lunes, 6 de abril de 2026

Punto Final

                                    

El tiempo se ha encargado de borrar de mis recuerdos si fuimos o no compañeros de curso con Jorge Aguayo, pero si recuerdo que fuimos amigos desde los primeros años de estudiantes en la Escuela de Hombres No.1 de Cañete.

Pero sí está muy claro en mi mente un día que en el sector norte del patio de la escuela había un grupo de alumnos observando algo, y como la curiosidad es parte de la conducta humana fui a ver que estaba sucediendo.

En el centro; porque los alumnos hacían un ruedo, había un niñito pequeñito, muy pequeñito que también observaba con atención a todos; el niñito era tan pequeñito que parecía un muñequito o algo así; era Jorge Aguayo.

Lo que no sé si el apodo lo traía o se lo colgaron en ese momento: Puntito. Le calzaba muy bien porque era solo eso, un puntito en la inmensidad del patio y entre la multitud.

Luego de varios años a fines de 1973 llegó a Radio Millaray al amparo de Américo Giuliucci porque quería ser locutor. No dio  "ley" en eso pero resultó ser bueno como radiocontrolador 

y aunque siempre le faltó mayor destreza manual lo hacía bastante bien.

No tengo memoria del por qué no siguió en la actividad, pero se alejó.

Regularmente nos encontrábamos en alguna calle en Cañete.

De pronto lo encontré de ayudante-aprendiz como técnico en radio y televisión en el taller de Arnoldo Cabrera donde permaneció por varios años.

Cuando Don Arnoldo Cabrera se hizo cargo de la emisora como Director-Responsable se le asignó un turno como radiocontrolador haciendo dupla con Pedro Mendoza en la locución. Allí nos veíamos todos los días y me daba a entender que aquello era solo un hobby para él porque no tenía proyectos futuros con la actividad.

Luego me marché definitivamente a Santiago para no regresar así que dejé de verlo.

En mayo de 1999 falleció mi papá y un día después del funeral salí hacia el centro de Cañete a comprar artículos eléctricos para hacer unos arreglos en la casa de mi hermana y lo encontré como vendedor en un local a media cuadra entre Serrano y Covadonga por calle Saavedra, fue una alegría encontrarnos y hacer recuerdos de muchas cosas. Todo fue muy grato sobre todo porque le compré todo lo que necesitaba entre herramientas y materiales.

Por el año 2019 me enteré que Pedro Mendoza estaba muy enfermo por lo que escribí alguna columna al respecto cuando de pronto un día recibo una llamada y para sorpresa mía era Jorge Aguayo que estaba muy preocupado por la salud de su amigo.

Jorge viajó hasta Cañete para informarse in situ de la situación y tuvo la gentileza de comunicarme los resultados de su viaje llamando por teléfono.

La última vez que hablamos quedamos en que nos reuniríamos un día a tomarnos unas cervezas y recordar gloriosos días pasados...esos eran los planes.

Hasta ayer miércoles 13 de diciembre cuando recibí la ingrata noticia que Jorge Aguayo "Puntito" había fallecido.

No voy a dar los pormenores porque son realmente trágicos, pero tampoco supe que Jorge estaba enfermo...muy enfermo.

En realidad la tragedia siempre estuvo junto a él porque llevaba pocas semanas en la emisora en 1973 cuando falleció su mamá y en un plazo no mayor de 15 días su padre producto de la depresión que eso le ocasionó se suicidó. Por eso Jorge era un poco taciturno.

Siento de veras haber recibido esta noticia porque cada vez que se va un contemporáneo tenemos que hacernos a la idea que el turno nuestro está cerca, que la fila está avanzando y nos acercamos al mesón.

Buen viaje Jorge Aguayo, que el Señor te reciba en su seno y te dé la paz que en el fondo de tu corazón siempre buscaste.

Punto Final.   


                                                         
   Mirando esta fotografía de hace apenas  52  años en donde Jorge Aguayo Q.E.P.D. está a mi izquierda, me doy cuenta que de este grupo solo estoy quedando yo.


Año 1974; Mes de agosto en C.D. 158 Radio Millaray en calle Condell en el 2do piso del Teatro Plaza en Cañete.
De izquierda a derecha Francisco Flores, Jorge Aguayo, Juan Gutiérrez Gfell y Tito Muñoz Fuica.
Detrás; un Técnico electrónico de Radio Malleco de Victoria y en el rincón Don Luis Gerardo Rivas Leal, Gerente- Propietario de la emisora de Cañete.

Un Poco De Recuerdos Juveniles


 La música tiene el poder de traer a nuestra memoria, amigos, familias, situaciones divertidas y tristes, nos puede transportar al futuro, en fin; nos lleva a muchos lugares.


Cuando llegué en el año 1972 al Instituto Politécnico de Lebu ( hoy Liceo Polivalente Rigoberto Iglesias Bastías) la tarea era inmensa tanto en hacer amistades, aceptar a los Maestros y viceversa.


La primera semana fue grata porque la muchachada era muy simpática y venían de muchos pueblos circunvecinos.


Se comenzaron a formar los grupos de acuerdo con los intereses de los mismos y se fue cimentando la amistad de manera muy sana.


Luego descubrimos que en la acera de enfrente del colegio había un Restaurante de Turismo muy bonito llamado "Hanga- Roa" y que allí vendían la mas rica leche con plátano que se pudiera probar, además las meseras eran muy bonitas y lo mejor de todo, había un wurlitzer.


Entonces hacíamos un plan, primero reuníamos el capital ¿cuánto tienes tú? 2 escudos ¿y tu? y así juntábamos una cantidad suficiente para tomarnos 2 leche con plátano cada uno y un resto para el wurlitzer.


Teníamos un catálogo de canciones favoritas, "Bien conozco" por Héctor Pavéz, "Olvidarte nunca" por Los Golpes, "Cuestión de piel" por Ismael, "Mary es mi amor" por Leo Dan. y otras que no recuerdo.


¿Que como salíamos del colegio? Habíamos descubierto caminando por debajo de lo que alguna vez fueron bodegas que allí el muro de contención a la calle Prat era de madera ( en realidad todos los muros en el pueblo eran de madera) y que hasta allá no llegaba el Inspector de Patio.


Llevamos del taller de Construcción un martillo y soltamos dos tablas que luego afirmábamos entre ellas y teníamos una salida secreta.


Fue una bonita vida con gratos recuerdos de René Riquelme, que venía de Rere y que fue quién diseñó la insignia del colegio; Ilabaca que hacía de tesorero al recolectar el dinero, Ernesto Matamala y su "partner" Narciso "Loco" Mellado y muchos nombres que se han perdido en la oscuridad del tiempo.


Teníamos 14 años, y desde entonces ha pasado mucha agua bajo el puente, seguramente varios ya no están y cada uno habrá vivido muchas experiencias buenas y malas pero el sabor de la leche con plátano del "Hanga -Roa" permanece inalterable en el recuerdo.


En el Instituto Politécnico de Lebu había tres modalidades de alumnado; estaban los internos que vivían en el colegio, los medios pupilos que dormían fuera y comían en el colegio y por último estaban los externos que solo estudiaban en el colegio; este grupo al que yo pertenecía vivía fuera del establecimiento.


La hora de entrada era así: a las 08.15 se abría la puerta y se cerraba a las 08.30 así que nos agrupábamos en las esquinas de calle Saavedra con Alcázar y rápidamente ingresábamos para no quedar afuera porque era muy complicado pasar por Inspectoría para que dieran un justificativo para entrar a clases.


Un día lunes llegamos como todos los lunes y había algo raro, el establecimiento estaba tomado por una huelga iniciada por el Centro de Alumnos, entonces los internos se habían tomado el colegio por la noche y los de la especialidad de Construcción habían fabricado unas escaleras por donde sorteamos la muralla para ingresar al salón de actos donde apoyamos la huelga.


Primero que nada hay que mencionar que originalmente este establecimiento era una Escuela Industrial donde se impartía las especialidades de Mecánica, Electricidad y Construcción.


En la década del sesenta hubo un incendio que arrasó con las salas de clase y nunca se logró su reposición; entonces ese año, 1972, pasó a ser un Instituto agregando dos áreas: Comercial y Técnica Femenina lo que significaba que la falta de salas de clases era un problema realmente dramático.


Los jóvenes internos se tomaban las salas por la mañana temprano y el resto tenía que arreglárselas como podía.


Por eso las huelgas...lo primero que se pedía era más salas de clases, laboratorios en sus distintas expresiones y varias cosas más.


Cuando se producía una huelga se pedía apoyo al Liceo y a los trabajadores que estaban construyendo un edificio de 4 pisos; el mas alto de la Provincia; Elmo Catalán se llamaba (ignoro como se llama en la actualidad) no recuerdo si está en la calle Pérez o McKay. Pero nosotros pedíamos apoyo en nuestra huelga y el Liceo y el "edificio" inmediatamente nos apoyaban, igual cosa sucedía si alguno de ellos pedía apoyo para algún movimiento huelguístico.




Llegado el momento de ir a protestar a la Intendencia frente a la Plaza de Armas nos formábamos de 4 ordenadamente desde los mas altos adelante y partíamos desde nuestro establecimiento calle arriba hacia la Intendencia gritando "aquí están ellos son estudiantes del carbón" "camión camión queremos solución" y otros que no recuerdo.


Nos instalábamos a orillas de la Plaza de Armas por calle Andrés Bello gritando nuestras consignas mientras los dirigentes entraban al edificio con el pliego de peticiones.


Terminado aquello nos devolvíamos por calle Pérez.


Todo esto lo hacíamos en el más absoluto orden, lo más ordenados posibles, con las mas variadas recomendaciones de los líderes que no nos desordenáramos en la fila, que diéramos un buen ejemplo.


Nunca nadie recogía una piedra, ni molestaba a la gente, ni obstruía el tránsito, ni decía malas palabras.


Me quedé varias huelgas a dormir en el colegio; mas bien a estar allí, nadie bebía alcohol, nadie armaba escándalo, hacíamos fogatas y nos sentábamos alrededor; los que podíamos tocábamos guitarra, contábamos chistes y hacíamos amistades.


En fin, otros tiempos, otra vida, otra juventud.

                                                                   


 

Los Perritos De Mi Tía Tita

 Tenía yo algo así como 4 o 5 años de edad cuando fuimos con mis padres hacia el sector de Reputo, que por entonces quedaba al fin del mundo porque todo el trayecto había que hacerlo caminando.

Algunos trechos mi padre me cargaba sobre sus hombros para que no me cansara demasiado.

Llegando al lugar entramos por unas trancas y subimos una colina hasta llegar a una puebla ubicada en un lugar muy bonito a orillas de un canal que traía desde los cerros cercanos agua cristalina además de truchas que mi primo José Castillo pescaba dejando una lienza en el agua hasta que alguna trucha despistada agarraba la lombriz puesta en el anzuelo como carnada.

Vivían en esa puebla mi tía Tita (Ernestina Olave Olave) una de las hermanas mayores de mi madre nacida el 6 de junio de 1926 , con su esposo mi tío Hernán Castillo nacido el 7 de diciembre de 1927, su hijo José (ya nombrado) y María Enedina.

No recuerdo si mis otros primos, Hernán y Marisa estaban con ellos.

El lugar era una belleza natural imposible de olvidar pues había mucha naturaleza nativa y muchos frutos silvestres, en especial había muchos chupones y maqui.

Lo que llamó poderosamente mi atención fue una gran cantidad de perritos que ladraban desde unos inmensos bosques de quilas que había en una quebrada, metiéndome muchas veces con dificultad en estas quilas y sus enredos buscando los perritos que me hacían delirar con la esperanza de atrapar alguno.

Por la tarde el emprender el regreso le encargué a mi tía que por favor para mi próxima visita tuviera uno de esos perritos. Mi tía Tita prometió que tendría uno.

En una posterior visita llegué corriendo adelante de mis padres para jugar con el perrito que mi tía Tita había prometido atrapar el que desgraciadamente había escapado de donde lo tenía amarrado; eso según ella.

Nuevamente me introduje entre las quilas hasta donde pude para atrapar yo mismo un perrito de los muchos que se escuchaban por la quebrada. Nunca pude encontrar la camada que me imaginaba existía allí.

Ese día junto a otras personas que llegaron se aperaron carretas con toldo y nos fuimos montaña arriba hasta llegar a un lugar donde había mucho maqui. Era tanto lo que había que parecía un sueño.

Comenzamos a cosechar estos granos negros y dulces de maqui el que mi tía Tita, mi mamá y otras señoras iban amontonando en unos paños grandes y comenzaron a molerlo, hicieron chicha de maqui . Con harina tostada era muy rica.

Cuando fuimos a visitarlos de nuevo mi tía Tita con su familia se había mudado hasta una parcela a los pies del Cerro Peleco, lugar que también era muy bonito pero no había perritos en su bosque.

Mas tarde se mudaron en esquina norte del inicio del camino a Reputo, lugar que tenía un enorme galpón donde se guardaba toda la herramienta agrícola con que mi tío Hernán y mi primo José trabajaban. Allí los visité muchas veces.

En este lugar en tiempo de cosecha de trigo mi tío Hernán instaló una trilladora estacionaria y entre todos los hombres que llegaron con sus carretas de trigo para la trilla mi mamá y mi tía Tita reconocieron entre ellos a Martín, uno de los tantos hijos que mi bisabuelo Teófilo Olave había dejado por ahí.

Pasó que estaba como en 4to año básico y con el Señor Rocha estábamos en la clase de Ciencias Naturales estudiando los diferentes anfibios en nuestra zona y el profesor comenzó a hablarnos de las especies de sapos y ranas mas conocidas; me recuerdo que nombró a los sapitos cuatro ojos, llamados así porque ubicados estratégicamente en su espinazo tienen otro par de ojos para despistar a sus depredadores; luego mencionó a los sapitos ladradores que según él en su estado natural su grito era el de un perrito recién nacido.

En ese momento recordé los ladridos que escuchaba en Reputo cuando visitaba a mi tía Tita y me prometía tener un perrito de aquellos con los que yo alucinaba. No eran perritos, eran sapos; por eso nunca los pude encontrar.

En enero de 1969 se mudaron con todo y petacas hasta un lugar colindante al bosque de la familia Tousseint en el sector de la estación siendo la primera familia que se instaló a vivir allí en la parte plana donde ahora existe un pasaje llamado Presidente Ríos.

Meses después cuando se formó la Población Larroulet y que luego pasó a llamarse Juan Pablo Segundo, se instalaron en la calle Petit-Laurent donde vivieron por mas de 30 años.

Cuando nosotros, la familia Flores; llegamos a la población en noviembre de 1973 los conocimientos de carpintería de mi tío Hernán fueron cruciales para nuestra instalación allí.

Mi tío Hernán Castillo Carrillo falleció el 2 de diciembre del 2024.

Mi tía Ernestina Olave Olave falleció el 10 de julio del 2010.

Mis recuerdos y agradecimientos para ellos.

                                                                    

Una Vida Completa, Una Historia Sencilla

A mi "sobrina favorita" Susana Andrea Fredes Flores                                         
Aún recuerdo claramente cuando mi abuela Hortensia Arriagada Torres mientras nos peinaba aquel día  de abril de 1963 nos decía a mi hermano Luis y a mí que en cuanto supiéramos la noticia viniéramos a dársela.

En la puerta de maternidad del viejo hospital de Cañete nos comunicaron junto a nuestro padre que teníamos una hermanita lo que lo contrarió enormemente por ser un machista recalcitrante, no reaccionó de la misma manera mi abuelita quién batió palmas de alegría y gozo.

Como "castigo" celestial a mi padre luego nacieron dos niñas más quienes con el tiempo fueron su alegría y contentamiento en sus días en que la vejez llegaba a pasos agigantados.

Por el año 1964 al comenzar la edad escolar conocí varios alumnos que se convirtieron en mis amigos por mucho tiempo. Entre ellos destaco la presencia de Claudino Fredes Torres que venía del sector de Tucapel Alto, y a decir verdad no fuimos muy amigos, siempre hubo algo que nos distanciaba.

Una vez terminada la etapa de educación básica tomamos caminos diferentes cada uno según sus proyectos de vida, unos al Liceo otros al Instituto Comercial otros al trabajo.

Mis hermanas según ley de la vida fueron creciendo y asistiendo a la Escuela de Niñas N° 2 de Cañete yo me fui de la casa y en una de mis visitas me encontré con la novedad que mi hermanita Anita María estaba pololeando con Claudino Fredes.

Me vine a Santiago buscando mejores expectativas de vida en 1979 pero en marzo de 1980 falleció mi abuelita Hortensia y al regresar a Cañete y pasar a saludar a los amigos en Radio Millaray se me ofreció la posibilidad de retornar cosa que hice una vez finalizado el mes de marzo.

El "pololeo" de mi hermana con Nino (así se le nombraba) ya había tomado un rumbo serio y había planes de matrimonio que se concretaron el día 07 de junio de 1980 en el Registro Civil de Cañete, Anita María tenía entonces 17 años.

Mi ahora cuñado desde siempre se mostró como un buen esposo además de un entusiasta trabajador y dispuesto a complacer a su esposa en todo lo que estuviera al alcance de sus posibilidades.

Al final de 1980 regresé a Santiago definitivamente para viajar a Cañete solo esporádicamente de visita; al matrimonio Fredes-Flores les nació Claudio el primogénito y parecía que eso sería todo.

En octubre de 1983 nació en Santiago mi hija Francisca motivo por el que mi madre viajó para conocer a su nieta, se hizo acompañar de su nieto amado Edgardo, hijo de mi hermana Norma; que tenía algo así como 3 años de edad.

Fue entre las conversaciones informales que mi madre nos confidenció que al parecer Anita María estaba embarazada, noticia que nos alegró a todos.

No tengo la fecha pero en 1984 nació mi sobrina Susana Andrea que con el tiempo debido a las bromas que nos hacíamos le otorgué el título de "sobrina favorita".

En el año 1996 y 97 consecutivamente la familia Flores-Cadín nos fuimos a Cañete de vacaciones y desde allí a las playas del sector de Millaneco en Lebu lugar donde las primas Francisca y Susana casi se nos pierden en la arena porque las cubrimos totalmente que después no sabíamos donde estaban.

Susana vino con nosotros para Santiago permaneciendo acá no recuerdo bien pero fue más de un mes. Mi cuñado quería venir a buscarla y no lo hacía porque estaba en mi casa, según sus palabras.

Las visitas a Cañete se distanciaron por "dejación" y no pude ver el proceso de crecimiento de varios de mis sobrinos; especialmente de mi "sobrina favorita" pero igual sabía de sus progresos en lo referente a estudios y luego entrada al campo laboral.

En mayo del 2001 sufrimos un golpe muy duro con el fallecimiento de mi hermana Anita María lo que nos causó mucha pena a todos los miembros de la familia.

Pasado un tiempo prudente cada vez estábamos juntos animaba a mi cuñado a casarse nuevamente para que no estuviera solo pero el jamás lo hizo.

Todo iba bien y parecía que seguiría así pero el destino nos reserva sorpresas y a veces desagradables.

Mi "sobrina favorita" enfermó gravemente de algo que yo no entendía, que me costaba entender y cada vez fue agravando más y más.

Yo no entiendo mucho de asuntos médicos pero mi sobrina sufrió una grave insuficiencia hepática que se agravó mucho y la lista de espera era tan larga que no tenía posibilidades de un trasplante.

Para sumar mas gravedad a la situación sus pulmones comenzaron a llenarse de líquido, el mismo que debían estar drenando para una mejoría pasajera porque tenía severas dificultades para respirar.

El tiempo pasaba no había mejoría y el cuerpo de mi sobrina se fue deteriorando cada vez más y más.

Lo que desgarró mi alma cuando le dijo a su padre: "papá, quiero mejorar, quiero salir de aquí, quiero volver a mi trabajo que me gusta tanto"

Hasta que el lunes 06 de octubre a las 10 de la mañana un escueto mensaje de mi hermana Norma me comunicó el triste desenlace: Hermano, triste noticia, falleció Susita, su cuerpo no aguantó mas.

Nada que decir, nada que hacer ; contra la fuerza de Dios no se puede luchar, al leer el mensaje mis ojos se humedecieron y recordé a mi hermana Anita María; también pensé en el inmenso dolor que esto causaría a mi cuñado Nino y no dejé de pensar cuando lo conocí hace 62 años en la escuela y lo feliz que estaba el día que se casó con mi hermana, lo buen esposo que fue 

y el excelente padre que ha sido y sobre todo el inmenso apoyo espiritual que ha sido a través de los años para mis hermanas menores y todos mis sobrinos.

Estimo y respeto mucho a mi cuñado Claudino Fredes Torres y desde aquí quiero decirle que Dios nos da la fuerza para seguir viviendo, que nunca nos deja solos pues siempre deja una puerta de ..escape para todos nuestros problemas.

Susana Andrea, "sobrina favorita" descansa en paz junto al Señor y tu mamá; y ten por seguro que nos encontraremos y haremos todas las bromas que están pendientes


.





Mi Padre el Cuenta Cuentos

 Había una vez …


Esta es una historia real de un hombre de campo como muchos en épocas pasadas que, sin otro poder más que la voluntad y el tesón por sacar a su familia adelante luchó contra la adversidad convertida en trabajo duro e inclemencias de la naturaleza.


Nacido entre el bullicio y algarabía de las cuecas y tonadas de un 18 de septiembre de 1932, acontecimiento que marcó para siempre su vida como un hombre trabajador, bueno para el vino, el guitarreo y una juventud alocada como la de tantos.


De madrugada era lo mismo enyugar los bueyes y colgar la carreta que ordeñar una vaca para la leche y que su madre pudiera hacer el queso que tanto le gustaba


Entre surcos de papa y eras de trigo poco tiempo quedaba para ir a la escuela pues las faenas ganaban el tiempo y no permitían el ocio en ninguna de sus formas porque el trabajo era demasiado.


Por las noches mientras duraba la lumbre del chonchón a parafina trataba de sacar notas a la guitarra que era el tesoro que habitaba en su casa.


Sus primeras notas fueron de una vieja canción mexicana perdida y avecindada en las alturas de Butamalal que bajó hasta Cañete sobre una carreta con 40 sacos de carbón de madera nativa para temperar las casas de los vecinos y que marcó el inicio como cantor popular de mi padre adolescente.


Su padre, hombre curtido por el sol y el trabajo duro, con las venas de sus antebrazos abultadas como resultado de levantar los rieles trabajando en el tendido de la línea férrea del tramo Los Sauces- Lebu no sabía leer ni escribir, pero sabía los secretos de la naturaleza por su olor.


Su madre, una mujer menuda de estatura pero de carácter fuerte y dominante tenía también su lucha diaria con la naturaleza para cumplir con los quehaceres de casa en silencio porque no había a quien reclamar y con lo demandante que era la atención de su numerosa prole era razón suficiente para agachar la cabeza en la batea y restregar la ropa pronto porque luego había que ver las gallinas en el corral.


Su padre le enseñó las artes de montar a caballo que era necesario para el desarrollo de las actividades de traslado de animales desde y hacia los diferentes cercos del fundo donde estaban radicados; cada mañana debía llevar desde aquí y traer desde allá manadas de novillos para apacentar porque así lo mandaba la rutina diaria.


Debía llevar novillos desde las alturas del fundo hasta las aguas del río Caillín para que saciaran su sed y en una peregrinación que parecía interminable cambiar de cercos en la medida que los “aguaba”; como él decía.


A los 17 años ya era un experto guitarrista de cuecas y tonadas por lo que cada año en los días de Fiestas Patrias se iba a las ramadas y no regresaba a casa hasta que se hubo ido el último de los peregrinos que “celebraban” la dichosa fiesta a su manera. La guitarra y mi padre fueron inseparables por mucho tiempo.


Las sendas polvorientas desde “Camino a Cayucupil” hasta la “cancha de carreras” lo vieron pasar muchas veces como un rayo galopando a caballo mandado por su padre a cumplir funciones de campero entre la bueyada porque él debía estar en otra faena y solo confiaba para tales deberes en su hijo.


A los 21 años de edad conoció una muchacha de 14 de la que se enamoró perdidamente y ella de él cuando lo escuchó tocar la guitarra al cantarle un vals peruano a modo de serenata… Recuerdo aquella vez..Que yo te conocí… Recuerdo aquella tarde, pero no me acuerdo ni cómo te vi… Pero sí te diré… Que yo me enamoré… De esos tus lindos ojos y tus labios rojos que no olvidaré…; el enamoramiento de la muchacha fue de tal magnitud que en adelante nunca tuvo ni siquiera pensamientos para otro hombre que no fuera por el que la había conquistado románticamente con aquella canción.


No tardó en venir el matrimonio y tan pronto como eso; el primer hijo, que de acuerdo a la costumbre llevó su nombre; y luego su segundo hijo cargó sobre sus hombros el nombre del abuelo para que siguiera cual dinastía real existiendo en los días venideros.


El vástago mayor se marchó luego con los abuelos, motivo por el que la rancha se sintió grande, mucho más de lo que era.


Las comodidades no eran muchas; más bien precarias, pero mi padre tenía otra pasión aparte de la guitarra, la lectura que significaba que papel escrito que caía a sus manos era leído con pasión y entusiasmo.


Cuando cumplí cuatro años de edad me enseñó a leer en una novela de aventuras del oeste y junto a él todas las noches nos instalábamos al pie del chonchón a parafina a leer novelas de aventuras y policiacas además de libros y enciclopedias que él traía de algún lugar.


Un día llegó contento diciendo: adivina lo que traje, un libro de cuentos.


Era un libro precioso, de aquellos que llamaban empastados y que traía muchos cuentos de todo tipo así que por la noche me dijo: anda acostarte que voy enseguida.


Entonces trajo un piso de mimbre, el chonchón a parafina, se sentó al lado de la cama, abrió el libro y comenzó a leer:


“Había una vez un reino…” y me dormí escuchando la voz de mi padre haciéndome viajar por mundos de ensueños que nunca conocería pero que en su voz los tenía a mi alcance.


Por la mañana muy temprano me ayudó a ensillar el caballo porque me quedaba grande y luego ensilló el suyo y nos fuimos a los diferentes cercos a ver los animales para luego al regresar enyugar los bueyes, colgar el carro maderero y sobre aquel afirmar el hacha, la cadena, el combo y las cuñas porque había que llevar unos trozos hasta el aserradero porque necesitábamos unas tablas de 10 pulgadas para realizar reparaciones en el galpón donde se guardaba el forraje para los animales en invierno.


Los trozos estaban en las faldas de una quebrada por lo que hubo que “engatarlos” para arrastrarlos hasta la planicie y cargarlos en el carro maderero; medio día estuvimos en esta faena y el resto en el acarreo hasta el aserradero que no estaba muy lejos.


Por la tarde rápidamente me fui a bañar al estero El Carmen y tan rápido como pude me fui a la cama; no sin antes colocar una silla al lado de mi cama hasta donde llegó mi padre con el libro de cuentos; me miró, abrió el libro y comenzó a leer:


“Había una vez un reino muy lejano…” y escuchando aquella gruesa pero tierna voz, me dormí plácidamente.


Aquel día era diferente porque colgamos al yugo de los bueyes el carro ripiero y tiramos adentro las palas puntiagudas porque había que ir al río Caillín a sacar ripio para entregar a los albañiles del cementerio ya que se acercaba noviembre y se realizaban los arreglos de las tumbas para los visitas de los familiares el día primero de noviembre.


Delante y detrás de mi padre iban cuál procesión religiosa cantando y haciendo algarabía como escolares los demás “viejos” profesionales en el arte de arrancar el preciado material al río y con ello suplir las necesidades de sus hogares, que no son pocas; incluida en el paquete de abarrotes la infaltable botella de vino para mitigar las penas y ver la vida con optimismo.


Por la noche antes de acostarme sagradamente me fui a bañar al estero El Carmen y luego como era ya habitual llevé el piso de mimbre y puse el chonchón a parafina sobre el cajón que hacía de velador y esperé a mi padre que antes de abrir el libro me dijo: el cuento de hoy está muy bueno para luego con mucha parsimonia decir:


“Había una vez un Rey que…”


Los días de guitarreo en las ramadas y fiestas familiares comenzaron a disminuir lentamente porque como sucede siempre a través del tiempo el mundo y las costumbres del hombre van cambiando para bien o mal y eso es irreversible, las gentes y sus costumbres van pasando y cada cierto lapso de existencia hay que dejar espacio y lugar a otros que traen nuevas ideas, nuevas costumbres, nuevas vivencias.


Un amigo invitó a mi padre a su casa a probar un instrumento nuevo; el futuro según le dijo, una guitarra eléctrica que mi padre no supo manejar pero pudo apreciar que sus días como músico de fiestas habían terminado.


El mundo cambia y nos arrastra a un despeñadero del cual no hay retorno y cada uno va, según sus experiencias matizando para dejar un legado de vivencias que pueda servir a generaciones que llegarán a ocupar los espacios vacíos.


Las carretas tiradas por bueyes comenzaron a ser reemplazadas por pequeños camiones que hacían la misma tarea con mayor rapidez que no se podía soslayar el hecho que el mundo traía cambios y estos venían tan rápidos como el viento del sur que va arrastrando las hojas de los árboles y llevando el trinar de los pájaros lejos, muy lejos.


Mi padre, hombre curtido por el sol y el viento que había caminado sobre la escarcha y el lodo vió como poco a poco su mundo se iba desvaneciendo delante de sus ojos, ya no quedaban animales que apacentar ni vacas que ordeñar.


Lo que aún quedaba era la rutina de llevar el piso de mimbre y el chonchón a parafina hasta la cama, afinar la garganta y comenzar a leer:


“Había una vez un reino donde vivía un adivino…”


Como una brisa refrescante para hacer revivir una flor llegó un día por la mañana un señor que quería que mi padre amansara un potro que tenía y hasta ese momento nadie lo podía hacer; llegó hasta mi padre por recomendaciones.


Mi padre ya había superado los cincuenta años y estaba un poco cansado pero aceptó el desafío para recordar épocas y glorias pasadas de cuando remontaba el viento sobre el “Engaño” que era su caballo favorito al que gustaba montar “en pelo” y sin riendas.


El caballero quedó conforme con los resultados luego que mi padre le entregó el potro manso y listo para montar.


El tiempo fue transcurriendo lento pero no dejó de transitar por el espacio así que se fueron acumulando días y meses además que el cabello fue blanqueando sobre las sienes pero cada noche al arrimar el piso de mimbre junto a la cama la voz gruesa y poderosa de mi padre comenzada su oración eterna:


“Había una vez en un lugar muy lejano un rey…”


Hoy en el atardecer de mi vida y cuando mi padre ya no está desde hace años, evoco aquellos días en que me enseñó a leer en una novela de aventuras del oeste, en que me llevaba a grupas en el caballo yendo en medio de una vega pantanosa buscando novillos extraviados, o bien enyugábamos los bueyes para colgar la carreta e irnos hasta las faenas de “emparva” de trigo para preparar la trilla y guardar talaje para el ganado en invierno.


Lentamente igual que la lumbre del sol se apaga por las tardes la energía de mi padre que parecía indestructible fue disminuyendo y la visión se fue haciendo borrosa que ya no le era posible ver las letras en su libro de cuentos ni los dedos pudieron realizar alguno de aquellos acordes maravillosos en la guitarra que deleitaron a muchas personas y en especial a mi madre que quedaba completamente embobada escuchando y contemplando a su hombre con devoción y tal vez en su memoria recordando aquel vals peruano con que la enamoró hacía muchos años.


Mi Padre ya no leía pero me hablaba de su niñez, de su juventud y de cómo su padre, mi abuelo le enseñó las artes de dominar los caballos y de saber cómo amar los animales que eran sus compañeros de trabajo y de vida.


Un día anocheciendo le dije: “viejo, hoy vamos a cambiar de lugar”; llevé el piso de mimbre junto a la cama, abrí el libro de cuentos y comencé a leer:


“Había una vez en un reino muy lejano, un Rey …”


Mi padre se quedó dormido escuchando y sigilosamente, apagué la lumbre y me alejé de su lado.


Por la noche sus pensamientos pasearon por toda su vida, recordaron detalle a detalle sus andanzas en los cerros ya fuera caminando entre piedras o bien a caballo arreando ganado; recordó sus “guitarreos” en Fiestas Patrias y de vecinos donde lo invitaban, recordó cuando conoció a su mujer que tanto amó, a sus hijos y nietos cuando de pronto apareció su caballo favorito, el “Engaño” y montando sobre él se remontó sobre las nubes y se alejó galopando hacia el infinito eterno.


“Había una vez en un reino muy cercano, un padre que era un Rey…”

                                             



sábado, 4 de abril de 2026

Rodeo en Lloncao (1976)



Corría febrero o marzo (no recuerdo bien) de 1976 y era el atardecer de un día viernes cuando íbamos caminando por calle Mariñán con mi amigo Manuel Ulloa hacia el sector de Barrio Leiva donde vivía en la casa de su tía la señora Laura Ulloa Arrepol, al llegar al Restaurant "El Tropezón" invité a mi amigo Manuel a beber una pilsener.

Estábamos en eso cuando de pronto entra al lugar Arnoldo Cabrera Soto Técnico en Radio y Televisión; junto a su partner Jorge Aguayo y se dirigen a los interiores de la casa; salen un momento mas tarde llevando en sus manos unos discos singles, conocidos como chicos o 45; los dos salen a la calle y regresan.
Arnoldo me llama y me propone que vaya con él a Lloncao donde le contrataron sus equipos para colocar música en el casino de la Media Luna para un rodeo que se llevará a cabo los días sábado y domingo; pero que la música debería funcionar desde el viernes y él está un poco atrasado, y para más remate Jorge Aguayo no quiere hacerse cargo del equipo.
Me dice que ha cobrado $ 400.- y que nos iremos a medias; es decir $ 200 para cada uno. Eso es lo que realmente me tienta a aceptar con la condición de que mi amigo Manuel me acompañe.
Nos fuimos anocheciendo hacia Lloncao sin avisar a nadie, y cuando llegamos allá no había suministro eléctrico porque la persona que había arrendado el generador no llegó, pero lo haría por la mañana del sábado bien temprano.
Con Arnoldo instalamos los equipos de tal manera que una vez llegado el generador solo había que "enchufar" y la fiesta comenzaría. El domingo vengo a buscarte por la noche—me dijo Arnoldo, y se perdió en la oscuridad de la noche hacia Cañete.
Con Manuel Ulloa me quedé allí, nos sirvieron algo de comida y comenzó la noche mas extraña de mi vida porque aparte de que no conocía a nadie el ambiente era muy enrarecido al ver como los parroquianos tomaban trago a la luz de unas cuantas velas instaladas en el inmenso casino.
A medianoche llegaron unos individuos en un automóvil que se identificaron como carabineros de civil y pidieron atenciones; interrogaron a algunos de los campesinos que estaban en el lugar y después de un rato se marcharon.
Luego de esto se cerraron las puertas del casino y ya no se atendió más público.
Yo estaba tratando de dormir en un rincón por allí cuando llegó Manuel a despertarme que algo estaba pasando afuera del recinto, nos acercamos sigilosamente hasta la puerta y pudimos darnos cuenta que los individuos del automóvil tenían a unas personas arrinconadas en la pared y estaban realizando alguna forma de interrogatorio y entonces por la forma pudimos darnos cuenta que solo eran unos patanes que no buscaban nada más que una manera de divertirse a costa del temor de la gente producto de los acontecimientos de aquellos años. Manuel Ulloa quiso salir en ayuda de los lugareños para que los dejaran tranquilos y justo en es e momento los tipos dejaron de hacer "el interrogatorio" y se marcharon.
Sería como las 5 de la mañana cuando Manuel me despierta y me dice que tiene hambre y quiere que lo acompañe a la casa de un amigo a tomar desayuno.
Caminamos durante un buen rato hasta que nos adentramos en unas parcelas llegando a la casa de Alejandro Aguayo y familia, allí fuimos recibidos por la familia compuesta por el matrimonio, dos hijas de alrededor 16-18 años y un hijo menor.
Luego de los saludos y presentaciones protocolares fuimos invitados a pasar a la mesa en donde las conversaciones fueron bastante distendidas y amenas, hablamos de todo y en especial acerca de nuestra presencia en el lugar. Aaah, dijeron las muchachas, "mi papá va a ir de "colero" al rodeo" (Colero es el encargado de ayudar al novillo a levantarse cuando cae, lo tira de la cola).
Como dicen que la oportunidad la pintan calva, con Manuel nos hicimos los simpáticos con las muchachas y las invitamos a que vinieran al casino y bailáramos un rato; ellas miraron a su papá quién las autorizó a hacerlo.
Pasado algún rato decidimos irnos para estar en el casino cuando llegase el hombre del generador.
Íbamos caminando y faltaban como 200 metros para llegar cuando pudimos escuchar música dándonos cuenta que ya estaba todo en funcionamiento.
Luego de las presentaciones de rigor comenzamos a darle cuerda al asunto para que los asistentes pudieran bailar y consumir trago para que tomara color la cosa.
El dueño del generador venía de algún lugar cercano a Quidico y era un tipo muy amable a quién le gustaba tener la mesa "tapada" con botellas y tenía unos gustos muy finos, así que pedía botellas de menta, cacao, coñac, ron, etc.
Las cumbias, rancheras, boleros cebollentos, cuecas, y toda música que bailaran sonaba y sonaba, las botellas y las empanadas pasaban por las mesas como un ilusión, y los sentidos poco a poco comenzaron a adormecerse y la visión a nublarse, peleas varias sucedieron viéndonos involucrados con mi amigo Manuel en algunas.
A eso de las dos de la tarde ya no sabíamos si era sábado o jueves; si era 12 de octubre o Navidad cuando sentimos una presencia a nuestro lado que nos tocaba, eran las hijas del amigo de Manuel que habían llegado bien arregladas y maquilladas para disfrutar del baile junto a nosotros; las miramos, ellas nos miraron a nosotros y viendo el estado etílico en el que nos encontrábamos dieron la media vuelta , se marcharon y nunca mas las vimos.
Sería como las 10 de la noche del sábado, o más temprano; en realidad no recuerdo, cuando escucho a mi lado un: ¡¡Hola!! Era ni mas ni menos que mi hermano Luis Ernesto Flores que había llegado no sé con quienes. En realidad los amigos decían que donde había copete mi hermano estaba presente.
Me fui al mesón a pedir un par de botellas porque el momento lo ameritaba, además aquello sería descontado de los $400.- cuando la fiesta terminara.
Como a la medianoche mi amigo Manuel Ulloa fue a buscarme porque quería mostrarme algo; eran los tipos del automóvil de la noche anterior que habían regresado pero esta vez no estaban haciendo nada extraño, pero Manuel reconoció a uno y me dijo—estos hue’ones nunca han sido carabineros; voy a reclamarles como que era a mi que me estaban "hueviando" anoche. Le dije que no, que no valía la pena, así que los tipos comieron algo y se marcharon.
El día domingo durante toda la jornada fue lo mismo; música, baile, trago, peleas; música, baile, trago, peleas; música,… hasta que llegó la noche y de pronto apareció Arnoldo Cabrera junto a Jorge Aguayo; en un momento Arnoldo fue hasta el mesón a pedir una botella de vino a cuenta del arriendo de equipos y se encontró con la sorpresa que estábamos sobregirados en algo así como $ 10 .- A raíz de aquello se armó un alegato que no llevó a ninguna parte hasta que de repente Arnoldo comenzó a cortar cables y agarrando los equipos los tiró en el automóvil y se marchó dejándonos tirados allí.
Luego de esto me puse a dormir en un rincón como hasta las 2 de la madrugada cuando a Manuel se le ocurre irnos nuevamente a la casa de su amigo Alejandro Aguayo a pasar el resto de la noche.
La casa del amigo Aguayo era bien pobre, carecía de muchas cosas, pero tenía lo principal: buena voluntad.
Cuando llegamos hasta allá, Manuel gritó hacia el interior y una vez que explicó lo que había pasado salió el hijo varón con un chonchón a parafina y nos dijo que podíamos dormir sobre unos sacos a orillas del fogón en la cocina porque no había otro lugar.
Yo me puse a dormir sin más preámbulos; Manuel chonchón en mano, sigilosamente comenzó a revisar la cocina y al levantar la tapa de una olla me habla en voz baja, "Oye, oooye, mira aquí"
Entonces fui a mirar y veo la olla llena de un cocimiento de carne de cerdo con papas cocidas, y entonces con Manuel nos comenzamos a comer todo hasta dejar la olla completamente vacía.
Como a las 5 de la madrugada nos despertamos y gritamos al hombre para avisar que ya nos íbamos, Alejandro nos dice: "no se vayan, muchachos, quédense que hay pa`l desayuno un "cauceo" muy bueno". No- dijimos; tenemos que irnos, pa´otra vez será. Gracias por todo. Y nos marchamos.
Nos vinimos caminando hasta Cañete desde Lloncao, cuando llegamos cada uno a su casa casi nos apalearon por la tontera de mandarnos cambiar sin avisar a nadie.
De mi casa iban hasta el Barrio Leiva a preguntar si habíamos aparecido, Don Benedicto Mora había ido a la Morgue por si estábamos allí, también al hospital; a la Comisaría donde le dijeron "No, no tenemos ningún vago aquí".
Por la tarde llegué al Barrio Leiva a la casa de la familia Mora-Ulloa para reírnos un poco de todo lo vivido en Lloncao y sobretodo de habernos comido el cauceo de la olla.
Con el tiempo al recordar estos acontecimientos y al ver las cosas en su justa medida comenzó a darme vergüenza de solo imaginar la cara que puso la señora de Alejandro Aguayo cuando se dio cuenta que nos comimos todo. A 50 años de aquel episodio quiero pedirle que nos perdone, que fuimos muy irresponsables y malagradecidos.
Por último, alguien preguntará que pasó con el rodeo; pues, la verdad es que no vi huasos, ni novillos, ni medialuna, ni arenas, ni nada ; así que nunca supe que pasó.

Mi Padre y los cuatreros


Esta historia me la contó mi padre en esas noches largas de invierno cuando la lluvia inclemente golpeaba las tejas del techo y traspasaba las viejas tablas de 10 x 1 pulgadas de la rancha donde vivíamos; demás está decir que mis oídos no se perdieron detalles del relato y los lugares geográficos están señalados por ademanes donde ocurrieron los acontecimientos.
La imponente figura de mi abuelo se dibujó en la puerta de la cocina que en ese momento era alumbrada y calefaccionada por un enorme fogón ubicado en su parte central rodeado de un anillo metálico para que el fuego no se expandiera por el resto de la habitación.
La cocina era amplia, lo suficiente para albergar en un rincón todos los aperos de trabajo, cadenas, combos y cuñas, azadones, yugos y riendas, sierras de aserreo manuales largas y cortas; en otro rincón la "troja" con las papas y sacos de trigo y harina; en el otro extremo todo lo de mi abuela y su cocina, un mueble para la loza y los vasos y finalmente el infaltable saco de sal, sin olvidar la mesa con varias sillas con tejido de ñocha.
Colgada en una cadena enmohecida con hollín que colgaba desde el techo con la tejas también pintadas con el humo de mucho tiempo estaba una olla de fierro de tres patas con la comida preparada para la cena por mi abuela Hortensia.
El rostro de mi abuelo claramente evidenciaba que no venía nada de alegre pues la mueca de disgusto hacía notar que más de alguna rabia había pasado.
El tintinear de sus espuelas marcó los pasos lentos y seguros de un hombre curtido por las circunstancias de la vida que con un vaso de vino calman la sed, muerden los labios y piensan.
Se sentó en su lugar a la mesa mientras mi abuela le servía el caldo preparado con una gallina que tuvo la mala ocurrencia de salir del corral en el momento menos apropiado y que ella en un santiamén sentenció a servir de merienda para su esposo y sus hijos.
La cuchara sonaba en el plato al tiempo que el hombre engullía un trozo de pan rebanado y dispuesto en una panera de mimbre que el mismo había fabricado.
Mi padre acostumbrado a los gestos de mi abuelo supo desde que entró en la cocina que algo se traía entre manos, o en los pensamientos y por eso se sentó frente a él esperando que en cualquier momento soltara en voz alta lo que murmuraba entre dientes.
De pronto fijó su vista en mi padre, un joven de 18 años que cargaba sobre sus hombros la vida dura de gente que se esfuerza de sol a sol y que siempre está en el mismo lugar, no hay avance hacia una vida diferente y que esa misma vida es la que te empuja a batallar cada día aún sabiendo que no podrás torcer el destino.
De su voz gruesa e intimidante salió una frase que fue como un quejido de rabia e impotencia: "se robaron los novillos…los que estaban pa´ la feria de este otro mes" .
Mi papá abrió los ojos en señal de asombro y preguntó a su padre: ¿cómo fue eso? y…¿por donde se fueron?
Mi abuelo sentía una rabia tan grande que hablando entre dientes dijo: yo pasé a ver si tenían agua y forraje entonces vi que cortaron la alambrada y los llevaron hasta el “vao” los metieron al río y se fueron río arriba y lo peor que ya estaba oscuro por eso no los seguí.
Mi padre se levantó de la mesa diciendo “ los voy a seguir, a mí no me hacen eso” – - Déjalos, contestó mi abuelo– te pueden hasta matar.
Mi padre como joven impetuoso y atrevido insistió; los voy a seguir papá, hasta encontrarlos.
Mi abuelo viendo que nada ganaba con insistir calló y contempló como su hijo se preparaba para seguir tras estos cuatreros que no sabía cuántos eran y ese era el riesgo que preocupaba a mi abuelo no por él, sino por su hijo que alocado e impetuoso nunca medía consecuencias.
El temor de mi abuelo es que hubiera sido la pandilla del bandido Fierro que se dedicaba al abigeato por los alrededores y estos tipos eran bastante agresivos con quienes se les enfrentaba pero el muchacho le recordaba a él mismo en la juventud que cuando se le ponía una idea en la cabeza nadie se la sacaba.
Mi abuelo estaba preocupado de que fuera la pandilla del llamado bandido Fierro porque este hombre era su amigo algo que habitualmente mi abuela reprochaba diciendo que de repente por esa clase de amistad se vería en problemas.
Insistió una vez sabiendo que no lograría su objetivo; hijo, déjalos; no te arriesgues innecesariamente, hombre.
El muchacho miró a su padre que ya tenía su cabello blanco pero no dejaba de intimidar con su presencia y su vozarrón; Papá, te desconozco; parece que no eres tú pero no te preocupes, nada me va a pasar y voy a traer los novillos de regreso.
El muchacho (mi padre) caminó hasta una loma cercana y cogió un caballo negro como los pensamientos que cargaba en ese momento, lo llevó hasta la casa lo ensilló y aperó con un bolso de carne seca y una calabaza con agua recién sacada del pozo.
Buscó en una barrica sacando su escopeta recortada que guardaba para “casos especiales” como decía, se ciñó al cinto el cinturón con un revólver Smith-Wesson calibre 38 que había traído mi bisabuelo Tomás Flores cuando fue buscador de oro en California con su correspondiente munición y se las echó hasta el “vao” para buscar huellas de los novillos.
Había luna llena así que la luz de la luna proporcionaba bastante claridad para otear por el posible camino de los cuatreros.
Miró detenidamente la entrada al río y pudo percatarse que los cuatreros eran cuatro o cinco por la cantidad de huellas de caballares en el lugar.
Se metió en las frías aguas contra la corriente porque era donde había lugares para una eventual salida hacia los cerros colindantes.
Anduvo lentamente por el lecho del río hasta que de pronto encontró el lugar por donde salieron los cuatreros con los novillos.
Ciertamente que no había muchos lugares para ocultarse así que en algún punto tenían que salir al camino público porque las lomas existentes estaban cercadas con alambre de púa lo que dificultaba cualquier intento de ocultarse en las arboledas existentes.
Anduvo un trecho por la orilla del camino principal hasta que se dio cuenta que al inicio de la bajada El Avellanal habían cortado unos alambrados y se metieron por entre el follaje; mi padre hizo lo mismo, se sumergió entre las ramas de los avellanos y lentamente comenzó a bajar no sin antes agarrar y amartillar la escopeta por si acaso se encontraba con los cuatreros.
Llegó hasta los humedales cercanos al río Cayucupil donde se encontró con el lavadero de oro de Don Antipas, gran amigo de mi abuelo que hasta el final de sus días buscó oro por eso lugares.
Ya estaba por clarear el día cuando se dio cuenta que desde un “bajón” del terreno emanaba una humareda
“Ahí están, los malditos” dijo entre dientes y para si mismo.
Agazapado, arrastrándose y sin hacer ruido llegó hasta unos troncos caídos donde se parapetó y levantando la cabeza observó el paisaje.
Eran cinco los cuatreros, los novillos los tenían amarrados entre unos chilcos y unas pitras, los caballos estaban pastando un poco mas allá amarrados a unos renuevos de hualles.
Mi padre observó las posibilidades que tenía y pensó para sí mismo “si no es ahora, no será nunca, mierda”
Se levantó enarbolando la escopeta y gritó: Ya hijos de su madre, se largan o los despacho con satanás aquí mismo”
Los tipos corrieron como ratones a guarecerse detrás de una rocas comenzando a disparar hacia mi padre que ya estaba parapetado detrás de los troncos mientras las balas pasaban silbando sobre su cabeza. Mi padre sabía que cuando la bala silba ya ha pasado y no representa peligro alguno.
Asomó un poco la cabeza a la altura de los ojos para ver su entorno y vio que uno de los tipos se estaba arrastrando hacia unos montículos de tierra buscando como sorprenderlo pero antes que llegara al refugio le soltó un escopetazo que dio en sus piernas y los gritos desesperados del tipo fue la música que se escuchó en adelante.
Los otros tipos le gritaban a mi padre palabras de "felicitaciones" y recordando que tenía una madre en la casa y que lo iban a matar.
Mi padre no se dejó intimidar, al contrario les soltó otro escopetazo cosa que le fueron devueltos un rosario de improperios junto a unos disparos sin destino porque el hombre se había cambiado de lugar de escondite.
Al ver los resultados de la sorpresa propinada a los cuatreros mi padre cada vez se arriesgaba un poco mas acercándose peligrosamente tanto que desde donde estaba ahora se le ocurrió la mas descabellada de las ideas y que sino obtenía los resultados requeridos podría tener trágicas consecuencias para él.
Desde su escondite podía ver claramente los amarres de los caballos de los cuatreros así que dirigió los disparos hacia ellos quienes comenzaron a tirar de las sogas en un intento por huir, mi padre les disparaba cerca de los cascos y eso los desesperó que hicieron fuerza y se liberaron huyendo por los faldeos de las lomas colindantes.
Los cuatreros cuando se dieron cuenta de la treta gritaron otros improperios recordando la mamá de mi padre quién les disparó directamente al cuerpo con la clara intención de matar a alguno, todo eso mientras todavía se escuchaban los gemidos del herido.
Mi padre enardecido un poco seguí disparando hacia los cuatreros hasta que de pronto uno de ellos gritó: Amigo, amigo; ¡amigo! por las re...chas deje de disparar.
Mi padre se levantó desde donde estaba escondido ya con el triunfo en las manos y se asomó apuntando con su escopeta hacia los cuatreros quienes también se asomaron sin armas y con claros indicios de derrota.
Mi padre les preguntó: ¿ustedes son la pandilla de Fierro? -- No, amigo; robamos los novillos pa´ venderlos en Cayucupil, ya teníamos el negocio listo.
--Bueno, se acabó el negocio; ahora con las mismas sogas los enyuntan de dos que me los llevo y ustedes ahí verán como se las arreglan con su compañero herido.
Mi padre con aire triunfante salió al camino principal cuando comenzaba a alumbrar el sol y pensando lo contento que se pondría su padre; mi abuelo, comenzó lentamente a subir la cuesta El Avellanal pensando que las cosas o se hacen ahora o no se hacen nunca.