No recuerdo cuánto rato estuvimos allí; pero, al retirarnos, el amigo de David le comentó que en la “Peluquería Vera” estaban de fiesta y no tenían música, así que podríamos ir hasta allí.
Le hicimos ver que no conocíamos a nadie y que no nos habían invitado, pero este amigo insistió, diciendo que lo único que deseaban era que llegara alguien con música.
Bueno, nos encaminamos hasta el lugar, en calle Segundo de Línea, que distaba una cuadra y media y, sin decir “agua va”, nos introdujimos en el domicilio y, al grito de:
—¡Llegó la música, llegó la música!
Instalamos nuevamente nuestros equipos y comenzamos a amenizar aquella fiesta. Dicho sea de paso, coincidimos plenamente con la concurrencia, que eran puros adultos, y con el tipo de música que llevábamos.
Todos, contentos, se pusieron a bailar hasta que, cuando había pasado como una hora, alguien preguntó de qué planeta habíamos llegado nosotros (no falta la señora metiche); es decir, quién nos había contratado.
¡Nadie nos conocía!
Resultado: desarmamos nuestros equipos; tranquilamente nos retiramos y David Carrillo quedó en su casa, su amigo se fue para la suya y yo me fui a la mía…
…y nunca supe si David Carrillo se aprendió o no alguna de aquellas canciones.

martes, 23 de junio de 2026

Lo Que Cuentan Las Canciones -- Tito Fernández -- El Entierro.

Un cuento de la noche de San Juan

Era la noche de San Juan y llovía tanto que los torrentes de agua se estaban llevando todo a su paso.
Los canales y las vegas ya no eran capaces de contener mas agua y los camarones y pidenes estaban emigrando hacia las alturas de las lomas.
Pero la decisión de aquel grupo de hombres curtidos por una vida llena de necesidades ya estaba tomada, no había vuelta atrás.
Se aperaron con palas, chuzos, picotas y se cubrieron con mantas y sombreros añejados por el tiempo y el sol.
Los morrales; 10 en total, uno para cada hombre los envolvieron en un solo paquete para cargar con mayor facilidad.
Alguien hizo aparecer unas botellas con aguardiente de las que degustaron varios tragos porque el frío calaba hasta los huesos.
A las 9 de la noche partieron rumbo hacia donde estaba la higuera que según contaban los antiguos exactamente a medianoche florecía y se iluminada lo que hacía entender que había un tesoro oculto a sus pies.
Hasta la fecha nadie se había atrevido a probar suerte por temor al maligno.
También se proveyeron de unos faroles hechos con tarros de café con un vidrio por delante, abiertos en la parte trasera y en su interior una vela para poder caminar por entre la oscuridad.
Calcularon que con dos horas de caminata tenían suficiente para llegar a su destino porque una vez que la higuera se iluminara al florecer debían comenzar a cavar a su alrededor; eso según la leyenda.
Caminaban un poco y se repartían un vaso de aguardiente para pasar el frío y darse ánimo porque estaba la posibilidad cierta de encontrarse con el "cachudo" quién llegaba a buscar la flor; eso según contaban los antiguos.
Llegaron hasta la higuera media hora antes de la medianoche, se sentaron a descansar y beber otros tragos de aguardiente porque las dentaduras crujían por el frío y la lluvia que no amainaba.
Esa media hora fue una eternidad, los cuerpos curtidos por el trabajo y el trago que aparentemente a nada temen comenzaron a temblar de nervios y escalofríos que recorrían las espaldas de cada uno.
Faltando un minuto para la medianoche el que llevaba reloj dijo: "ya mierda, estamos a punto de hacernos ricos, no se asusten por lo que vean".
15 segundos, 10 segundos, 5 segundos, 4 segundos, 3 segundos, 2 segundos, 1 segundo y en el instante en que el reloj marcó la medianoche desde el follaje de la higuera emergió una luz tan brillante como el sol que por un momento quedaron estupefactos y maravillados, sin atinar a reaccionar.
De pronto uno de los hombres gritó: ¡¡por la madre empecemos a picar!! y saliendo como de un letargo comenzaron a cavar con fuerza alrededor de la higuera; y la lluvia no amainaba.
A los pocos minutos; cinco tal vez, la luz se apagó y tuvieron que encender los faroles de vela para alumbrar y ver donde cavaban... y cavaron...cavaron...cavaron hasta que el cansancio los derrotó junto con la desilusión reflejada en sus rostros.
La lluvia comenzó a amainar y aquellos hombres derrotados por la naturaleza y la efímera ilusión de volverse ricos se sentaron a beber aguardiente hasta secar las botellas.
Como a las 3 de la madrugada emprendieron el camino de regreso cabizbajos y apesadumbrados por la mala suerte de sus vidas.
Ni siquiera los faroles alumbraban porque las velas eran un montón de cera derretida.
Ya comenzaba a amanecer y el sol debilmente asomaba en el horizonte y estos hombres pensaron que era el momento de enyugar los bueyes y volver al trabajo duro como la vida que les había tocado.
Cuando llegaron a sus casas y al momento de despedirse, el del reloj dijo: "que tal si el año próximo lo intentamos de nuevo porque tal vez el tesoro "se corrió", como dicen los abuelos que a veces pasa".
Hecho, dijeron todos y se fueron a sus casas.