
La primera vez que vi a mi tío Joaquín Fernández Opazo fue a finales de 1961 cuando llegó a caballo una mañana desde su casa en El Porvenir- Cayucupil; a él le gustaba cuando viajaba “al pueblo” como decía, hacerlo a caballo.
Mi tío Joaquín Fernández Opazo era casado con mi abuela-tía Aída Olave Olave.
Mi mamá puso a hervir la tetera y preparó el mate para tomar desayuno, mi tío Joaquín desde el morral del “manchi” sacó queso y huevos duros que traía y descascaró uno que le pasó a mi hermanito Humbertito que mi mamá lo había instalado en la “alfombra voladora” como yo la nombraba y que no era mas que un saco papero extendido en el suelo.
Yo tenía un poco mas de 4 años en ese momento.
Mi tío Joaquín ató el caballo en la loma para que no se fuera muy lejos y se marchó caminando hasta Cañete.
Con la curiosidad normal de un niño me acerqué al caballo y este dio un tirón al lazo de cuero cortándolo y galopó por la loma hacia el oriente y se perdió bajo unos eucaliptus existentes mas allá.
Dos años después cuando comencé a viajar hasta El Porvenir con mi papá y fui conociendo a mi familia Fernández-Olave me acostumbré a su forma cariño y regocijo cuando me veían llegar.
Las atenciones de mi abuela Aída Olave Olave no tienen parangón con nada en ninguna parte; ella se preocupaba que comiera como si el mundo fuera a acabarse.
Los niños Fernández-Olave tenían la curiosidad que para mí solamente la mayor, es decir Rosa Fernández Olave era mi tía, los demás eran mis primos; estaba Juan, Celestino, Artemio con quién hacíamos los desórdenes inimaginables que sacaban “canas verdes” a mi abuela, pero igual llegando la tarde me pasaba un enorme pedazo de queso clavado en un fierrito para que lo derritiera en el fogón y lo comiera.
Luego estaba Eliecer Don Chelo; después Olegario y finalmente Clorinda del Carmen.
En el verano llegaba por la casa Juan o Celestino una o dos veces con una carretada de 40 sacos de carbón que íbamos a vender generalmente a la Población Vergara (Sargento Aguayo) para luego comprar la pulpería que había encargado mi abuela y al final nos íbamos a la fuente de soda de Don Julio Vidal en calle Esmeralda a tomar bebidas. Generalmente me iba con ellos “pa´l campo” y luego de dos semanas me venía de regreso.
Lo pasaba bien con ellos, viví momentos inolvidables.
Una tarde de 1964-65 no recuerdo la fecha en una esquina me encontré con la señora “Autina” (nunca supe exactamente como era su nombre) que con su esposo don Manuel Sierra eran compadres con mi abuela y mi tío y me dijo textual: Pancho, avísale a tu papá que murió tu tío Joaquín anoche en Cayucupil.
Mi papá que nunca le tuvo aprecio a la señora “Autina” soltó un rosario de improperios en su contra diciendo que eso era mentira porque el y mi tío Joaquín habían estado conversando el día anterior.
Como dos años antes mi tío Joaquín le había vendido a mi papá una guitarra que había hecho de madera de avellano y a mi papá le gustaba mucho el sonido que tenía.
Estaba llegando la noche cuando mi papá me dijo que le trajera la guitarra para entonar un par de canciones y luego de un rato la dejó afirmada en una silla mientras iba a hacer algo; apenas la soltó el puente de la guitarra se despegó de su sitio con un tremendo estruendo y mi papá se puso pálido y comenzando a temblar dijo: es verdad, es verdad, murió Joaquín, el hizo la guitarra.
¿Cómo fue aquello? Por mi edad nunca supe los detalles pero lo que escuché fue que iba de regreso a su casa y como se le hizo de noche pasó a un lugar donde había venta de vino y de pronto supieron que salió al baño y nadie sabe como cayó al río Cayucupil que venía caudaloso por efecto de las lluvias.
Lo trágico fue que no podían encontrarlo justamente por el caudal del río; dijeron que vinieron unos hombres ranas de la Armada desde Talcahuano hasta que por fin lo encontraron luego varios días de búsqueda.
En su velatorio conocí a mi tía Jovina Olave Olave casada con un hermano de mi tío Joaquín, así que en la actualidad existen dos familias Fernández- Olave.
Fue sepultado en el cementerio de Cañete.
Un recuerdo con Celestino (Tino)
Por el verano del año 1972 estando en Cañete, Tino me dijo que estaba invitado a un cumpleaños de un vecino así que me “contrató” para que fuera a tocar la guitarra en esa fiesta. La oferta era de la siguiente manera; el llegaría buscarme y pagaría la micro que en ese tiempo llegaba hasta frente al portón de entrada al fundo de los Acuña; ahora según he sabido llega pasado Butamalal bajo.
El día acordado llegó Tino al mediodía y nos fuimos en la micro de las 4 de la tarde arribando ya bien avanzada la noche a la casa de mi abuela Aída.
No había nadie en la cocina; solo el fogón y su resplandor y un par de perros en su orilla.
Tino caminó hasta el dormitorio y mi abuela que estaba acostada le dijo que todos se habían ido a la fiesta.
Tino se fue adelante por un sendero oscuro y en algunas partes nos dábamos la mano, nos abrazábamos y nos deseábamos “feliz cumpleaños” para llegar preparados a la fiesta.
Una vez que llegamos al lugar ninguno de los dos recordó lo ensayado porque había mucha gente afuera y dentro de la casa; los de afuera tenían fogones, mesas y botellas de chicha de manzana, y los que estaban dentro de la casa estaban bailando al ritmo de guarachas campesinas y cuecas.
A mi me pasaron a una mesa y me sirvieron un platón con carne y un jarro con vino tinto.
Luego de eso Temo me trajo una guitarra campesina que sonaba como una lira celestial; la pulsé un poco, luego la afiné a mi gusto y me largué con una guaracha.
Que buena estuvo la fiesta.
Tal como acordamos Tino vino a dejarme a la casa.
En el 21 enero de 1977 mi papá me mandó a la casa de mi abuela Aída a decirle a mi mamá que ya era tiempo que regresara porque hacía algunas semanas que estaba allá.
Cuando llegué Temo se alegró mucho porque se le ocurrió que los acompañara a Huilquehue ya que estaban invitados a un partido de fútbol; primero le dije que no, pero al fin accedí de acompañarlos.
El sábado 22 de enero de 1977 por la mañana nos reunimos en las afueras de la Escuela Las Tres Marías y casi en el mismo lugar entramos por un sendero montaña abajo “por entre piedras y cerros”, avellanos, ulmos, tepas y boldos con esos olores que nunca he olvidado.
Luego de un par de horas por aquel sendero se abrió como un escenario la vista de un valle realmente hermoso como no he vuelto a ver nunca más.
El que fungía como entrenador me puso en el medio campo donde no vi “ni una”; no quiso ponerme de arquero que era mi puesto. Me sacó al primer tiempo.
Luego de los dos partidos pasamos a la atención; es decir a la mesa que en los campos es de otra galaxia.
Después de gritar los: “muchas gracias...por quién...por las cocineras” pasamos al guitarreo donde por supuesto me pasaron una guitarra.
Yo llevaba una cartita bajo la manga pues por esos días a través de Radio Colo-Colo estaba sonando fuerte por Lindomar Castilho “camas separadas” que fue un exitazo en el lugar porque solamente la habían escuchado por la radio.
Nos regresamos a El Porvenir y el domingo 23 de enero regresé a Cañete...mi mamá y mis hermanas quedaron allá.
Mi tía Rosa Fernández Olave se casó como a los 19 años con el joven vecino Julio Peña Salamanca quienes se fueron a vivir a Lebu donde hicieron su vida y por quienes siento mucho cariño.
Que el Señor bendiga a toda la familia Fernández- Olave por siempre.

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