miércoles, 2 de septiembre de 2026

La Paloma Mensajera

Nació de un huevito esmeralda y hermoso, trayendo consigo todas las esperanzas de sus padres, quienes la acunaron en un nidito hecho de hojas y varillas de mimbre de fragantes olores, y de pasto suave como el algodón para que durmiera plácidamente sus días de crecimiento.

El padre picaba y molía las semillas en medio de piedrecillas para que pudiera digerirlas, se alimentara y creciera fuerte y sana como una paloma mensajera.
Así fue creciendo al amparo y los cuidado de sus padres, quienes no escatimaron esfuerzos en su protección, porque ella, la "palomita mensajera", había venido a colmar de felicidad un nido antes vacío y sin color. Y ya estaba aquí quien cambiaría la vida de ambos para siempre.
Sus alas se fueron robusteciendo con cada grano que su padre molía entre las piedras. Su madre acomodaba y limpiaba el nidito, agregando sus propias plumas y un pasto suave y tibio para que las noches fueran plácidas y los sueños reparadores.
Comenzó también a enseñarle a mover las alas para que pudiera volar y elevarse por los aires, hasta alcanzar el cielo.
La actividad diaria de la madre era exclusivamente para proteger a su "palomita mensajera" nacida de un huevito lleno de ilusiones que marcarían la vida de la familia para siempre; no existía otro propósito en aquel hogar donde la vida continuaba y se abría paso hacia la eternidad.
La palomita volaba por los aires y regresaba a su refugio mientras sus padres envejecían, pero, de la misma forma que ayer, su preocupación de hoy seguía siendo la misma por su «palomita mensajera».
De pronto, en un vuelo, regresó junto a un palomo con el cual se marchó, dejando aquel nidito abrigado junto a la pena de su madre.
Los regresos visitantes se hicieron cada vez más distantes, hasta que al final solo quedó el espacio, dando lugar al vacío de un nido que nunca volverá a cobijar a la "paloma mensajera".

El Pasaje De La Micro

 Estaba viendo hace un momento un aviso en una página de Facebook que decía que en Domingo Santa María con Nicanor Fajardo, en Renca, estaban fiscalizando los pases Bip y multando a los evasores.

Había varios comentarios al respecto: que los que no pagaban estaban sin trabajo, que son pobres, que tenían este o aquel problema... y, al final, los evasores del pago del pasaje en la locomoción son "pobres víctimas" del sistema.
A mediados del año 1981 —una época difícil en Chile, política y económicamente— estaba sin trabajo, pero tenía la esperanza de encontrar a mi amigo, el maestro de cocina Juan Uribe, con quien había trabajado como ayudante en Recoleta con Zapadores, para que me tendiera una mano.
El problema era que no sabía exactamente dónde vivía, así que, por las referencias, me encaminé hacia el sector del paradero 18 de Gran Avenida, a una distancia de más de 15 kilómetros.
Como no tenía dinero para el pasaje de la locomoción, tuve que hacer el viaje a pie y recorrer un gran sector caminando y mirando a mi alrededor "por si acaso lo encontraba".
El problema no era ir, pues uno va con la esperanza de lograr el objetivo. El verdadero problema era el regreso: al no lograrlo, la vuelta era con un desánimo total. El viaje de ida y vuelta caminando duraba cerca de 7 horas.
Hice el viaje dos veces en vano, hasta que en el tercero vi a mi amigo saliendo de un restaurante a comprar cigarrillos en un almacén colindante. Nos saludamos; me miró y me dijo:
—Estás sin pega.
—Por eso te busco —le contesté.
—Ok, ya encontraste pega; mañana te vas conmigo de ayudante adelantado donde estoy trabajando.
Nos tomamos dos cervezas, me pasó 50 pesos, me subí a la micro y regresé a Renca.
Tiempo después estaba trabajando cerca de la Alameda como DJ en un nightclub que cerraba a las 03:00 de la madrugada. En ocasiones, el vehículo que me llevaba a casa no llegaba, así que me iba caminando: tomaba la calle Bandera, cruzaba Mapocho, doblaba hacia el norte en la esquina de Independencia hasta llegar a la Panamericana a la altura de Vivaceta, caminaba por la caletera hasta Domingo Santa María y avanzaba hasta la Plaza de Renca, cerca de donde yo vivía. Jamás tuve problemas ni vi nada extraño.
Tampoco hubo una queja de mi parte por no tener dinero para la locomoción; si no lo tenía, simplemente caminaba o no salía.
Por todo eso, hoy me disgustan esas excusas: "es que la plata no alcanza", "es que soy pobre", "es que soy adulto mayor". La plata nunca ha alcanzado, siempre es poca; lo que sucede es que hoy se ha perdido la vergüenza y nadie quiere hacerse cargo de sus deberes.
El pasaje hay que pagarlo porque esto es un negocio como cualquier otro, no una beneficencia.
La gente olvidó que cuando subían por la puerta trasera se mandaba el billete mano por mano y regresaba el vuelto y el boleto de la misma forma.
La gente olvidó que en el sistema antiguo había que pagar por cada trasbordo que se hiciera; en cambio, hoy se tienen dos trasbordos por el mismo precio o dos horas para ir a hacer una diligencia y volver sin costo adicional. La tarifa debería estar, por lo menos, en $1.500 pesos.
Hubo un tiempo en que el pasaje valía lo mismo que una bebida energética: $700 pesos; hoy la bebida cuesta $1.600 y el pasaje $790. A los adultos mayores se nos otorga una tarjeta preferencial con rebaja y pagamos $390, el mismo precio que tenía la locomoción hace más de 30 años, y aun así reclaman.
La gente nunca está conforme, es como un saco roto que no se llena nunca. Evadir, evadir, no pagar, no pagar... Y eso quiebra hasta los almacenes de barrio, porque creen que el capital sale como hojas de los árboles.
Ah, yo también tengo mi tarjeta Bip de adulto mayor y pago mi pasaje, aunque trabaje en el sistema.