lunes, 26 de octubre de 2026

La pobreza y la riqueza

Hace un par de semanas ocurrió un lamentable deslizamiento de barro y agua que produjo muchos daños en el sector oriente de la capital, lo que, obviamente, trajo dolor y desdicha a las personas afectadas.
Lamentablemente, y a pesar de ser un pueblo reconocido por nuestra solidaridad ante las tragedias que afectan a nuestros semejantes, este hecho produjo exactamente lo contrario, pues muchos ciudadanos se mofaron de aquella tragedia: hicieron videos, memes y chistes en los que se burlaban de quienes sufrieron aquel embate de la naturaleza.
Los sesgos socioeconómicos motivaron que afloraran las burlas y los comentarios agresivos hacia «los ricos» a raíz de la tragedia.
Esto dejó en evidencia una tremenda falta de empatía y puso sobre la mesa una necesaria reflexión acerca de la salud mental, que está al debe, porque debemos reconocer al otro como un semejante y comprender que todos nos necesitamos.
Curiosamente, algunas personas que dividen a los demás entre ricos y pobres también se identifican a sí mismas como pobres»
Había un señor en Chile que era millonario, tenía muchas empresas y negocios, y decía: «Eso de la riqueza es relativo, porque yo, para algunos, soy rico, pero para otros soy muy pobre».
Y eso, desde mi punto de vista, es muy cierto, porque existen varios parámetros para medir la riqueza y la pobreza.
Definir acertadamente dónde comienza una y dónde termina la otra no es tan sencillo, pues la línea divisoria no está del todo clara.
Para explicar esto, voy a poner mi propio ejemplo.
Nací en una familia campesina muy pobre, con unos padres que, a pesar del esfuerzo titánico que realizaban, no lograban satisfacer todas las necesidades del hogar.
Faltaba la comida, la ropa, los útiles escolares; en fin, faltaba todo. Pero yo jamás me sentí ni me consideré pobre. Jamás pasó por mi mente ese sentimiento. Nunca le envidié nada a nadie y, hasta hoy, mantengo esa misma lógica.
En la escuela tenía compañeros que vestían buena ropa, vivían en buenas casas y siempre tenían los útiles que se pedían para las clases. Usaban buenos zapatos, abrigadores y de calidad. En fin, eran pudientes, si los mirábamos desde la lógica del resentido.
Pero ellos no tenían lo mismo que yo, y ahí estaba la diferencia: yo abría la puerta de mi casa y aparecía ante mis ojos mi patio, que se extendía más o menos cinco kilómetros hacia el oriente, otros cinco hacia el norte y cinco hacia el sur. Ese patio no lo tenía ninguno de mis compañeros.
¿Qué había en ese patio? Había frutos silvestres en cada estación del año; había ríos con truchas que podía pescar y vegas donde podía sacar camarones en invierno. Mientras tanto, mis amigos de la «ciudad» estaban encerrados en sus casas, en diminutas habitaciones, prácticamente hacinados. Yo, en cambio, podía correr hacia allá o hacia acá, según se me antojara.
Entonces, yo era rico, porque tenía lo que nadie más tenía.
Crecí con la idea de que cada uno obtiene lo que su propio esfuerzo le proporciona. Y en cuanto a los demás, bueno, a cada uno lo suyo; a nadie hay que envidiarle nada.
Por todo aquello que leí y vi en las redes sociales como consecuencia del terrible aluvión que afectó a tantas familias, cuyos integrantes perdieron el fruto de muchos años de trabajo y vieron afectada su vida familiar, no sentí pena por ellos, sino por aquellos que se alegraron y festinaron con esa desgracia. Su actitud solo demostró un resentimiento sin motivo alguno, pues en esta vida es muy fácil que nos golpee un acontecimiento fatal que nos traiga dolor y angustia.
La riqueza y la pobreza no están en los bienes que tenemos, sino en la grandeza de nuestro corazón.

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