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jueves, 8 de octubre de 2026

Lo que dicen las canciones -- Franco Simone -- Mala droga

La penumbra de la habitación era aterradora y la escena en el centro de ella   daba a entender que nada bueno sería el resultado de aquel momento.

El hombre estaba sobre una silla pequeña que a duras penas soportaba  el peso  y  tenía una soga alrededor de su cuello  y el otro extremo estaba  atada a una viga del techo.

Tenía los ojos cerrados, la boca reseca y su pecho se agitaba  con la respiración  acelerada por la ansiedad que en ese momento  impregnaba sus  pensamientos.

Desde hacía un tiempo  todo era oscuridad  en su vida, aquel hombre luego de  ver la partida de personas amadas por él  y malas desiciones en su forma de vida  en un acto de rebeldía  se sumergió  en el vicio del alcohol  y las drogas. Pero esa decisión al contrario de  traer paz a su corazón trajo la desdicha  y la pérdida   del respeto a sí mismo y se fue  hundiendo cada vez mas en la miseria del abandono  del que no hay posibilidades de salir y recuperarse.

Todo aquello hasta que hundido en la desesperación  y angustia de perder  la cordura  pensó en la única solución veraz  que daría paz a  su  visión  trastocada de la vida.

Se  encerró en su habitación, buscó entre sus pertenencias  un pedazo firme de cordel  y una silla  pensando  para si mismo: esto se termina ahora.

Hizo un movimiento con los pies  para  que la silla cayera  y quedar colgado de la viga  que acabaría  con su calvario; pero...nosotros no decidimos esas cosas  pues la vida no nos pertenece aunque lo creamos así,  con el movimiento que hizo para derrumbar la silla  y al momento de quedar pendiente de la soga  en un acto inexplicable  esta se cortó y el hombre cayó al piso quedando allí inerte por varios minutos.

Al rato comenzó a recobrar la conciencia  y repasando los últimos días de su vida  hasta el instante que subió a la silla para quitarse la vida le pareció ver un destello de luz  frente a sus ojos.

Al momento de otear en la  semioscuridad,   su cerebro comenzó a  disipar la niebla que lo envolvía, su corazón  dejó de agitarse y el temblor y ansiedad de su cuerpo  fue amainando.

Se levantó del piso y se sentó en la silla que minutos antes era su cadalso y metiendo sus dos manos por entre sus cabellos  para luego  restregar sus mejillas   y poniendo sus codos sobre sus rodillas  afirmó  su mentón en sus manos y pensó.

Luego de  estar en esa posición por incontables  minutos  se levantó caminó hasta una llave y   mojó  su rostro, luego   mirándose en un espejo que había frente a él se dijo a sí mismo: esto va a cambiar.

Se arrodilló frente a una imagen del Señor  y le preguntó  ¿que quieres que haga? y el rostro del hombre  comenzó a iluminarse  con  una luz  como venida del cielo   que demostró que había encontrado la paz que buscaba.

Al otro día,  temprano luego de desayunar  salió de su casa,  hizo parar un taxi  pidiendo al conductor que lo llevara hasta una dirección que le indicó.

Cuando llegaron al lugar  era una casa  enclavada  en los límites de la ciudad  y tenía un gran jardín  y  albergaba una reja perimetral  con un pequeño portón peatonal en la entrada  y que en su parte superior ostentaba un letrero que decía: No se deje abatir por las drogas y el alcohol; venga, solo tiene que entrar y nos hacemos cargo.

Cogió la pequeña maleta que llevaba,  abrió la puerta y entró al lugar.