domingo, 4 de octubre de 2026

La Señorita Norma Cartes

El día 3 de mayo del año 2006 viajé hasta Curanilahue para asistir a la ceremonia de lanzamiento del libro de cuentos En-Sueños, del que mi hermano Luis era coautor.


Estábamos esperando el inicio de la ceremonia en la Escuela Pablo Neruda cuando llegaron unas apoderadas a conversar con mi hermano. Venían a expresarle palabras de agradecimiento y parabienes por los logros alcanzados por sus hijos durante el tiempo en que él estuvo a cargo de su educación.


Después de aquello, pensé en todos y cada uno de mis profesores durante mi etapa de estudiante, en lo importantes que fueron, en las enseñanzas que me dejaron y, sobre todo, en el tiempo que ha perdurado en mí su influencia.


Mi nieta actualmente está en la universidad, estudiando Educación de Párvulos, y hace algunas semanas le decía que los maestros y educadores, en general, deben ser formadores, de manera que sus enseñanzas sean imperecederas y permanezcan para siempre en el corazón de cada uno de sus alumnos.


Todo lo anterior me lleva a recordar que, en el año 1966, cuando yo tenía nueve años y cursaba tercero básico, nuestro curso quedó abruptamente sin profesor, porque, de la noche a la mañana, el señor Maureria se marchó a Concepción y nunca regresó.


La Dirección de la Escuela de Hombres N.º 1, bajo el mando de su director, el señor Enrique Matamala, dispuso que, mientras llegaba un nuevo profesor, distintos docentes nos hicieran clases según su especialidad o ramo, como prefieran llamarlo.


El señor Faúndez, por ejemplo, nos enseñaba Matemáticas. Sin embargo, hubo una profesora que se llevó todos los aplausos, porque, además de enseñarnos teoría, nos mostró una tecnología que los niños de nuestra edad no teníamos la más mínima posibilidad de conocer.


La señorita Norma Cartes nos hacía clases de Música y nos enseñaba a cantar canciones creadas por ella misma.


Había una que siempre recuerdo y que yo les cantaba a mis hijos cuando eran pequeños:


Al sol le llaman Lorenzo,

al sol le llaman Lore,  Lorenzo,

y a la luna, luna Catalina,lina, 

bom, bom, bom, bororom.


Pero, en una oportunidad, nos dijo que al día siguiente sería una jornada especial para todos, porque llevaría algo muy especial.


La señorita Norma, según mis cálculos, debía tener por aquel entonces unos 25 años. Era joven.


Al día siguiente llegó con una especie de maleta que llevaba colgada de uno de sus hombros mediante una correa. Se notaba que pesaba bastante. La puso sobre el escritorio y nos dio una charla. También nos hizo cantar el himno de la escuela, que igualmente era de su autoría.


Todo transcurría con normalidad hasta que comenzó a abrir la maleta. Cuando retiró la tapa, quedaron a la vista dos carretes unidos por una cinta plástica que ninguno de nosotros había visto jamás. ¡Era una grabadora de carrete abierto, o de reel, como se las llamaba!


Nos explicó que nosotros cantaríamos y que nuestras voces serían grabadas para que después pudiéramos escucharnos.


Recuerdo nítidamente que, en medio del canto, un compañero llamado Fernando Sandoval gritó con todas sus fuerzas. Luego, cuando terminamos de cantar y la señorita Norma nos hizo escuchar la grabación, lo que más nos causaba risa era el grito de Sandoval. Tuvo que reproducirla varias veces, porque queríamos escuchar una y otra vez el grito de nuestro compañero.


Eso sucedió hace 60 años y lo recuerdo con tanta claridad como si hubiera ocurrido ayer. Es uno de los momentos más maravillosos que conservo de mi época de estudiante de enseñanza básica, porque aquella profesora nos mostró una tecnología que, en ese momento, no estaba al alcance de ninguno de nosotros.


La señorita Norma nos permitió vivir una experiencia especial que encendió aún más mi curiosidad por conocer aquellas «maquinitas» que permitían echar a volar la imaginación.


Durante 60 años he pensado en el esfuerzo que hizo aquella maestra para traer desde su casa esa grabadora, que fácilmente pesaría unos 10 kilogramos, o quizás más. Sin embargo, ella la llevó hasta nosotros para regalarnos un poco de fantasía musical y una experiencia que jamás olvidaríamos.


Durante 60 años he recordado aquel episodio, que quedó grabado en mi corazón y en mi mente de tal manera que nunca desaparecerá de allí.


Por eso digo que los educadores deben ser personas especiales, capaces de dejar huellas que sus alumnos recuerden para siempre.


Un merecido homenaje para todos los educadores de mi país, allí donde estén.

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