Hay historias que la vida misma escribe, con giros inesperados, decisiones que duelen y reencuentros que llegan cuando el tiempo ya ha cambiado todas las reglas del juego. Hoy les comparto un relato de barrio, de esos donde el amor a veces es esquivo, pero la madurez nos enseña a encontrar la paz.
Cuentan que la vida tiene sus propias reglas y que por más que intentemos trazar un rumbo, el destino siempre se encarga de sorprendernos. Esta historia me la contó una gran compañera de trabajo; habla de amores que van y vienen, de segundas oportunidades que llegan tarde y de cómo la soledad a veces se convierte en el mejor refugio.
Ella es una mujer de barrio, luchadora y dispuesta a batallar hasta las últimas consecuencias por su familia, su entorno y todos quienes la rodean.
Tenía una pareja desde hace años con quien tuvo tres hijos que son su razón de vivir. Les ha enseñado a cada uno el verdadero significado y valor de la vida, lo dura que es a veces, pero que cada mañana hay que salir a dar esa batalla para superar las falencias que la misma vida ha traído.
Pero el problema es que hubo un tiempo en que la relación con su pareja no era buena por las peleas constantes debido a los celos de parte del hombre.
No tenía reparos en hacerle escenas de celos donde fuera: en la casa, en la calle, en la plaza, allí donde estuvieran. Pero ella callaba y no decía nada porque quería salvar su relación y hacía todo por evitar esas peleas sin sentido ni razón de ser. Nunca hubo intenciones de su parte de fallar a su compromiso sentimental, porque el amor que sentía por su hombre siempre fue sincero.
Pensaba que la situación iba a mejorar hasta que el hombre le dijo la verdad, que fue un verdadero balde de agua fría arrojado a su corazón.
El hombre había conocido a otra persona, y es por eso que peleaba para que ella se alejara; pero como no sucedió, le confesó la verdad, una verdad que destrozó toda esperanza de solucionar las cosas y recuperar la ilusión de un futuro juntos.
Entre gritos, reproches y recriminaciones mutuas, el hombre tomó un poco de ropa y se marchó de casa.
Lo que quedó de él, ella lo tiró a la basura, un poco para despejar sus nublados pensamientos y analizar qué sería de su futuro, ya que los tres hijos se quedaron con ella.
Pasó el tiempo, un año tal vez. Viniendo de regreso de su trabajo, entabló conversación con un varón en el bus, quien se ofreció gentilmente a pasar a buscarla al día siguiente.
Como ella no tenía con quién conversar, aceptó la propuesta para distraerse de alguna manera y salir de la rutina de trabajo-casa, casa-trabajo que había adoptado desde que se había separado del padre de sus hijos.
El varón era muy gentil y atento; cada vez que la esperaba lo hacía con un ramo de flores y la llevaba a tomar once a algún lugar bonito.
Estuvieron así un par de meses, hasta que el hombre le propuso formalmente establecer una relación sentimental.
A pesar que las heridas no cerraban, aceptó y comenzaron una relación sin que ninguno preguntara al otro cosas del pasado de cada cual.
Pero, como dice el dicho, nada hay oculto bajo el sol, porque su expareja se enteró y comenzó a hostigar a los dos: a ella, diciéndole que la amaba y que había sido un error la separación; y a él, diciéndole que se apartara porque ella lo amaba.
Se vio entonces en una encrucijada porque, si bien habían terminado de mala forma, todavía sentía algo por ese hombre. Se vio en la necesidad de consultar con los hijos, quienes solo le dijeron: «Mamá, tú eres grande y tomas tus propias decisiones».
Así que se despidió de su pretendiente, a quien al momento de recibir la noticia le brotaron lágrimas de los ojos, tanto así que estuvo a punto ella de flaquear y dar marcha atrás en su decisión; pero el mismo varón le dijo: «No, sigue adelante, no te arrepientas», y se marchó.
Se dio un tiempo para ordenar sus ideas y regresó con su pareja; pero la vida no va de acuerdo con los sentimientos y tiene sus propias reglas.
En adelante, las cosas nunca fueron como antes, pues cada vez que había oportunidad el hombre le reprochaba que lo había engañado con otro, y eso trajo incomodidad y constantes peleas entre los dos; justamente lo que ella pensó que no ocurriría.
Pero la vida, como dijimos, tiene sus propias reglas; avanza según sus parámetros y nosotros no podemos determinar el rumbo de los acontecimientos.
Un día, regresando el hombre del trabajo, ocurrió un accidente de tránsito en donde hubo varios fallecidos, entre los que se contaba él. Ella lo tomó... no sabía si era alivio o resignación, pero sí con mucha calma, y quedó sola.
Pasaron como cuatro años cuando tocaron a su puerta y, al abrir, su sorpresa fue enorme porque allí estaba su enamorado, al que ella había rechazado en pos de una falsa ilusión que no funcionó.
El varón aquel también había quedado viudo por esos detalles de la vida que no se comprenden, y una vez completado el duelo vino a buscarla.
Salieron un par de veces, pero ya había pasado el tiempo; se fijó en que no era el mismo y, lo más importante, ella tampoco era la misma de años atrás.
Entonces, al momento de aclarar la situación y poner las cosas en su lugar, definitivamente lo rechazó por segunda vez, quedando sola definitivamente para siempre.
La vida le proporcionó un trabajo estable con un proyecto de gran futuro, olvidándose de aquello que llaman amor, que suele ser esquivo para muchas personas, pero a quienes la soledad les hace ver la vida de forma más apacible y diferente.
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