martes, 23 de junio de 2026

Lo Que Cuentan Las Canciones -- Tito Fernández -- El Entierro.

Un cuento de la noche de San Juan

Era la noche de San Juan y llovía tanto que los torrentes de agua se estaban llevando todo a su paso.
Los canales y las vegas ya no eran capaces de contener mas agua y los camarones y pidenes estaban emigrando hacia las alturas de las lomas.
Pero la decisión de aquel grupo de hombres curtidos por una vida llena de necesidades ya estaba tomada, no había vuelta atrás.
Se aperaron con palas, chuzos, picotas y se cubrieron con mantas y sombreros añejados por el tiempo y el sol.
Los morrales; 10 en total, uno para cada hombre los envolvieron en un solo paquete para cargar con mayor facilidad.
Alguien hizo aparecer unas botellas con aguardiente de las que degustaron varios tragos porque el frío calaba hasta los huesos.
A las 9 de la noche partieron rumbo hacia donde estaba la higuera que según contaban los antiguos exactamente a medianoche florecía y se iluminada lo que hacía entender que había un tesoro oculto a sus pies.
Hasta la fecha nadie se había atrevido a probar suerte por temor al maligno.
También se proveyeron de unos faroles hechos con tarros de café con un vidrio por delante, abiertos en la parte trasera y en su interior una vela para poder caminar por entre la oscuridad.
Calcularon que con dos horas de caminata tenían suficiente para llegar a su destino porque una vez que la higuera se iluminara al florecer debían comenzar a cavar a su alrededor; eso según la leyenda.
Caminaban un poco y se repartían un vaso de aguardiente para pasar el frío y darse ánimo porque estaba la posibilidad cierta de encontrarse con el "cachudo" quién llegaba a buscar la flor; eso según contaban los antiguos.
Llegaron hasta la higuera media hora antes de la medianoche, se sentaron a descansar y beber otros tragos de aguardiente porque las dentaduras crujían por el frío y la lluvia que no amainaba.
Esa media hora fue una eternidad, los cuerpos curtidos por el trabajo y el trago que aparentemente a nada temen comenzaron a temblar de nervios y escalofríos que recorrían las espaldas de cada uno.
Faltando un minuto para la medianoche el que llevaba reloj dijo: "ya mierda, estamos a punto de hacernos ricos, no se asusten por lo que vean".
15 segundos, 10 segundos, 5 segundos, 4 segundos, 3 segundos, 2 segundos, 1 segundo y en el instante en que el reloj marcó la medianoche desde el follaje de la higuera emergió una luz tan brillante como el sol que por un momento quedaron estupefactos y maravillados, sin atinar a reaccionar.
De pronto uno de los hombres gritó: ¡¡por la madre empecemos a picar!! y saliendo como de un letargo comenzaron a cavar con fuerza alrededor de la higuera; y la lluvia no amainaba.
A los pocos minutos; cinco tal vez, la luz se apagó y tuvieron que encender los faroles de vela para alumbrar y ver donde cavaban... y cavaron...cavaron...cavaron hasta que el cansancio los derrotó junto con la desilusión reflejada en sus rostros.
La lluvia comenzó a amainar y aquellos hombres derrotados por la naturaleza y la efímera ilusión de volverse ricos se sentaron a beber aguardiente hasta secar las botellas.
Como a las 3 de la madrugada emprendieron el camino de regreso cabizbajos y apesadumbrados por la mala suerte de sus vidas.
Ni siquiera los faroles alumbraban porque las velas eran un montón de cera derretida.
Ya comenzaba a amanecer y el sol debilmente asomaba en el horizonte y estos hombres pensaron que era el momento de enyugar los bueyes y volver al trabajo duro como la vida que les había tocado.
Cuando llegaron a sus casas y al momento de despedirse, el del reloj dijo: "que tal si el año próximo lo intentamos de nuevo porque tal vez el tesoro "se corrió", como dicen los abuelos que a veces pasa".
Hecho, dijeron todos y se fueron a sus casas.



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