Raquel salió de su casa como siempre lo ha hecho desde hace años una vez a la semana, le gusta ver desde temprano como aquel céntrico paseo peatonal poco a poco va llenándose de gente, primero pasó por su lugar favorito a tomar un café con tostadas como es su costumbre.
Le gusta mirar las vitrinas del comercio que despierta de su letargo y va cobrando vida, mira las ofertas y se imagina luciendo aquellos trajes de moda.
Raquel es una mujer elegante, de bellísimos ojos verdes, cabello negro, tez morena, de aproximadamente un metro y setenta y cinco de altura que la hace sobresalir entre las demás personas y que a pesar de la edad conserva su desplante; ¿la edad?...digamos que es mayor, vive sola con sus gatos; todos sus hijos están repartidos por el mundo cada cual haciendo su vida y escribiendo su propia historia.
A Raquel le gusta sentarse en algún banco de aquel céntrico paseo y al tiempo que ve pasar la gente viviendo sus propios mundos, ella divaga y se da cuenta que ya es el atardecer de su vida.
Ese día, como siempre salió del lugar aquel después de servirse su acostumbrado café y de pronto se dió cuenta que había mucha gente alrededor, pero eso le gusta a ella, algunas parejas iban de la mano y Raquel las contempla quizás añorando el pasado; quién sabe.
Quedóse un momento a mirar la cartelera de un cine que exhibía una película romántica, de esas que a ella le gustan; hizo el ademán de entrar allí pero se arrepintió inmediatamente quizás porque era muy temprano y talvez estaría sol.
Siguió caminando un poco más y se detuvo frente a una vitrina que exhibía libros de literatura universal que le apasionaba, hizo algunas consultas con el empleado del lugar y continuó lentamente por la acera esquivando a las personas que caminaban rápidamente en sentido contrario.
De pronto quedó clavada en el pavimento de la calzada mirando asombrada una figura varonil que caminaba entre el gentío; su primera reacción fue de asombro, incredulidad, luego de alegría y ternura.
Él era un hombre alto, elegantemente vestido con un pantalón blanco crema delicadamente planchado con unos mocasines que combinaban con el pantalón y hacían ver que conservaba la agilidad juvenil aún a pesar de los años; su camisa era de color también crema abierta hasta el cuarto botón que dejaba asomarse el vello pectoral y que era una mezcla de negro y blanco; su cabello ya era blanco como la nieve y en su mano derecha un elegante bastón color marrón.
La respiración de Raquel comenzó a acelerarse y su corazón parecía que iba a estallar y al momento de gritar su nombre solo emitió un leve susurro : ¡Alonso! el que fue tan débil y emocionado que unas personas tuvieron que llamar la atención del caballero.
Raquel corrió hasta él y la cara de asombro que puso el hombre fue tan impactante que solo dijo suavemente: ¿Raquel? No puedo creerlo, niña.
Se tomaron de la mano y se contemplaron en silencio unos instantes, se sentaron en el banco favorito de Raquel y recordaron momentos de juventud.
¿Dónde estabas, bala perdida; tanto tiempo escondido? preguntó ella.
--Por ahí, contestó él; viviendo algunas heridas.
Donde hay amor, hay siempre desengaños; replicó Raquel sonriendo.
Luego de conversar como una hora y antes de decirse adiós, Raquel invitó a Alonso a tomar un café porque tal vez pasarían otros 40 años antes de encontrarse; tal vez.
Tal vez; solo la vida y el tiempo lo dirán .









