domingo, 4 de octubre de 2026

La Señorita Norma Cartes

El día 3 de mayo del año 2006 viajé hasta Curanilahue para asistir a la ceremonia de lanzamiento del libro de cuentos En-Sueños, del que mi hermano Luis era coautor.


Estábamos esperando el inicio de la ceremonia en la Escuela Pablo Neruda cuando llegaron unas apoderadas a conversar con mi hermano. Venían a expresarle palabras de agradecimiento y parabienes por los logros alcanzados por sus hijos durante el tiempo en que él estuvo a cargo de su educación.


Después de aquello, pensé en todos y cada uno de mis profesores durante mi etapa de estudiante, en lo importantes que fueron, en las enseñanzas que me dejaron y, sobre todo, en el tiempo que ha perdurado en mí su influencia.


Mi nieta actualmente está en la universidad, estudiando Educación de Párvulos, y hace algunas semanas le decía que los maestros y educadores, en general, deben ser formadores, de manera que sus enseñanzas sean imperecederas y permanezcan para siempre en el corazón de cada uno de sus alumnos.


Todo lo anterior me lleva a recordar que, en el año 1966, cuando yo tenía nueve años y cursaba tercero básico, nuestro curso quedó abruptamente sin profesor, porque, de la noche a la mañana, el señor Maureria se marchó a Concepción y nunca regresó.


La Dirección de la Escuela de Hombres N.º 1, bajo el mando de su director, el señor Enrique Matamala, dispuso que, mientras llegaba un nuevo profesor, distintos docentes nos hicieran clases según su especialidad o ramo, como prefieran llamarlo.


El señor Faúndez, por ejemplo, nos enseñaba Matemáticas. Sin embargo, hubo una profesora que se llevó todos los aplausos, porque, además de enseñarnos teoría, nos mostró una tecnología que los niños de nuestra edad no teníamos la más mínima posibilidad de conocer.


La señorita Norma Cartes nos hacía clases de Música y nos enseñaba a cantar canciones creadas por ella misma.


Había una que siempre recuerdo y que yo les cantaba a mis hijos cuando eran pequeños:


Al sol le llaman Lorenzo,

al sol le llaman Lore,  Lorenzo,

y a la luna, luna Catalina,lina, 

bom, bom, bom, bororom.


Pero, en una oportunidad, nos dijo que al día siguiente sería una jornada especial para todos, porque llevaría algo muy especial.


La señorita Norma, según mis cálculos, debía tener por aquel entonces unos 25 años. Era joven.


Al día siguiente llegó con una especie de maleta que llevaba colgada de uno de sus hombros mediante una correa. Se notaba que pesaba bastante. La puso sobre el escritorio y nos dio una charla. También nos hizo cantar el himno de la escuela, que igualmente era de su autoría.


Todo transcurría con normalidad hasta que comenzó a abrir la maleta. Cuando retiró la tapa, quedaron a la vista dos carretes unidos por una cinta plástica que ninguno de nosotros había visto jamás. ¡Era una grabadora de carrete abierto, o de reel, como se las llamaba!


Nos explicó que nosotros cantaríamos y que nuestras voces serían grabadas para que después pudiéramos escucharnos.


Recuerdo nítidamente que, en medio del canto, un compañero llamado Fernando Sandoval gritó con todas sus fuerzas. Luego, cuando terminamos de cantar y la señorita Norma nos hizo escuchar la grabación, lo que más nos causaba risa era el grito de Sandoval. Tuvo que reproducirla varias veces, porque queríamos escuchar una y otra vez el grito de nuestro compañero.


Eso sucedió hace 60 años y lo recuerdo con tanta claridad como si hubiera ocurrido ayer. Es uno de los momentos más maravillosos que conservo de mi época de estudiante de enseñanza básica, porque aquella profesora nos mostró una tecnología que, en ese momento, no estaba al alcance de ninguno de nosotros.


La señorita Norma nos permitió vivir una experiencia especial que encendió aún más mi curiosidad por conocer aquellas «maquinitas» que permitían echar a volar la imaginación.


Durante 60 años he pensado en el esfuerzo que hizo aquella maestra para traer desde su casa esa grabadora, que fácilmente pesaría unos 10 kilogramos, o quizás más. Sin embargo, ella la llevó hasta nosotros para regalarnos un poco de fantasía musical y una experiencia que jamás olvidaríamos.


Durante 60 años he recordado aquel episodio, que quedó grabado en mi corazón y en mi mente de tal manera que nunca desaparecerá de allí.


Por eso digo que los educadores deben ser personas especiales, capaces de dejar huellas que sus alumnos recuerden para siempre.


Un merecido homenaje para todos los educadores de mi país, allí donde estén.

sábado, 3 de octubre de 2026

24 Horas; Noticias en Radio Millaray de Cañete C.D 158 A. M.

 En  marzo de 1980 decidí regresar desde la capital  a la emisora en  Cañete y Germán Salas  me presentó  una idea; era solo eso, una  idea: crear un programa de noticias locales pero faltaban elementos  y todo una  infraestructura  de personas para tener   un resultado óptimo.

Yo no tengo pasta de periodista  así que le sugerí el nombre de mi hermano Luis Ernesto  que no estaba en la emisora, pero trabajaba cerca, en las oficinas de Vialidad sección contabilidad.

La emisora se conectaba a las 13. 30 horas con C.B. 114 Radio Nacional de Chile  para retransmitir el noticiario,  también  lo hacía con los boletines de las horas.

Comenzamos estudiar la manera como hacían el noticiario  en Radio Nacional  al mismo tiempo que elaborábamos el nuestro.

La primera noticia  era pa´la risa, claro si los lectores eran los locutores mas chacoteros de Radio Colo-Colo; Tito Arévalo y Carlos Sapag.

Luego un segmento deportivo a cargo del comentarista Juan Cuñé (Cugniet)

Posteriormente un despacho  por una periodista  desde el Edificio Diego Portales sede del Gobierno de Chile.

Luego ya se entraba de lleno a lo que eran las noticias del día.

Pues bien, los lectores-locutores  ya los teníamos:  Germán Salas y Jaime Jara ( el que luego fue reemplazado por Pedro Mendoza)

Comentarista segmento  deportivo:  Mario Galvani quién se integró  gustosamente para hacer una introducción de lo que sería su espacio deportivo a las 13 horas.

Y para hacer  despachos  desde  la  Ilustre Municipalidad reclutamos a Esther Kurtin a quién le pasábamos un micrófono con un cable largo  y   se metía  en la  discoteca y desde allí hacía el despacho  "desde la Municipalidad"

Director de  Sala de Prensa y Corresponsal: Mi hermano Luis Flores Olave.

Personalmente  yo había visto trabajar  al  experimentado  radiocontrolador Luis Brizzó Úbeda  en la Sala de  Prensa de Radio Portales  y había aprendido como editar de la mejor manera  las cuñas   tal como  lo  requerían  los periodistas  así que  me  hice cargo de  la parte técnica  del noticiero.

Hay que considerar  que Radio Millaray  era la única emisora  local por ese  tiempo pero igual la gente  tenía preferencias; por ejemplo escuchaban Radio "Los Confines"  de Angol, también escuchaban emisoras de Concepción o Santiago en Onda Corta y además en ese año llegó la señal de Radio "El  Conquistador F.M."  sede Concepción  donde la gente  por vez  primera pudo escuchar en sonido estéreo.

En la tarde el público se volcaba a la televisión  que durante la mañana no transmitía, así  que  el panorama era  interesante y variado.

Bautizamos el noticiario con el título de "24 Horas"  nombre que tomaría unos años mas tarde  Televisión Nacional; en ese momento el suyo se llamaba "60 Minutos";  el horario que elegimos fue de las 12.30 horas.

Buscamos una cortina musical acorde y antes  hicimos una  introducción  de 10 segundos  del tic-tac del reloj de la sala de locución  para hacer ambiente y el público se preparara a escuchar. 

Lamentablemente no recuerdo las fechas  pero comenzamos un día lunes  y poco a poco,  a medida que el público local  iba sabiendo del noticiario  se fue integrando como auditor  hasta que la sintonía  si la pudiéramos  medir sería del 100 %, porque la gente esperaba el noticiero  para saber lo que estaba pasando en Cañete.

Como  a  veces  sucede,  desde dentro de la emisora había opiniones disidentes respecto del programa  y existía una enorme presión para que  se terminara, tanto así que a mi hermano se le negó el acceso a la máquina de escribir  y tuvo que  recurrir  a su jefatura de Vialidad que le permitieran escribir los libretos allá.

La razón de lo anterior nunca lo supimos porque  en lo económico ninguno del equipo recibió nada, todo lo que  ingresaba por los auspiciadores  fue  a la  emisora.

A fines de noviembre del año 1980  me marché definitivamente a Santiago  y luego de algunas semanas recibí con pena el aviso que el noticiario había terminado.

Lamentablemente no existe  grabación  de alguna edición  del noticiero.

Pero la experiencia y el haber hecho las cosas bien y de manera profesional  quedó en los corazones del grupo para siempre. 



Mi Hermano Y Yo

 No recuerdo exactamente si algunos de estos detalles ocurren durante el año 1962 o 1963.

En estos recuerdos no veo a mi hermano menor Humberto Domingo (fallecido de sarampión en 1962), ni a mi hermana Ana María (nacida en abril de 1963), por lo que deduzco que parte de este relato ocurre en el verano de 1963, porque veo claramente a mi hermano mayor Luis Ernesto, con quién protagonizo esta historia.
Como decía, corría el año 1962 o principios del 1963 y estando nuestra vivienda ubicada a 100 metros al costado norte del camino a Cayucupil, en el sector de Puente El Carmen, al final de calle Esmeralda.
Al principio y constando esta “puebla” de dos piezas separadas de alrededor de 5x4 metros, con techo de tejas y con sus puertas mirando hacia el oriente, es decir hacia Cayucupil; quedaba frente a estas, una vega pantanosa de proporciones, que acunaba muchos junquillos, arbustos como “pitra” y “temos”, entre los que crecían chilcos con sus hermosas flores rojas, además de nalcas, muchos pajaritos y por supuesto, deliciosos camarones en invierno.
Una de estas “casas” se usaba como cocina-comedor, y también para guardar cereales como papas y trigo, cuando había. En la otra estaba el dormitorio en una parte y separado por una división con cartón de cajas plataneras, otro comedor donde nos trasladábamos con todo al anochecer. Esto es con la cena, la tetera y el infaltable mate de mi mamá, y todo esto se “encachaba” en un pequeño fogón al centro del piso de tierra, por supuesto.
Desde la puerta, hacia el oriente, y a una distancia de alrededor de 8 metros en un terreno en declive, no sin antes pasar por el huerto de lechugas que sagradamente cultivaba mi madre para el consumo familiar, se llegaba hasta el pozo de agua (al mismo que teniendo como 2 años de edad una vez caí en su interior, siendo rescatado por mi madre, alertada por los gritos de angustia de mi hermano Luis) y frente a este pozo, debajo de unos álamos, tenía mi mamá instalado el lavadero; una batea, su fiel escobilla y, estratégicamente ubicados en las ramas de unos mimbres, los depósitos con los detergentes y el jabón “Gringo” o de piedra.
Con el tiempo, la primera de las casas fue desarmada por los dueños de la parcela, y nunca supe por qué; quedándonos sólo con la segunda, lo que claramente trajo un poco de estrechez a nuestra “comodidad”; pero bueno, así es la vida.
Hacia el costado izquierdo, bajando al agua, estaba el corral que albergaba gallinas, patos y gansos; y más abajo, hacia el costado norte, el “chiquero”, que acogía una “chancha” con sus lechones; y entrando a la vega pantanosa propiamente tal, mi papá había “fabricado” una enorme laguna, para que hicieran allí sus delicias los patos y los gansos.
Los inviernos eran muy duros en aquella época y, en ese lugar, el agua lluvia buscando su cauce natural a veces rompía el dique de tierra que mi padre acopiaba alrededor de la casa y cruzaba por el interior del comedor-cocina, pasando por encima del fogón, en donde muchas veces estaba instalada la tetera, lista para el desayuno de la mañana. Entonces, cubierto con una vieja manta y un roído sombrero; mi padre, pala en mano tenía que salir a medianoche a veces, a contener este cauce y hacer un desvío por alrededor de la casa, cosa que lograba no sin poco esfuerzo.
Mi madre, en otro rincón de la casa, armaba temporalmente el fogón y preparaba el mate para cuando mi papá terminara esta faena y poder servirle agua caliente para que no enfermara.
En ese panorama nacimos y dimos nuestros primeros pasos mi hermano Luis y yo. Una vida en la que, para jugar, había que usar ingenio, astucia y darse uno que otro “costalazo” desde los árboles en que nos subíamos.
Otras veces los juegos consistían en averiguar quién se subía más alto al viejo roble que estaba emplazado en el centro de la parcela, tarea que no era fácil; o bien enterrarse hasta las rodillas en el barro para sacar camarones en invierno que hacíamos pelear primero y que después iban a “parar” a la olla, convertidos en una rica sopa con papa picada y un poco de arroz.
También otros juegos consistían en buscar “callampas” en las lomas de Don Nancho Anguita (Fundo Anique); y “changles” bajo los “hualles” existentes en el fundo Santa Luisa de Don Héctor Petit-Laurent Benard… Todo esto, al comienzo de la primavera.
Dura vida nos tocó a mi familia y a mí, llena de necesidades y carencias de alimento en muchas oportunidades y de vestimenta, en otras, pero esa vida es la que formó nuestro carácter y nos dio la firmeza para enfrentar cualquier contratiempo en la vida futura, que no ha sido fácil tampoco; pero si en la otra vida me dieran la oportunidad de nacer de nuevo y escoger el lugar y la familia; escogería sin pensarlo dos veces el mismo lugar, la misma familia, los mismos amigos; y sobre todo, el mismo Cañete, para encontrarme con las mismas personas que he llegado a amar tanto.
Como decía antes, por esos años (1962-1963) habíamos escuchado en algún receptor de radio de la época -mi hermano dice que fue en un aparato marca RCA Víctor- algo que despertó nuestra imaginación: la transmisión de boletines noticiosos a través de Radio Minería (que hoy no existe desde hace varios años) parece que en un enlace con radio El Carbón de Lota, porque era la que se escuchaba nítidamente por esos años en Cañete; y que tenía una característica especial a nuestros oídos, además de la presentación del locutor, esto iba acompañado de un simpático jingle con un coro de voces femeninas que le daban un toque, diríamos mágico, a la presentación; y que sonaba más o menos así (quién lee tiene que usar la imaginación):”…Presentamos…radio noticias odontine… (coro) dan dan dan dan “Buenas tardes, bla, bla, bla…”. Y después de aquello, tocaban una canción.
Muchas veces, en nuestra imaginación infantil, nos sorprendíamos a nosotros mismos mirando hacia el interior del receptor por si se veía el locutor y los cantantes. Nunca pudimos verlos, lo que hacía más interesante la investigación del fenómeno.
Entonces, mi hermano y yo, haciendo gala de una imaginación sin límites, armábamos lo que según nosotros era una radio emisora, para lo cual cada uno se metía a una “barrica” (tonel), porque nos imaginábamos que el locutor y el radio-controlador estaban separados; y Luis hacía la presentación y yo el coro…”dan dan dan dan…” y después que él “daba las noticias” que había memorizado, yo cantaba una canción ranchera, de esas que me había enseñado mi papá y que fueron mi especialidad; y así jugábamos, gozábamos, y soñábamos.
Durante la reconstrucción de la Escuela de Niñas Arturo Prat Chacón (dependencias que fueron demolidas hace algunos años para dar paso a un moderno edificio), que había sido destruida a consecuencia del terremoto de mayo del ´60, mi padre, que trabajaba tirando material en un carretón con bueyes; que era lo que mayormente se usaba en la época; tuvo la brillante idea de poner a mi hermano, que tenía como 5 o 6 años, de carretero, con tan mala suerte que en una desgraciada maniobra cayó por sobre una de las ruedas y esta le cercenó una pierna a la altura de la ingle; entonces para la atención, controles médicos y mayores comodidades se quedó en casa de mi abuelita Hortensia Arriagada Torres, en la naciente Población Santa Clara, situación que se extendió para siempre.
Por el año 1965, teniendo un poco más de 7 años, en una especie de juego mi papá, mi primo Charles y un grupo de sus amigos, forman una barra para llevarme a tocar guitarra y cantar en un show organizado por Radio Tucapel en el salón auditorio del Club Deportivo Juvenil. No sé si lo hice bien o mal, pero me llevaron dos veces, las mismas que mi primo Charles y sus amigos gritaban y aplaudían como condenados cuando me tocaba salir a cantar, sí creían que estaban ante Luis Miguel de la época; como dije, no sé si lo hice bien o mal, pero lo que gané fue que desde entonces mi profesor de 2do año básico, el Señor Maureria, en el ramo de Música y Canto, me “premiaba” siempre con un 7 en la calificación, sin haberme escuchado jamás tocar la guitarra ni mucho menos cantar.
Con el paso de los años, en 1972, mi hermano Luis comienza a realizar práctica de locución en Radio Millaray de Cañete, que estaba en la esquina de las calles Videla con Villagrán; inquietud que lo venía motivando desde hacía algún tiempo, convirtiéndose en nuestra casa un ritual sagrado el escucharlo todos los días en un pequeño receptor de de radio de bolsillo que le había regalado mi tío Domingo Flores Arriagada a mi hermana menor Ana María.
En enero de 1973, después de las faenas en el fundo Santa Luisa, de Don Héctor Petit-Laurent Benard, donde trabajaba durante los veranos como jornal, comencé a visitar la emisora haciendo amistad con Juanito Gutiérrez Gfell y Tito Muñoz Fuica, quienes me enseñaron el arte de manejar la consola de control de sonido, siendo mi prueba de fuego una oportunidad que hubo que ir a transmitir desde la Gobernación, estando como Gobernador de Cañete el Señor Juan Antinao, que había llegado desde Lebu nombrado por el Presidente Salvador Allende dos años antes.
Como decía, hubo que transmitir la descarga de fertilizantes, actividad que se hacía llamando a los campesinos y trabajadores a realizar trabajos voluntarios; quedándome a cargo de coordinar las transmisiones desde el estudio con el móvil, tarea que cumplí exitosamente y que me pronosticó un “futuro esplendor” como radio-controlador.
Durante el primer semestre del mismo año, asistí de manera regular al Instituto Politécnico de Lebu, donde cursaba 2do año medio (hoy Liceo Politécnico); pero los fines de semana ya no fui más a trabajar al fundo de Don Héctor, ahora me dediqué definitivamente a perfeccionarme como radio-controlador en la emisora, razón por la que el Director–Gerente Don Luis Rivas Leal, me hace un contrato como tal a contar del 20 de agosto de 1973, cuando me faltaba un mes para cumplir 16 años de edad.
Por octubre del mismo año, llega desde radio Los Confines de Algol, el locutor Américo Giuliucci Andueza, quien se hace cargo de la Dirección Artística y la contratación de publicidad de la emisora, elaborando los turnos y quedando yo para hacer dupla con Tito Muñoz Fuica, que definitivamente se dedica a cumplir funciones de locutor (antes lo hacía de manera ocasional), con quien teníamos el primer turno, es decir, desde las 7.00 hasta las 11 horas de la mañana , y luego desde las 18 a las 20 horas, por lo que nos tocaba hacer el programa más escuchado en la historia de la radiotelefonía en Cañete: “Así Canta México”, con el auspicio permanente de Tienda y Almacén “La Economía”.
Durante el año 1974, se hace una reestructuración de los turnos, por lo que a media tarde, en horario juvenil y sin darnos cuenta, comenzamos a trabajar juntos Mi Hermano y Yo; él haciendo locución y yo, radio-controlando el sonido; tal cual y como lo habíamos hecho durante la niñez en nuestros juegos de acuerdo a nuestra imaginación. Y, la verdad, no era muy diferente a lo que nos habíamos imaginado.
En un momento nos quedamos mirando a través del cristal que separa la sala de locución con la de sonido y de forma espontánea dejamos nuestro lugar y nos dimos un abrazo fuerte y firme, de hermanos, de amigos, por encontrarnos haciendo lo que alguna vez era sólo un sueño.
Con el transcurrir del tiempo, dejé de trabajar en radio; hoy me dedico a otra actividad, pero de aquella época, aparte de los imborrables recuerdos, quedó la amistad imperecedera con Tito Muñoz Fuica, que falleció hace unos años en Los Ángeles; con mis gran amigos Alfonso y Pedro Mendoza Opazo, lamentablemente también fallecidos hace un par de años; Germán Salas Torres, locutor en Radio Austral de Valdivia; además de Mario “Galvani” Aravena, quién vive en Santiago, y sobre todo, quedó la imborrable amistad con Juanito Gutiérrez Gfell, que lamentablemente falleció también hace algunos años en Cañete y que era el funcionario radial más antiguo de la provincia, con mas de 37 años en la actividad.
Con mi hermano Luis, la hermandad y amistad está más firme que nunca, comunicados a través del teléfono y el correo electrónico habitualmente; y como dije antes, dejé la actividad radial hace mucho tiempo, me dediqué por muchos años a la conducción de camiones en Santiago y hoy me dedico al transporte de pasajeros en el sistema RED.
Mi hermano sigue firme y fiel a las comunicaciones a través de la creación de varios bloggs para difundir cultura, noticias y amistad desde Los Alamos--Temuco Chico, donde reside desde hace algunos años junto a su familia actualmente; aparte de eso hoy es Director de la Escuela Básica José Ulloa Fierro de Temuco Chico, y a través de https://radioamanda.cl (on line) transmite música y acompañamiento para todos los románticos de corazón; lo que me hace meditar al respecto y concluir que cuando se pretende encontrar el final del arco iris, hay que perseguirlo hasta llegar a tocarlo, porque sólo con empeño y sacrificio nada es imposible en la vida, sólo hay que tener entusiasmo y dedicación.
Epílogo
Durante un viaje de vacaciones junto a mi familia, en el año 1996, llevé a mis hijos a mostrarles el lugar donde había nacido, y me llevé una triste sorpresa; no había casa, pozo de agua, corral de gallinas, laguna de los patos, ni los álamos, chilcos, temos, ni siquiera la vega pantanosa con sus camarones, aún el sendero que transitábamos hacia la calle había sido borrado por la acción del tiempo transcurrido y otras gentes que llegaron al lugar… Sentí mucha pena por ello.
A pesar de todas las penurias pasadas, amo mi niñez, mis campos, mi familia, mis amigos, las personas que me ayudaron y, sobre todo, amo mi pueblo y sus recuerdos que llevaré conmigo hasta la tumba.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Los Cuentos De Mi Abuela Aída

 Llegar hasta El Porvenir, en las alturas de Butamalal, donde vivía mi abuela Aída, era un acontecimiento de proporciones. Primero, porque ella se alegraba mucho —por lo menos cuando yo llegaba—; lo primero que hacía era darme un tremendo trozo de queso ensartado en un fierrito para que lo derritiera al calor de las brasas, y luego un jarrón de leche de vaca al natural. Cosa más rica no existía en parte alguna.


Por las noches había guitarreo y canciones mientras mi abuela cocinaba una cazuela en una enorme olla de fierro de tres patas,  para ella   no había preocupación alguna por dietas ni cosas semejantes: había que comer mucho.


Por las mañanas, las tortillas de rescoldo recién sacadas de las cenizas y el infaltable jarro de leche de vaca recién ordeñada. Qué delicioso era todo aquello.


Durante el día se hacían los quehaceres normales de una casa de campo: llevar las ovejas hacia allá, ir a ver cómo marchaba la hornilla del carbón, traer un poco de leña de lleuque para otra quema... Y así, rápidamente, pasaba el día sin dar oportunidad al aburrimiento; era una maravilla de vida.


Por la noche, cuando no había guitarreo, se sintonizaba radio Colo-Colo, que llegaba como balazo, fuerte y claro, con su programa  "Afilando la noche en la Colo-Colo", donde las cumbias y rancheras eran reinas.


Pero había otros momentos interesantes también: los cuentos de mi abuela Aída, llenos de misterio y suspenso, con un escenario propicio para asustar a cualquiera que fuera novato en estas lides.


Como no había energía eléctrica, la iluminación de la enorme cocina se hacía con un chonchón a parafina —un tarrito con un tubito y dentro suya una mecha de género que llegaba hasta el fondo—. Al encenderlo, daba una lumbre que no alcanzaba a iluminar todo, así que había dos posibilidades: encender dos chonchones o bien solo uno y avivar la llama del fogón con más leña para que iluminara el resto. De todas maneras, había penumbras.


Mi abuela Aída preparaba su mate, se acercaba a la mesa, arrimaba la tetera previamente hervida, se sentaba en su lugar y, con una voz pausada, comenzaba a hablar:


—Iba un hombre caminando por un sendero. Era un hombre de pueblo, un caballero que parece que había sido invitado a algún lugar del campo.


Hacía una pausa, tomaba la tetera, llenaba de nuevo el mate y le "pegaba dos chupadas". Luego nos miraba con atención y continuaba:


—Este hombre iba vestido de terno que alguna vez fue nuevo; ya no lo era, pero le daba cierta prestancia porque además lucía una corbata desteñida por los lavados frecuentes. También llevaba un morralito donde, además de pan, cargaba un botellón con agua.


Mi abuela Aída hizo otra pausa, se sirvió otro mate y nos recordó que al día siguiente teníamos que llevar los trozos al aserradero porque había que terminar de arreglar el galpón. Luego suspiró un poco, mordió el trozo de tortilla, chupó el mate y nos miró de nuevo antes de seguir el relato:


—Como dije, el hombre llevaba un morralito y se veía cansado de tanto caminar cuando, de pronto, vio tirada en el suelo una varilla de mimbre. La recogió y siguió caminando, y con esa varilla le pegaba al suelo, al pasto o al aire para distraerse un poco.


De pronto... se quedó callada porque los perros comenzaron a aullar afuera; todos aullaban lastimosamente. Nadie salió a mirar qué pasaba y, en la penumbra de la cocina, miramos a la abuela a ver qué decía. Nos miró a todos y solo dijo lentamente:


—Por ahí anda el Mandinga.


Y todos nos quedamos quietos y en silencio.


Los perros dejaron de aullar, la abuela se sirvió otro mate, le dio otro mordisco al pedazo de tortilla, carraspeó unos segundos y continuó con el relato:


—De pronto, el hombre vio en medio del camino una culebra que lentamente iba cruzando la ruta y, rápidamente, con la varilla que llevaba le asestó varios golpes en la cabeza hasta que la reventó. Con la misma varilla arrojó la culebra a la orilla del camino y prosiguió su caminar.


Como a la media tarde, el caminante iba muy agotado cuando vio a la distancia un árbol frondoso que proyectaba mucha sombra, así que apuró sus pasos para descansar allí. El hombre se acomodó a la sombra de aquel árbol y se durmió un largo rato, hasta que de pronto escuchó una voz que le hablaba suavemente: «Caballero... caballero». Entonces se despertó sobresaltado y vio a una joven a su lado. La joven era hermosa, muy hermosa, y estaba vestida con un traje precioso; parecía una princesa, no, mejor una reina. El hombre, un poco aturdido por la situación, pidió disculpas por si había molestado estando allí.


«—No, no —le respondió la joven—, solo quiero pedirle si puedo descansar a su lado, mire que estoy muy cansada porque usted no sabe por lo que he pasado».


Entonces el hombre, muy caballerosamente, le respondió:


«—Por supuesto, no faltaba más, señorita; acomódese a la sombra».


La joven le hizo muchas preguntas que él caballerosamente respondía, hasta que de pronto comenzó a rascarse mucho la cabeza...


Mi abuela agarró la tetera y se sirvió mate, preguntó qué queríamos de almuerzo para el día siguiente y siguió contando:


—La joven se rascaba tanto la cabeza que le pidió al hombre si podía echarle un vistazo entre el cabello, porque tal vez se había "pegado" piojos por ahí. El hombre, tímidamente, comenzó a hurgar entre su cabello, pero se dio cuenta de que en todo el cuero cabelludo tenía cicatrices, muchas cicatrices, tantas que le preguntó a la joven: «¿Pero señorita, quién le hizo esto? ¿Quién le dañó tanto su cabeza?».


La joven lo miró muy seriamente y le contestó: «Usted fue, usted me hizo eso».


«—¿Pero cómo? ¿Cuándo, si jamás la había visto, señorita?».


«—Hace un par de horas, cuando yo iba cruzando el camino y usted me dio de golpes con esa varilla que lleva y luego me arrojó lejos, a la orilla».


El hombre abrió los ojos de asombro y estupor, se puso pálido y comenzó a temblar de temor. Entonces la muchacha se levantó, frunció los labios y emitió un silbido muy agudo, y llegaron miles de culebras que atacaron al hombre y se lo comieron. La muchacha era la Reina y vengaron la afrenta que había sufrido.


Al día siguiente llevamos los trozos al aserradero y regresamos con tablas de 10 pulgadas para hacer arreglos en el galpón que tenía algunas fallas, y por la noche, luego de merendar, nos fuimos a la cama temprano porque al día siguiente había que ensacar el carbón que estaba listo para una entrega a un camión que vendría a buscarlo.


La tarea de ensaque de carbón era un asunto delicado por la contaminación que se producía, ya que el gas tóxico ahogaba, así que teníamos que ponernos alguna toalla en la cara a modo de mascarilla protectora para que no nos afectara las vías respiratorias. De vez en cuando, beber agua mitigaba también aquel efecto dañino para la salud.


Esa noche la abuela nos había preparado un cauceo de papas con carne de cerdo, que era un verdadero manjar, cuando de pronto apareció una garrafa de vino tinto que vino a completar el paisaje en la mesa.


Luego de eso, y conociendo a la abuela, fui hasta el  "canogón" y traje la tetera llena de agua fresca que puse a hervir, busqué el frasco donde estaba la yerba mate para arreglarle una mateada, porque quería escuchar un nuevo cuento.


Curiosamente, afuera comenzó a correr un viento puelche de gran intensidad que hizo que cerráramos la puerta de entrada principal a la cocina, que "miraba" hacia el este, y el sonido de las ramas de los árboles entregaba un escenario propicio para escuchar, cual radioteatro, otro cuento de la abuela.


Ella  terminó la tarea de arreglar el mate trayendo el azúcar, un trozo de tortilla y queso, y se sentó en su lugar mientras nosotros nos acomodábamos en nuestros asientos con cara de suspenso.


—Venía un hombre por Butamalal Bajo en un caballo alazán muy bonito, muy bien aperado, con una montura de esas que llaman vaqueras, no chilena con pellones de lana. Este hombre usaba una vestimenta un poco extraña, como de otro lugar: un sombrero alón, pero no de huaso, de esos que he visto en algunas revistas que han llegado por aquí; una casaca con flecos en el pecho y los brazos... De verdad que se veía extraño el tipo, pero bueno, era su forma de vivir.


—Hijo... —la abuela se dirige hacia mí para pedirme que atize el fuego para que el agua de la tetera no se enfríe, porque no tiene gracia tomar mate con agua helada—. 


Este hombre había estado en los despachos tomando chicha fuerte, así que venía con los sentidos un poco nublados, pero no le preocupaba eso porque el caballo era baqueano por el camino, así que mientras cabalgaba comenzó a dormitar. Entró por el puente La Esperanza y se fue rumbo arriba culebreando por el camino y, cuando había avanzado bastante, en una curva del camino las ganas de orinar lo despertaron, así que detuvo el caballo y, apeándose, se metió bajo un avellano para hacer sus necesidades. De pronto sale corriendo una gallina brillante que primero lo asustó por el imprevisto y le quitó las ganas de orinar, pero reaccionó de inmediato y salió persiguiendo a la gallina por entre los avellanos hasta que la alcanzó arrojándole el chaleco para atraparla.


—Oiga, hijo —me dijo la abuela interrumpiendo el relato—, mañana necesito que se despierte de madrugada y ensille una bestia, que lo voy a mandar donde mi compadre a darle un recado.


—Bien, abuela, lo que usted diga. Deme otro pedazo de queso de ese tan rico que hace usted.


—Usted siempre tan  zalamero, mi chiquillo. Ahí tiene en el fierro que le gusta, aproveche las brasas.


—Ya, abuela, pero siga con la historia.


—La gallina hacía todo el esfuerzo posible por escapar, pero el hombre recordó una antigua leyenda y la llevó al lugar de donde había salido. Allí la gallina escarbó en la tierra y se echó. Entonces el hombre comenzó a escarbar en la tierra porque, según la leyenda, en ese lugar había un tesoro enterrado. Como no tenía herramientas, el trabajo de escarbe lo hizo con las espuelas que llevaba puestas: escarbó y escarbó cuando de pronto como que raspó algo duro. Siguió escarbando hasta que tuvo a la vista un cofre metálico de mediano tamaño, el que logró sacar a la superficie. La gallina hacía un sonido lastimero, como un sollozo, al ver lo que hacía el hombre.


Cuando tuvo el cofre en la superficie, se fijó en que tenía un candado que no podría abrir de manera normal, pero el hombre sacó un revólver de entre sus ropas y de un tiro abrió el candado. En ese instante, la gallina brillante desapareció y, cuando levantó la tapa del cofre, casi se desmaya de la impresión por la cantidad de joyas que había dentro de él. El hombre se sentó a pensar con el cofre entre sus piernas y lo miraba y lo miraba sin poder creer lo que sus ojos veían, porque se habían terminado todos sus problemas. Según cuenta la gente, el hombre compró un enorme fundo, compró cientos de animales y contrató un par de docenas de peones, amén de varias mujeres para trabajar en la enorme puebla que construyó para vivir. También dicen que vivió muchos años rodeado de riquezas y abundancia.


Estar en casa de la abuela Aída era nunca estar desocupado, no había lugar para el ocio; siempre había algún trabajo que realizar, pero eso es lo que hacía atractivo estar allí.


Vino el camión a buscar el carbón, así que lo cargamos con cien sacos que se habían acumulado. No tengo idea para dónde lo llevarían. En realidad eso no me importaba, no era mi cuento; el mío era pasarlo bien disfrutando cada momento que estuviera en el lugar.


Al día siguiente, armados con unos rozones grandes y chicos, y también unas hachas, nos fuimos a despejar un terreno para dejarlo en condiciones de poder sembrar un poco de trigo, porque la harina cruda iba a escasear, así que había que prepararse. Con los rozones cortamos la maleza gruesa y también pudimos destroncar un poco para hacer más fáciles las pasadas del arado cuando se hiciera ese trabajo, fecha para la cual yo no estaría allí.


Por la tarde llegaron unos vecinos con una pelota de fútbol y una "pelota" (garrafa) de chicha a entretenerse un poco, así que improvisamos los arcos con unas varas; los que hicieron de líderes seleccionaron los jugadores y ¡a la cancha se ha dicho!


Al final estaba tan oscuro que la pelota no se veía, pero el partido continuaba con entusiasmo, tanto entusiasmo que cuando el score iba 15-14 llegó la frase famosa en estas situaciones: «el último gol gana». Luego del gol definitorio, unos apretones de manos, otros abrazos y todos para la casa contentos y alegres, prometiendo un encuentro más temprano el próximo domingo.


Llegando a casa de la abuela, había que pasar por el canogón, que traía el agua desde una vertiente cercana, a echarse una buena lavada (y el más valiente, porque el agua era fría, fría, fría, se bañaba). Luego de eso, agarrar un palo de leña y entrar con él sobre el hombro como un trofeo donde la abuela estaba esperando para servir la merienda.


Mientras se merendaba, llegaban las preguntas inquisidoras de la abuela: «¿Hicieron esto? ¿Hicieron esto otro?». Y al final, la sentencia para el futuro: «Mañana hay que hacer...».


Luego venía el silencio natural que era roto por la voz de la abuela: «Echen más leña para que no se apague el fuego», mientras preparaba el mate, la tortilla y el queso. En ese momento acercábamos una silla a la mesa, en donde cada uno iba a colocar los codos porque venía un cuento de esos de la abuela.


—Según cuenta la gente, había un hombre pobre, muy pobre, que ya no sabía qué hacer con su pobreza y su vida: pedía limosna, buscaba comida en los tarros de basura, se vestía con andrajos y estaba en un estado de abandono absoluto. Decía no tener familia porque hacía mucho tiempo que se había alejado de todos. La gente, al verlo, muchos se alejaban porque decían que les podía contagiar alguna enfermedad o su propia miseria.


Interrumpiendo el relato, la abuela gritó:


—¡Alguien que vaya a buscar agua, que ya no hay en los baldes!


—Una noche, en estado de desesperación, el hombre gritó: «¡Si tengo que hacer un pacto con el diablo para salir de esta miseria, soy capaz de entregarle mi alma!». Los días pasaron sin que la situación del hombre cambiara hasta que una noche, al llegar a los cartones donde "vivía", encontró que había un hombre extraño, de mirada fuerte y penetrante. Sus dientes brillaban y en los dedos de sus manos se veían unos anillos que parecían tener fuego de tanto que brillaban; parecía que eran de oro. Al hablar, se sintió como un rugido aterrador que hizo que el hombre se encogiera de miedo...


—Abuela —le dije—, déjeme encender otro chonchón porque me estoy asustando.


—Bueno, chiquillo miedoso, y de pasada eche más leña al fogón. Como dije —continuó la abuela—, al hombre le entró el temor cuando el personaje le habló, pero se controló y le puso atención.


«—Amigo, usted dijo que le gustaría hacer un negocio conmigo —le dijo el hombre.


«—A usted no lo conozco, amigo, ¿cómo podría haberle dicho alguna cosa?


«—Amigo, usted sabe quién soy; no se lo voy a repetir, pero le doy la oportunidad de salir de esta situación y tener riquezas a manos llenas, poder y gloria mientras viva, porque todas las riquezas terrenales son mías y puedo compartirlas con quien me dé la gana si están dispuestos a darme solo una pequeña cosa.


«—¿Qué cosa sería?


«—Su alma... solo eso».


Yo tenía los codos afirmados en la mesa y con las manos me sujetaba el mentón mientras los nervios me recorrían todo el cuerpo de solo imaginar vivir una escena de esa naturaleza y salir vivo.


Los sonidos del mate que indicaban que se había terminado el agua fueron un alivio para la tensión creada por el relato de la abuela. Un par de perros entraron a la cocina y se arrinconaron junto al fogón, en un acto que parecía esconder el miedo que el cuento causaba.


—El Mandinga sacó una hoja de entre sus ropas —continuó la abuela— y se la mostró al hombre diciendo: «Una firma con tu sangre aquí y mañana sales de tu miseria y tendrás 50 años para disfrutar tu riqueza». El hombre suspiró fuerte y extendido, tomó la pluma que el diablo le pasaba, con la punta se perforó uno de sus dedos untándola con sangre y procedió a poner su firma en el pergamino que tenía ante sus ojos. El diablo lo enrolló, lo metió entre sus ropajes y le dijo: «Exactamente a contar de hoy, en 50 años vendré por tu alma», y se perdió en la noche dejando un fuerte olor a azufre rodeando al hombre.


El pobre hombre se durmió sin saber si lo que había vivido era verdad o mentira, hasta que despertó y se dio cuenta de que vivía en una mansión con muchas personas a su servicio y tenía muchas propiedades y riquezas que no alcanzaba a contar. 


Hijo, alcánceme el tarro con azúcar, por favor, para echar al azucarero, y tráigame otro pedazo de tortilla de ese canasto. Mañana vamos a matar un chancho para hacer un asado y usted lleve unas longanizas a su mamá; también va a llevarse un saco de papas, que son siempre bienvenidas en una casa.


—Abuela, siga la historia.


—Bueno, pasaron los 50 años y recién el hombre se preocupó de que tenía que entregar su alma al diablo por todas las riquezas que había disfrutado y que parecían no terminar nunca. Pero el hombre ahora no quería cumplir su parte del trato, así que andaba buscando la manera de evitar que se lo llevara. Una viejita le dijo que tenía que ser velado vivo y el velador tenía que soportar la presencia del Mandinga para que quedara sin efecto. El hombre ofreció una inmensa cantidad de dinero para que alguien lo velara vivo y poder zafarse del pacto y, cuando llegó una persona que se atrevía con eso, se hicieron los preparativos para su velorio. En primer lugar, nadie debía estar cerca: el hombre dentro del cajón y el velador con un rosario y una Biblia para soportar la presencia del diablo.


Si el velador soportaba todas las pruebas de Satanás hasta los primeros rayos del sol, estaba salvado. 


Pero con estas cosas no se juega, hijos,  hay fuerzas que no conocemos y a las que no hay que provocar, porque serían como las 4 de la madrugada cuando el velador comenzó a flaquear y al final le dio tanto miedo que tiró el rosario y se puso a llorar de miedo, así que al final, en una especie de ganancia extra, el diablo se los llevó a los dos.


Pasaron un par de días cuando tuve que hacer los preparativos para regresar a mi casa; mi abuela me acompañó en las trancas a esperar el camión de "El Gitano" y nos vinimos cerro abajo, hasta otra oportunidad   que  la visitaría  para divertirme y escuchar esos relatos tan maravillosos del campo chileno.





 




martes, 8 de septiembre de 2026

La Lavadora Automática

Recién casados con mi esposa, nos fuimos a vivir a un lugar donde la Sra. Luisa  que nos arrendó tenía una especie de departamento de dos piezas grandes, las cuales cumplían satisfactoriamente nuestras necesidades.


Dentro de la infraestructura había unos lavaderos organizados con todo lo necesario para que las señoras lavaran la ropa o la loza, según sus requerimientos. Era un buen lugar; nuestra primera hija nació allí.


Luego de un tiempo nos mudamos a otro sitio y, para lavar la ropa, hice las gestiones y me conseguí una artesa (batea), la que instalé en una estructura de madera bajo la sombra. Hasta allí llevé un arranque de agua potable para cumplir cabalmente el propósito.


No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta que mi esposa me hizo ver que le dolían las muñecas por el trabajo de enjuagar la ropa que lavaba, y sutilmente me sugirió:

—¿No podrías comprar una lavadora de esas redondas?


Obviamente la compré, porque lo único que yo quería era que ella se sintiera bien, que el trabajo físico disminuyera y que pudiera dedicar más tiempo al cuidado de la niña.


Como a la semana me preguntó:

—¿No podrías comprar una centrífuga?


Sinceramente, yo no tenía idea de qué era una centrífuga. Mi esposa me explicó que era una «cosita» así, redonda, que presecaba la ropa.


También la compré. ¡Una maravilla de máquina!


Al tiempo, ya con dos hijos y por necesidades de ampliación, nos mudamos a una casa más grande y con mayor infraestructura habitacional.


Estábamos bien, hasta que me hizo otra pregunta:

—¿No podríamos comprar una lavadora automática?


Ahí la cuestión me quedó como poncho: ni idea que era una lavadora automática.

—y ¿cuáles son los beneficios? —le pregunté.


Bueno, cuando me los explicó, y atendiendo a la situación, a los méritos de la máquina y al deseo de vivir mejor, me di a la tarea de comprar una lavadora automática.


Una vez instalada por mí mismo —luego de haber leído el manual de instrucciones en su totalidad—, me percaté de que el tiempo total del proceso de lavado era de 45 minutos. 

Como nunca había visto una máquina de ese tipo, me  instalé a  observar todo el proceso. Es decir, estuve los 45 minutos mirando cómo lavaba, botaba el agua, se llenaba de nuevo y enjuagaba, para luego centrifugar; y ahí estaba yo, mirando esa maravilla de la tecnología. Durante varios días observé todo el proceso que duraba 45 minutos.


Mientras la lavadora hacía su trabajo, recordaba a mi madre escobillar grandes cantidades de ropa ajena a la sombra de los mimbres, hiciera frío o calor; y, de verdad, debo confesar que me dio pudor. 


Pero me consolé al pensar que la vida y las condiciones deben ir mejorando para el bien de las personas.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

La Paloma Mensajera

Nació de un huevito esmeralda y hermoso, trayendo consigo todas las esperanzas de sus padres, quienes la acunaron en un nidito hecho de hojas y varillas de mimbre de fragantes olores, y de pasto suave como el algodón para que durmiera plácidamente sus días de crecimiento.

El padre picaba y molía las semillas en medio de piedrecillas para que pudiera digerirlas, se alimentara y creciera fuerte y sana como una paloma mensajera.
Así fue creciendo al amparo y los cuidado de sus padres, quienes no escatimaron esfuerzos en su protección, porque ella, la "palomita mensajera", había venido a colmar de felicidad un nido antes vacío y sin color. Y ya estaba aquí quien cambiaría la vida de ambos para siempre.
Sus alas se fueron robusteciendo con cada grano que su padre molía entre las piedras. Su madre acomodaba y limpiaba el nidito, agregando sus propias plumas y un pasto suave y tibio para que las noches fueran plácidas y los sueños reparadores.
Comenzó también a enseñarle a mover las alas para que pudiera volar y elevarse por los aires, hasta alcanzar el cielo.
La actividad diaria de la madre era exclusivamente para proteger a su "palomita mensajera" nacida de un huevito lleno de ilusiones que marcarían la vida de la familia para siempre; no existía otro propósito en aquel hogar donde la vida continuaba y se abría paso hacia la eternidad.
La palomita volaba por los aires y regresaba a su refugio mientras sus padres envejecían, pero, de la misma forma que ayer, su preocupación de hoy seguía siendo la misma por su «palomita mensajera».
De pronto, en un vuelo, regresó junto a un palomo con el cual se marchó, dejando aquel nidito abrigado junto a la pena de su madre.
Los regresos visitantes se hicieron cada vez más distantes, hasta que al final solo quedó el espacio, dando lugar al vacío de un nido que nunca volverá a cobijar a la "paloma mensajera".

El Pasaje De La Micro

 Estaba viendo hace un momento un aviso en una página de Facebook que decía que en Domingo Santa María con Nicanor Fajardo, en Renca, estaban fiscalizando los pases Bip y multando a los evasores.

Había varios comentarios al respecto: que los que no pagaban estaban sin trabajo, que son pobres, que tenían este o aquel problema... y, al final, los evasores del pago del pasaje en la locomoción son "pobres víctimas" del sistema.
A mediados del año 1981 —una época difícil en Chile, política y económicamente— estaba sin trabajo, pero tenía la esperanza de encontrar a mi amigo, el maestro de cocina Juan Uribe, con quien había trabajado como ayudante en Recoleta con Zapadores, para que me tendiera una mano.
El problema era que no sabía exactamente dónde vivía, así que, por las referencias, me encaminé hacia el sector del paradero 18 de Gran Avenida, a una distancia de más de 15 kilómetros.
Como no tenía dinero para el pasaje de la locomoción, tuve que hacer el viaje a pie y recorrer un gran sector caminando y mirando a mi alrededor "por si acaso lo encontraba".
El problema no era ir, pues uno va con la esperanza de lograr el objetivo. El verdadero problema era el regreso: al no lograrlo, la vuelta era con un desánimo total. El viaje de ida y vuelta caminando duraba cerca de 7 horas.
Hice el viaje dos veces en vano, hasta que en el tercero vi a mi amigo saliendo de un restaurante a comprar cigarrillos en un almacén colindante. Nos saludamos; me miró y me dijo:
—Estás sin pega.
—Por eso te busco —le contesté.
—Ok, ya encontraste pega; mañana te vas conmigo de ayudante adelantado donde estoy trabajando.
Nos tomamos dos cervezas, me pasó 50 pesos, me subí a la micro y regresé a Renca.
Tiempo después estaba trabajando cerca de la Alameda como DJ en un nightclub que cerraba a las 03:00 de la madrugada. En ocasiones, el vehículo que me llevaba a casa no llegaba, así que me iba caminando: tomaba la calle Bandera, cruzaba Mapocho, doblaba hacia el norte en la esquina de Independencia hasta llegar a la Panamericana a la altura de Vivaceta, caminaba por la caletera hasta Domingo Santa María y avanzaba hasta la Plaza de Renca, cerca de donde yo vivía. Jamás tuve problemas ni vi nada extraño.
Tampoco hubo una queja de mi parte por no tener dinero para la locomoción; si no lo tenía, simplemente caminaba o no salía.
Por todo eso, hoy me disgustan esas excusas: "es que la plata no alcanza", "es que soy pobre", "es que soy adulto mayor". La plata nunca ha alcanzado, siempre es poca; lo que sucede es que hoy se ha perdido la vergüenza y nadie quiere hacerse cargo de sus deberes.
El pasaje hay que pagarlo porque esto es un negocio como cualquier otro, no una beneficencia.
La gente olvidó que cuando subían por la puerta trasera se mandaba el billete mano por mano y regresaba el vuelto y el boleto de la misma forma.
La gente olvidó que en el sistema antiguo había que pagar por cada trasbordo que se hiciera; en cambio, hoy se tienen dos trasbordos por el mismo precio o dos horas para ir a hacer una diligencia y volver sin costo adicional. La tarifa debería estar, por lo menos, en $1.500 pesos.
Hubo un tiempo en que el pasaje valía lo mismo que una bebida energética: $700 pesos; hoy la bebida cuesta $1.600 y el pasaje $790. A los adultos mayores se nos otorga una tarjeta preferencial con rebaja y pagamos $390, el mismo precio que tenía la locomoción hace más de 30 años, y aun así reclaman.
La gente nunca está conforme, es como un saco roto que no se llena nunca. Evadir, evadir, no pagar, no pagar... Y eso quiebra hasta los almacenes de barrio, porque creen que el capital sale como hojas de los árboles.
Ah, yo también tengo mi tarjeta Bip de adulto mayor y pago mi pasaje, aunque trabaje en el sistema.