jueves, 10 de septiembre de 2026

Los Cuentos De Mi Abuela Aída

 Llegar hasta El Porvenir, en las alturas de Butamalal, donde vivía mi abuela Aída, era un acontecimiento de proporciones. Primero, porque ella se alegraba mucho —por lo menos cuando yo llegaba—; lo primero que hacía era darme un tremendo trozo de queso ensartado en un fierrito para que lo derritiera al calor de las brasas, y luego un jarrón de leche de vaca al natural. Cosa más rica no existía en parte alguna.


Por las noches había guitarreo y canciones mientras mi abuela cocinaba una cazuela en una enorme olla de fierro de tres patas,  para ella   no había preocupación alguna por dietas ni cosas semejantes: había que comer mucho.


Por las mañanas, las tortillas de rescoldo recién sacadas de las cenizas y el infaltable jarro de leche de vaca recién ordeñada. Qué delicioso era todo aquello.


Durante el día se hacían los quehaceres normales de una casa de campo: llevar las ovejas hacia allá, ir a ver cómo marchaba la hornilla del carbón, traer un poco de leña de lleuque para otra quema... Y así, rápidamente, pasaba el día sin dar oportunidad al aburrimiento; era una maravilla de vida.


Por la noche, cuando no había guitarreo, se sintonizaba radio Colo-Colo, que llegaba como balazo, fuerte y claro, con su programa  "Afilando la noche en la Colo-Colo", donde las cumbias y rancheras eran reinas.


Pero había otros momentos interesantes también: los cuentos de mi abuela Aída, llenos de misterio y suspenso, con un escenario propicio para asustar a cualquiera que fuera novato en estas lides.


Como no había energía eléctrica, la iluminación de la enorme cocina se hacía con un chonchón a parafina —un tarrito con un tubito y dentro suya una mecha de género que llegaba hasta el fondo—. Al encenderlo, daba una lumbre que no alcanzaba a iluminar todo, así que había dos posibilidades: encender dos chonchones o bien solo uno y avivar la llama del fogón con más leña para que iluminara el resto. De todas maneras, había penumbras.


Mi abuela Aída preparaba su mate, se acercaba a la mesa, arrimaba la tetera previamente hervida, se sentaba en su lugar y, con una voz pausada, comenzaba a hablar:


—Iba un hombre caminando por un sendero. Era un hombre de pueblo, un caballero que parece que había sido invitado a algún lugar del campo.


Hacía una pausa, tomaba la tetera, llenaba de nuevo el mate y le "pegaba dos chupadas". Luego nos miraba con atención y continuaba:


—Este hombre iba vestido de terno que alguna vez fue nuevo; ya no lo era, pero le daba cierta prestancia porque además lucía una corbata desteñida por los lavados frecuentes. También llevaba un morralito donde, además de pan, cargaba un botellón con agua.


Mi abuela Aída hizo otra pausa, se sirvió otro mate y nos recordó que al día siguiente teníamos que llevar los trozos al aserradero porque había que terminar de arreglar el galpón. Luego suspiró un poco, mordió el trozo de tortilla, chupó el mate y nos miró de nuevo antes de seguir el relato:


—Como dije, el hombre llevaba un morralito y se veía cansado de tanto caminar cuando, de pronto, vio tirada en el suelo una varilla de mimbre. La recogió y siguió caminando, y con esa varilla le pegaba al suelo, al pasto o al aire para distraerse un poco.


De pronto... se quedó callada porque los perros comenzaron a aullar afuera; todos aullaban lastimosamente. Nadie salió a mirar qué pasaba y, en la penumbra de la cocina, miramos a la abuela a ver qué decía. Nos miró a todos y solo dijo lentamente:


—Por ahí anda el Mandinga.


Y todos nos quedamos quietos y en silencio.


Los perros dejaron de aullar, la abuela se sirvió otro mate, le dio otro mordisco al pedazo de tortilla, carraspeó unos segundos y continuó con el relato:


—De pronto, el hombre vio en medio del camino una culebra que lentamente iba cruzando la ruta y, rápidamente, con la varilla que llevaba le asestó varios golpes en la cabeza hasta que la reventó. Con la misma varilla arrojó la culebra a la orilla del camino y prosiguió su caminar.


Como a la media tarde, el caminante iba muy agotado cuando vio a la distancia un árbol frondoso que proyectaba mucha sombra, así que apuró sus pasos para descansar allí. El hombre se acomodó a la sombra de aquel árbol y se durmió un largo rato, hasta que de pronto escuchó una voz que le hablaba suavemente: «Caballero... caballero». Entonces se despertó sobresaltado y vio a una joven a su lado. La joven era hermosa, muy hermosa, y estaba vestida con un traje precioso; parecía una princesa, no, mejor una reina. El hombre, un poco aturdido por la situación, pidió disculpas por si había molestado estando allí.


«—No, no —le respondió la joven—, solo quiero pedirle si puedo descansar a su lado, mire que estoy muy cansada porque usted no sabe por lo que he pasado».


Entonces el hombre, muy caballerosamente, le respondió:


«—Por supuesto, no faltaba más, señorita; acomódese a la sombra».


La joven le hizo muchas preguntas que él caballerosamente respondía, hasta que de pronto comenzó a rascarse mucho la cabeza...


Mi abuela agarró la tetera y se sirvió mate, preguntó qué queríamos de almuerzo para el día siguiente y siguió contando:


—La joven se rascaba tanto la cabeza que le pidió al hombre si podía echarle un vistazo entre el cabello, porque tal vez se había "pegado" piojos por ahí. El hombre, tímidamente, comenzó a hurgar entre su cabello, pero se dio cuenta de que en todo el cuero cabelludo tenía cicatrices, muchas cicatrices, tantas que le preguntó a la joven: «¿Pero señorita, quién le hizo esto? ¿Quién le dañó tanto su cabeza?».


La joven lo miró muy seriamente y le contestó: «Usted fue, usted me hizo eso».


«—¿Pero cómo? ¿Cuándo, si jamás la había visto, señorita?».


«—Hace un par de horas, cuando yo iba cruzando el camino y usted me dio de golpes con esa varilla que lleva y luego me arrojó lejos, a la orilla».


El hombre abrió los ojos de asombro y estupor, se puso pálido y comenzó a temblar de temor. Entonces la muchacha se levantó, frunció los labios y emitió un silbido muy agudo, y llegaron miles de culebras que atacaron al hombre y se lo comieron. La muchacha era la Reina y vengaron la afrenta que había sufrido.


Al día siguiente llevamos los trozos al aserradero y regresamos con tablas de 10 pulgadas para hacer arreglos en el galpón que tenía algunas fallas, y por la noche, luego de merendar, nos fuimos a la cama temprano porque al día siguiente había que ensacar el carbón que estaba listo para una entrega a un camión que vendría a buscarlo.


La tarea de ensaque de carbón era un asunto delicado por la contaminación que se producía, ya que el gas tóxico ahogaba, así que teníamos que ponernos alguna toalla en la cara a modo de mascarilla protectora para que no nos afectara las vías respiratorias. De vez en cuando, beber agua mitigaba también aquel efecto dañino para la salud.


Esa noche la abuela nos había preparado un cauceo de papas con carne de cerdo, que era un verdadero manjar, cuando de pronto apareció una garrafa de vino tinto que vino a completar el paisaje en la mesa.


Luego de eso, y conociendo a la abuela, fui hasta el  "canogón" y traje la tetera llena de agua fresca que puse a hervir, busqué el frasco donde estaba la yerba mate para arreglarle una mateada, porque quería escuchar un nuevo cuento.


Curiosamente, afuera comenzó a correr un viento puelche de gran intensidad que hizo que cerráramos la puerta de entrada principal a la cocina, que "miraba" hacia el este, y el sonido de las ramas de los árboles entregaba un escenario propicio para escuchar, cual radioteatro, otro cuento de la abuela.


Ella  terminó la tarea de arreglar el mate trayendo el azúcar, un trozo de tortilla y queso, y se sentó en su lugar mientras nosotros nos acomodábamos en nuestros asientos con cara de suspenso.


—Venía un hombre por Butamalal Bajo en un caballo alazán muy bonito, muy bien aperado, con una montura de esas que llaman vaqueras, no chilena con pellones de lana. Este hombre usaba una vestimenta un poco extraña, como de otro lugar: un sombrero alón, pero no de huaso, de esos que he visto en algunas revistas que han llegado por aquí; una casaca con flecos en el pecho y los brazos... De verdad que se veía extraño el tipo, pero bueno, era su forma de vivir.


—Hijo... —la abuela se dirige hacia mí para pedirme que atize el fuego para que el agua de la tetera no se enfríe, porque no tiene gracia tomar mate con agua helada—. 


Este hombre había estado en los despachos tomando chicha fuerte, así que venía con los sentidos un poco nublados, pero no le preocupaba eso porque el caballo era baqueano por el camino, así que mientras cabalgaba comenzó a dormitar. Entró por el puente La Esperanza y se fue rumbo arriba culebreando por el camino y, cuando había avanzado bastante, en una curva del camino las ganas de orinar lo despertaron, así que detuvo el caballo y, apeándose, se metió bajo un avellano para hacer sus necesidades. De pronto sale corriendo una gallina brillante que primero lo asustó por el imprevisto y le quitó las ganas de orinar, pero reaccionó de inmediato y salió persiguiendo a la gallina por entre los avellanos hasta que la alcanzó arrojándole el chaleco para atraparla.


—Oiga, hijo —me dijo la abuela interrumpiendo el relato—, mañana necesito que se despierte de madrugada y ensille una bestia, que lo voy a mandar donde mi compadre a darle un recado.


—Bien, abuela, lo que usted diga. Deme otro pedazo de queso de ese tan rico que hace usted.


—Usted siempre tan  zalamero, mi chiquillo. Ahí tiene en el fierro que le gusta, aproveche las brasas.


—Ya, abuela, pero siga con la historia.


—La gallina hacía todo el esfuerzo posible por escapar, pero el hombre recordó una antigua leyenda y la llevó al lugar de donde había salido. Allí la gallina escarbó en la tierra y se echó. Entonces el hombre comenzó a escarbar en la tierra porque, según la leyenda, en ese lugar había un tesoro enterrado. Como no tenía herramientas, el trabajo de escarbe lo hizo con las espuelas que llevaba puestas: escarbó y escarbó cuando de pronto como que raspó algo duro. Siguió escarbando hasta que tuvo a la vista un cofre metálico de mediano tamaño, el que logró sacar a la superficie. La gallina hacía un sonido lastimero, como un sollozo, al ver lo que hacía el hombre.


Cuando tuvo el cofre en la superficie, se fijó en que tenía un candado que no podría abrir de manera normal, pero el hombre sacó un revólver de entre sus ropas y de un tiro abrió el candado. En ese instante, la gallina brillante desapareció y, cuando levantó la tapa del cofre, casi se desmaya de la impresión por la cantidad de joyas que había dentro de él. El hombre se sentó a pensar con el cofre entre sus piernas y lo miraba y lo miraba sin poder creer lo que sus ojos veían, porque se habían terminado todos sus problemas. Según cuenta la gente, el hombre compró un enorme fundo, compró cientos de animales y contrató un par de docenas de peones, amén de varias mujeres para trabajar en la enorme puebla que construyó para vivir. También dicen que vivió muchos años rodeado de riquezas y abundancia.


Estar en casa de la abuela Aída era nunca estar desocupado, no había lugar para el ocio; siempre había algún trabajo que realizar, pero eso es lo que hacía atractivo estar allí.


Vino el camión a buscar el carbón, así que lo cargamos con cien sacos que se habían acumulado. No tengo idea para dónde lo llevarían. En realidad eso no me importaba, no era mi cuento; el mío era pasarlo bien disfrutando cada momento que estuviera en el lugar.


Al día siguiente, armados con unos rozones grandes y chicos, y también unas hachas, nos fuimos a despejar un terreno para dejarlo en condiciones de poder sembrar un poco de trigo, porque la harina cruda iba a escasear, así que había que prepararse. Con los rozones cortamos la maleza gruesa y también pudimos destroncar un poco para hacer más fáciles las pasadas del arado cuando se hiciera ese trabajo, fecha para la cual yo no estaría allí.


Por la tarde llegaron unos vecinos con una pelota de fútbol y una "pelota" (garrafa) de chicha a entretenerse un poco, así que improvisamos los arcos con unas varas; los que hicieron de líderes seleccionaron los jugadores y ¡a la cancha se ha dicho!


Al final estaba tan oscuro que la pelota no se veía, pero el partido continuaba con entusiasmo, tanto entusiasmo que cuando el score iba 15-14 llegó la frase famosa en estas situaciones: «el último gol gana». Luego del gol definitorio, unos apretones de manos, otros abrazos y todos para la casa contentos y alegres, prometiendo un encuentro más temprano el próximo domingo.


Llegando a casa de la abuela, había que pasar por el canogón, que traía el agua desde una vertiente cercana, a echarse una buena lavada (y el más valiente, porque el agua era fría, fría, fría, se bañaba). Luego de eso, agarrar un palo de leña y entrar con él sobre el hombro como un trofeo donde la abuela estaba esperando para servir la merienda.


Mientras se merendaba, llegaban las preguntas inquisidoras de la abuela: «¿Hicieron esto? ¿Hicieron esto otro?». Y al final, la sentencia para el futuro: «Mañana hay que hacer...».


Luego venía el silencio natural que era roto por la voz de la abuela: «Echen más leña para que no se apague el fuego», mientras preparaba el mate, la tortilla y el queso. En ese momento acercábamos una silla a la mesa, en donde cada uno iba a colocar los codos porque venía un cuento de esos de la abuela.


—Según cuenta la gente, había un hombre pobre, muy pobre, que ya no sabía qué hacer con su pobreza y su vida: pedía limosna, buscaba comida en los tarros de basura, se vestía con andrajos y estaba en un estado de abandono absoluto. Decía no tener familia porque hacía mucho tiempo que se había alejado de todos. La gente, al verlo, muchos se alejaban porque decían que les podía contagiar alguna enfermedad o su propia miseria.


Interrumpiendo el relato, la abuela gritó:


—¡Alguien que vaya a buscar agua, que ya no hay en los baldes!


—Una noche, en estado de desesperación, el hombre gritó: «¡Si tengo que hacer un pacto con el diablo para salir de esta miseria, soy capaz de entregarle mi alma!». Los días pasaron sin que la situación del hombre cambiara hasta que una noche, al llegar a los cartones donde "vivía", encontró que había un hombre extraño, de mirada fuerte y penetrante. Sus dientes brillaban y en los dedos de sus manos se veían unos anillos que parecían tener fuego de tanto que brillaban; parecía que eran de oro. Al hablar, se sintió como un rugido aterrador que hizo que el hombre se encogiera de miedo...


—Abuela —le dije—, déjeme encender otro chonchón porque me estoy asustando.


—Bueno, chiquillo miedoso, y de pasada eche más leña al fogón. Como dije —continuó la abuela—, al hombre le entró el temor cuando el personaje le habló, pero se controló y le puso atención.


«—Amigo, usted dijo que le gustaría hacer un negocio conmigo —le dijo el hombre.


«—A usted no lo conozco, amigo, ¿cómo podría haberle dicho alguna cosa?


«—Amigo, usted sabe quién soy; no se lo voy a repetir, pero le doy la oportunidad de salir de esta situación y tener riquezas a manos llenas, poder y gloria mientras viva, porque todas las riquezas terrenales son mías y puedo compartirlas con quien me dé la gana si están dispuestos a darme solo una pequeña cosa.


«—¿Qué cosa sería?


«—Su alma... solo eso».


Yo tenía los codos afirmados en la mesa y con las manos me sujetaba el mentón mientras los nervios me recorrían todo el cuerpo de solo imaginar vivir una escena de esa naturaleza y salir vivo.


Los sonidos del mate que indicaban que se había terminado el agua fueron un alivio para la tensión creada por el relato de la abuela. Un par de perros entraron a la cocina y se arrinconaron junto al fogón, en un acto que parecía esconder el miedo que el cuento causaba.


—El Mandinga sacó una hoja de entre sus ropas —continuó la abuela— y se la mostró al hombre diciendo: «Una firma con tu sangre aquí y mañana sales de tu miseria y tendrás 50 años para disfrutar tu riqueza». El hombre suspiró fuerte y extendido, tomó la pluma que el diablo le pasaba, con la punta se perforó uno de sus dedos untándola con sangre y procedió a poner su firma en el pergamino que tenía ante sus ojos. El diablo lo enrolló, lo metió entre sus ropajes y le dijo: «Exactamente a contar de hoy, en 50 años vendré por tu alma», y se perdió en la noche dejando un fuerte olor a azufre rodeando al hombre.


El pobre hombre se durmió sin saber si lo que había vivido era verdad o mentira, hasta que despertó y se dio cuenta de que vivía en una mansión con muchas personas a su servicio y tenía muchas propiedades y riquezas que no alcanzaba a contar. 


Hijo, alcánceme el tarro con azúcar, por favor, para echar al azucarero, y tráigame otro pedazo de tortilla de ese canasto. Mañana vamos a matar un chancho para hacer un asado y usted lleve unas longanizas a su mamá; también va a llevarse un saco de papas, que son siempre bienvenidas en una casa.


—Abuela, siga la historia.


—Bueno, pasaron los 50 años y recién el hombre se preocupó de que tenía que entregar su alma al diablo por todas las riquezas que había disfrutado y que parecían no terminar nunca. Pero el hombre ahora no quería cumplir su parte del trato, así que andaba buscando la manera de evitar que se lo llevara. Una viejita le dijo que tenía que ser velado vivo y el velador tenía que soportar la presencia del Mandinga para que quedara sin efecto. El hombre ofreció una inmensa cantidad de dinero para que alguien lo velara vivo y poder zafarse del pacto y, cuando llegó una persona que se atrevía con eso, se hicieron los preparativos para su velorio. En primer lugar, nadie debía estar cerca: el hombre dentro del cajón y el velador con un rosario y una Biblia para soportar la presencia del diablo.


Si el velador soportaba todas las pruebas de Satanás hasta los primeros rayos del sol, estaba salvado. 


Pero con estas cosas no se juega, hijos,  hay fuerzas que no conocemos y a las que no hay que provocar, porque serían como las 4 de la madrugada cuando el velador comenzó a flaquear y al final le dio tanto miedo que tiró el rosario y se puso a llorar de miedo, así que al final, en una especie de ganancia extra, el diablo se los llevó a los dos.


Pasaron un par de días cuando tuve que hacer los preparativos para regresar a mi casa; mi abuela me acompañó en las trancas a esperar el camión de "El Gitano" y nos vinimos cerro abajo, hasta otra oportunidad   que  la visitaría  para divertirme y escuchar esos relatos tan maravillosos del campo chileno.





 




martes, 8 de septiembre de 2026

La Lavadora Automática

Recién casados con mi esposa, nos fuimos a vivir a un lugar donde la Sra. Luisa  que nos arrendó tenía una especie de departamento de dos piezas grandes, las cuales cumplían satisfactoriamente nuestras necesidades.


Dentro de la infraestructura había unos lavaderos organizados con todo lo necesario para que las señoras lavaran la ropa o la loza, según sus requerimientos. Era un buen lugar; nuestra primera hija nació allí.


Luego de un tiempo nos mudamos a otro sitio y, para lavar la ropa, hice las gestiones y me conseguí una artesa (batea), la que instalé en una estructura de madera bajo la sombra. Hasta allí llevé un arranque de agua potable para cumplir cabalmente el propósito.


No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta que mi esposa me hizo ver que le dolían las muñecas por el trabajo de enjuagar la ropa que lavaba, y sutilmente me sugirió:

—¿No podrías comprar una lavadora de esas redondas?


Obviamente la compré, porque lo único que yo quería era que ella se sintiera bien, que el trabajo físico disminuyera y que pudiera dedicar más tiempo al cuidado de la niña.


Como a la semana me preguntó:

—¿No podrías comprar una centrífuga?


Sinceramente, yo no tenía idea de qué era una centrífuga. Mi esposa me explicó que era una «cosita» así, redonda, que presecaba la ropa.


También la compré. ¡Una maravilla de máquina!


Al tiempo, ya con dos hijos y por necesidades de ampliación, nos mudamos a una casa más grande y con mayor infraestructura habitacional.


Estábamos bien, hasta que me hizo otra pregunta:

—¿No podríamos comprar una lavadora automática?


Ahí la cuestión me quedó como poncho: ni idea que era una lavadora automática.

—y ¿cuáles son los beneficios? —le pregunté.


Bueno, cuando me los explicó, y atendiendo a la situación, a los méritos de la máquina y al deseo de vivir mejor, me di a la tarea de comprar una lavadora automática.


Una vez instalada por mí mismo —luego de haber leído el manual de instrucciones en su totalidad—, me percaté de que el tiempo total del proceso de lavado era de 45 minutos. 

Como nunca había visto una máquina de ese tipo, me  instalé a  observar todo el proceso. Es decir, estuve los 45 minutos mirando cómo lavaba, botaba el agua, se llenaba de nuevo y enjuagaba, para luego centrifugar; y ahí estaba yo, mirando esa maravilla de la tecnología. Durante varios días observé todo el proceso que duraba 45 minutos.


Mientras la lavadora hacía su trabajo, recordaba a mi madre escobillar grandes cantidades de ropa ajena a la sombra de los mimbres, hiciera frío o calor; y, de verdad, debo confesar que me dio pudor. 


Pero me consolé al pensar que la vida y las condiciones deben ir mejorando para el bien de las personas.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

La Paloma Mensajera

Nació de un huevito esmeralda y hermoso, trayendo consigo todas las esperanzas de sus padres, quienes la acunaron en un nidito hecho de hojas y varillas de mimbre de fragantes olores, y de pasto suave como el algodón para que durmiera plácidamente sus días de crecimiento.

El padre picaba y molía las semillas en medio de piedrecillas para que pudiera digerirlas, se alimentara y creciera fuerte y sana como una paloma mensajera.
Así fue creciendo al amparo y los cuidado de sus padres, quienes no escatimaron esfuerzos en su protección, porque ella, la "palomita mensajera", había venido a colmar de felicidad un nido antes vacío y sin color. Y ya estaba aquí quien cambiaría la vida de ambos para siempre.
Sus alas se fueron robusteciendo con cada grano que su padre molía entre las piedras. Su madre acomodaba y limpiaba el nidito, agregando sus propias plumas y un pasto suave y tibio para que las noches fueran plácidas y los sueños reparadores.
Comenzó también a enseñarle a mover las alas para que pudiera volar y elevarse por los aires, hasta alcanzar el cielo.
La actividad diaria de la madre era exclusivamente para proteger a su "palomita mensajera" nacida de un huevito lleno de ilusiones que marcarían la vida de la familia para siempre; no existía otro propósito en aquel hogar donde la vida continuaba y se abría paso hacia la eternidad.
La palomita volaba por los aires y regresaba a su refugio mientras sus padres envejecían, pero, de la misma forma que ayer, su preocupación de hoy seguía siendo la misma por su «palomita mensajera».
De pronto, en un vuelo, regresó junto a un palomo con el cual se marchó, dejando aquel nidito abrigado junto a la pena de su madre.
Los regresos visitantes se hicieron cada vez más distantes, hasta que al final solo quedó el espacio, dando lugar al vacío de un nido que nunca volverá a cobijar a la "paloma mensajera".

El Pasaje De La Micro

 Estaba viendo hace un momento un aviso en una página de Facebook que decía que en Domingo Santa María con Nicanor Fajardo, en Renca, estaban fiscalizando los pases Bip y multando a los evasores.

Había varios comentarios al respecto: que los que no pagaban estaban sin trabajo, que son pobres, que tenían este o aquel problema... y, al final, los evasores del pago del pasaje en la locomoción son "pobres víctimas" del sistema.
A mediados del año 1981 —una época difícil en Chile, política y económicamente— estaba sin trabajo, pero tenía la esperanza de encontrar a mi amigo, el maestro de cocina Juan Uribe, con quien había trabajado como ayudante en Recoleta con Zapadores, para que me tendiera una mano.
El problema era que no sabía exactamente dónde vivía, así que, por las referencias, me encaminé hacia el sector del paradero 18 de Gran Avenida, a una distancia de más de 15 kilómetros.
Como no tenía dinero para el pasaje de la locomoción, tuve que hacer el viaje a pie y recorrer un gran sector caminando y mirando a mi alrededor "por si acaso lo encontraba".
El problema no era ir, pues uno va con la esperanza de lograr el objetivo. El verdadero problema era el regreso: al no lograrlo, la vuelta era con un desánimo total. El viaje de ida y vuelta caminando duraba cerca de 7 horas.
Hice el viaje dos veces en vano, hasta que en el tercero vi a mi amigo saliendo de un restaurante a comprar cigarrillos en un almacén colindante. Nos saludamos; me miró y me dijo:
—Estás sin pega.
—Por eso te busco —le contesté.
—Ok, ya encontraste pega; mañana te vas conmigo de ayudante adelantado donde estoy trabajando.
Nos tomamos dos cervezas, me pasó 50 pesos, me subí a la micro y regresé a Renca.
Tiempo después estaba trabajando cerca de la Alameda como DJ en un nightclub que cerraba a las 03:00 de la madrugada. En ocasiones, el vehículo que me llevaba a casa no llegaba, así que me iba caminando: tomaba la calle Bandera, cruzaba Mapocho, doblaba hacia el norte en la esquina de Independencia hasta llegar a la Panamericana a la altura de Vivaceta, caminaba por la caletera hasta Domingo Santa María y avanzaba hasta la Plaza de Renca, cerca de donde yo vivía. Jamás tuve problemas ni vi nada extraño.
Tampoco hubo una queja de mi parte por no tener dinero para la locomoción; si no lo tenía, simplemente caminaba o no salía.
Por todo eso, hoy me disgustan esas excusas: "es que la plata no alcanza", "es que soy pobre", "es que soy adulto mayor". La plata nunca ha alcanzado, siempre es poca; lo que sucede es que hoy se ha perdido la vergüenza y nadie quiere hacerse cargo de sus deberes.
El pasaje hay que pagarlo porque esto es un negocio como cualquier otro, no una beneficencia.
La gente olvidó que cuando subían por la puerta trasera se mandaba el billete mano por mano y regresaba el vuelto y el boleto de la misma forma.
La gente olvidó que en el sistema antiguo había que pagar por cada trasbordo que se hiciera; en cambio, hoy se tienen dos trasbordos por el mismo precio o dos horas para ir a hacer una diligencia y volver sin costo adicional. La tarifa debería estar, por lo menos, en $1.500 pesos.
Hubo un tiempo en que el pasaje valía lo mismo que una bebida energética: $700 pesos; hoy la bebida cuesta $1.600 y el pasaje $790. A los adultos mayores se nos otorga una tarjeta preferencial con rebaja y pagamos $390, el mismo precio que tenía la locomoción hace más de 30 años, y aun así reclaman.
La gente nunca está conforme, es como un saco roto que no se llena nunca. Evadir, evadir, no pagar, no pagar... Y eso quiebra hasta los almacenes de barrio, porque creen que el capital sale como hojas de los árboles.
Ah, yo también tengo mi tarjeta Bip de adulto mayor y pago mi pasaje, aunque trabaje en el sistema.

lunes, 17 de agosto de 2026

Los pajaritos del yogurt

Esto de las comidas es un tema muy complicado cuando no se conocen las costumbres ni los nombres en un lugar donde se llega por primera vez.

Luego del chascarro de los porotos con tallarines y su infinidad de nombres que tenía en Santiago, comencé a tener más cuidado al momento de pedir algo para servirme en cualquier lugar donde estuviera.

Como llegué a Santiago en el mes de febrero y, seguramente por el cambio de ambiente, encontraba que hacía demasiada calor, mucha calor, tanto que me asfixiaba y transpiraba mucho.

Entonces, un día que iba caminando por el Paseo Ahumada, me percaté de que había instalados en algunos lugares unos dispensadores de helados, los que eran atendidos por unos jóvenes.

Conté las pocas monedas que me quedaban en mis bolsillos y me puse en una fila para pedir un barquillo y refrescarme un poco.

A medida que avanzaba la fila, escuchaba lo siguiente entre el muchacho que atendía y el cliente:

—¿Qué va a querer?

—Lúcuma —decía uno.

Otro decía:

—Aliado con crema.

Otro:

—Plátano con chocolate.

—Aliado con crema —decía otro.

Otro decía:

—Vainilla con chocolate.

Otro:

—Vainilla con crema.

Y así me di cuenta de que lo que más pedían era crema.

Entonces, cuando tocó mi turno, imposté la mejor voz y, cuando el muchacho me preguntó qué sabor quería, contesté:

—¡De crema!

El tipo me quedó mirando fijo y repitió:

—¿De crema?

—¡Siii! —contesté—. Póngale no más, que me gusta de pura crema.

El muchacho llenó un barquillo con una tremenda cantidad de crema y me lo entregó mirándome a los ojos. Fue en ese momento cuando algo despertó en mí y me di cuenta de que la había fregado.

Me alejé de allí sintiendo la mirada del muchacho en mis espaldas. Me escondí en un kiosco de diarios y probé mi “helado”, y ahí mismo lo tiré en un basurero. Luego me alejé medio escondido y avergonzado.

Pero bueno, son cosas que pasan cuando uno no sabe.

Pasaron algunas semanas hasta que encontré trabajo en Avenida Las Condes 11.931, de copero en el Drive Inn “Semáforo”, y allí tuve que aprender varias cosas, supervisado por mi compañero Juan Gustavo Parra Aguilera, originario de Chillán Viejo, que llevaba un año trabajando en el lugar.

Un día me dijo que lo acompañara para que supiera dónde había que ir a comprar el pan todos los días, a eso de las 4 de la tarde.

Caminamos por Avenida Las Condes hasta cruzar San Francisco, en donde había una especie de bodega que pretenciosamente se llamaba “Supermercado San Francisco”.

Nos instalamos en el mesón y mi compañero, de pronto, me pregunta:

—¿Quieres un yogurt?

Yo, que jamás en mi vida había consumido yogurt, le dije que sí.

Entonces me hizo otra pregunta:

—¿Qué sabor quieres?

—¿De qué hay? —le pregunté.

Él miró hacia un lugar, sin que yo supiera qué estaba mirando, y me dice:

—Hay de durazno, de frutilla, de vainilla.

Entonces, dándome de gran conocedor, le dije:

—De durazno.

Pidió dos y le pasaron unos frasquitos con una tapa de aluminio que yo nunca había visto. Quedé con mi frasquito en la mano, mirando qué hacía mi amigo para hacerlo yo también.

El resultado fue que me gustó mucho el yogurt, tanto que todos los días compraba dos y entraba a la cocina a dejar el pan tomando yogurt.

Hasta que un día la maestra de cocina, señora Violeta Armijo, me hizo el siguiente comentario:

—Me he fijado que le gusta mucho el yogurt, Francisco.

—Sí —le contesté—. Es muy rico.

—¿Por qué no se hace el yogurt usted mismo?

Ahí me quedó como poncho la cuestión. ¿Cómo iba a hacer el yogurt si recién lo había conocido?

Le pregunté:

—¿Cómo lo hago?

—Con pajaritos —contestó ella.

Cada vez la cosa se estaba poniendo más complicada.

—¿Con pajaritos? ¿Y de dónde saco pajaritos para hacer yogurt, señora Violeta?

—Mire, Francisco; mañana, cuando vaya a buscar el pan, compre una leche de litro y yo le voy a traer pajaritos.

En la noche casi no dormí pensando cómo iba a hacer para tener los pajaritos. Seguramente iba a tener que hacer una jaulita para tenerlos ahí, cosa de que no se fueran volando.

También pensaba cómo los pajaritos hacían el yogurt. Seguramente con las patitas, pensaba. Pisarán la leche como se pisan las uvas para hacer el vino; eso debe ser. Seguramente después voy a tener que lavarles las patitas y ponerlos en su jaula.

Eso pensaba yo.

Al otro día fui a buscar el pan y compré un litro de leche, que entregué a la señora Violeta en la cocina. Ella sacó un envoltorio de nylon y me lo pasó.

—¿Y esto? —le pregunté.

—Los pajaritos...

No sé la cara que puse, pero yo no entendía nada de nada.

Me quedó mirando la señora Violeta y me dijo:

—Tráigame un bol. Yo lo haré.

Le pasé el bol, donde vació la leche. Luego abrió el envoltorio que trajo y había unas “pelotitas” blancas, como cabritas de maíz, que yo miraba sin saber qué hacer; es decir, no entendía nada.

Ella vació “los pajaritos” en la leche y me dijo:

—Listo, mañana tendrá yogurt casero.

Me gustó mucho más este tipo de yogurt porque, además, le echaba saborizante a gusto.

Eso sí que no tuve que hacer una jaula para los pajaritos, porque no fue necesario.

viernes, 7 de agosto de 2026

Cosas que le pasan a un provinciano cuando llega a Santiago.


Entonces me dediqué a pasear por las calles de Santiago pensando como sería la comida acá.

Como soy despierto díjeme a mi mismo: tengo que comer algo que nunca haya comido, algo que sea diferente, algo rico.

Entonces comencé a mirar las ofertas que tenían los restaurantes y me fijé en una oferta en especial, el letrero decía: Colación $ 5 (cinco pesos); esto debe ser rico, pensé y además era algo que no conocía.

Entré al restaurante y tímidamente me ubiqué en una mesa hasta que vino el garzón y preguntó: "¿que se va a servir?" y como que era un gran conocedor le dije: COLACIÓN.

El garzón regresó como en 5 minutos con un tremendo plato de porotos con tallarines que mientras me iba sirviendo pensé: aquí se le llama colación a los porotos con tallarines.

Pero como yo no quería pasar por "huaso" (así le dicen acá a la gente del sur) miré a mi izquierda donde estaba un señor y entonces pensé:"voy a pedir lo que pida ese caballero"

Cuando vino el garzón y le pregunta que deseaba el caballero dijo: REPETICIÓN-- Aaah pensé yo, ese plato debe ser bueno, así que cuando me preguntó que quería también dije: REPETICIÓN y el garzón me trajo ¡otro plato de porotos con tallarines!

Parece que la embarré pensé; pero no me la van a ganar porque yo soy el mas vivo de la familia.

Entonces miré a la derecha donde había una señora que cuando el garzón le preguntó si deseaba algo mas ella dijo: LO MISMO, y lo mismo que pedí y el garzón me trajo ¡otro plato de porotos con tallarines!

Comencé a enojarme porque le cambiaban el nombre a los porotos con tallarines pero no me desanimé y miré hacia otra mesa donde había dos amigos que cuando el garzón les hizo la pregunta respondieron: IGUAL , así que yo pedí " igual" y el brevas me trajo otro plato de porotos con tallarines. Ahí ya no quería mas guerra pero ni iba a retirarme sin triunfar.

Como último recurso miré hacia otra mesa donde dos caballeros estaban terminando de comer, vino el garzón y preguntó si deseaban algo más; si, dijo uno; tráiganos un ajedrez: Ajá, dije yo, por fin y entonces el garzón vino y me preguntó si deseaba algo mas: por supuesto le dije, traígame un ajedrez; y entonces el garzón me quedó mirando y me preguntó: pero... y ¿solo? ...no, hombre, traígalo con papitas y ensalá´ chilena.

Después de ese día aprendí que en Santiago los porotos con tallarines tenían más nombres que un delincuente. 

martes, 21 de julio de 2026

La carabina de don Ambrosio

En cierta oportunidad don Milo Burgos, un señor que vivía en el sector de Quelén-Quelén en Cañete le dijo a mi papá que un león estaba atacando sus ovejas.

Mi papá con esa facilidad que tenía de tratar de ayudar a las personas fuere quién fuere y sabiendo que don Segundo Concha tenía una escopeta se la pidió prestada para llevársela a este señor y tratara de solucionar el problema que tenía.
No tengo noción del tiempo que este señor mantuvo en su poder la escopeta hasta que una tarde mi papá llegó con ella de regreso a casa.
Al otro día como a las 9 de la mañana me mandó que fuera a dejarla donde don Segundo Concha, su dueño que vivía como a 300 metros de distancia; yo tenía como 12 años.
Que me dijeron, fanático de las novelas y películas de pistoleros que solo tenía para jugar una pistola hecha de madera y se me presentó la oportunidad de tener un rifle de verdad así que me lo eché al hombro y ocultándome de mi papá me fui a jugar con la escopeta a los campos.
Recorrí todos los alrededores del río Caillín capturando fugitivos imaginarios y disparando con "mi escopeta" que, afortunadamente no tenía cartuchos.
Como a las 6 de la tarde llegué donde don Segundo Concha a entregar la escopeta y cuando llegué a casa mi papá pensó que me había quedado a jugar con los demás muchachos que había allí; nada más lejos de la realidad.
Años después siendo adulto me puse a pensar en el acontecimiento y al darme cuenta de la tontera que había hecho me dije: menos mal que no me encontré con nadie mañoso o con los Carabineros porque me la habrían quitado y mi papá se habría visto metido

en un tremendo lío.
"¡Qué tontera hice... menos mal que no pasó nada!"
Cosas que pasan.